viernes, 10 de febrero de 2017

Sandra Cabrera, la de la motito. A 13 años del crimen impune.

Durante la primavera del 2003 Sandra Cabrera denunció a Moralidad Pública de la Policía de Santa Fe por sus coimas, violaciones y torturas efectuadas como parte de la connivencia corrupta de esta institución estatal con los prostíbulos rosarinos, cuyos proxenetas-tratantes veían a las trabajadoras sexuales autónomas una amenaza a su lucro. Tras el escándalo, dirigido a un ejecutivo totalmente deslegitimado por las inundaciones santafesinas, la cúpula de Moralidad fue removida. Durante los meses siguientes Sandra y su hija comenzaron a recibir amenazas de muerte que fueron acompañadas, cual presagio, por una seguidilla de cadenazos y trompadas a trabajadoras sexuales perpetrados por un misterioso, pero nada casual, “ciclista”. Los intentos por derogar los códigos contravencionales que criminalizaban la prostitución callejera fueron vistos conflictivamente por el brazo armado del estado, también conocidos como TAQUEROS, quienes vieron comprometida una de sus “cajas chicas”: coimas y violaciones para permitir la venta de servicios sexuales en ciertas zonas urbanas. No en todas, la participación activa de la policía en las asociaciones ilícitas de proxenetismo-trata rosarinas involucraba intereses que debían resguardar. Hacia fines de enero del 2004, una prostituta se acercó a AMMAR-Rosario con el objetivo de asesorarse en cuanto a vulneración de derechos. Bajo el acompañamiento de Sandra presentó una denuncia formal relatando las coimas y detenciones arbitrarias a las que había sido coaccionada por parte de Moralidad Pública. Ratificó nombres y apellidos. Cuatro días después, Sandra fue ejecutada mediante un balazo en la nuca. Estaba tirada de espaldas y al costado del cuerpo había un envoltorio de preservativo. Cabrera había formado el gremio de las prostitutas rosarinas en medio de la crisis del 2001, con el objetivo de combatir el estigma, obtener derechos laborales así como la descriminalización del trabajo sexual.
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En su momento, sin mayores tambaleos, la posibilidad de un asesinato producido por la “mafia policial” (sic) fue admitida por el propio ejecutivo provincial. En apenas unos días se disolvió el departamento de Moralidad Pública y sus integrantes fueron distribuidos en otras comisarias. Mediante la exhibición pública del cadáver, y el innegable indicio de vendetta, sus asesinos tuvieron éxito a la hora de infundir miedo y desmovilización. Pero el caso de Sandra Cabrera, descaradamente impune, nunca fue olvidado. La llama viva de su memoria, su lucha política, permaneció vigente, activándose allí dónde las coyunturas lo permiten. Y no hay dudas de que esto fue posible por su hija, las propias activistas de AMMAR y aliadxs, periodistas como Carlos del Frade y Sonia Tessa.




Durante años la ciudad de Rosario fue invadida por dos rodados, la bicicleta alada de Pocho Lepratti (el “ángel de la bicicleta”) y la motocicleta de Sandra Cabrera. Dichos stenciles urbanos transmitían memoria, una herida abierta, y también movilización. Para quienes la conocieron, Sandra era inseparable de su motito, la que usaba para repartir preservativos y hacer promoción de derechos entre las trabajadoras del sexo, insuflar espíritu de lucha.
Desde ayer (viernes 27 de enero), una plazoleta rosarina lleva su nombre. El lugar no es gratuito, es la zona de conflicto sobre la que levantó su bandera y donde fue asesinada. Es un lugar de y para la memoria. Una huella que dice: “estuve aquí bajo condiciones no elegidas para hacer de esto algo diferente. Aquí luché, aquí me mataron”.El mensaje a la ciudad y sus habitantes es inverso a los marcos regulativos que impulsaron su biografía política local hasta acabar con su vida. Mientras los códigos contravencionales buscaban regular su circulación por el espacio público – regular la circulación de ciertos cuerpos sexuados, encerrarles en el hogar o el prostíbulo, en beneficio de cierta moral sexual citadina- hoy el cuerpo de la trabajadora del sexo se metamorfosea en plazoleta pública, en espacio de circulación, recreación familiar, interacción social y ,fundamentalmente, como un espacio de la memoria. Su memoria hoy se enhebra en una lucha gremial y en políticas feministas-sexodisidentes. Se vuelve ciudad, arrojando un duelo político-público a sus habitantes. Arrojando una tarea pendiente, un nunca más, un estuve aquí, un estamos acá.


Foto portada: Ammar
Foto interior: Emmanuel Theumer

Publicado por Revista Furias. Emmanuel Theumer – 28/01/17 -
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