miércoles, 7 de diciembre de 2016

Sube violencia contra mujer negra en Brasil, pese a mejores leyes


Un grupo de mujeres negras participan el 20 de noviembre en la metrópoli de São Paulo, en la Marcha de la Conciencia Negra. La violencia por razones de género crece de manera especial entre las mujeres afrodescendientes en Brasil, pese a mayores leyes contra el delito. Crédito: Rovena Rosa/ Agência Brasil

Cuatro meses en el hospital y varias cirugías le salvaron la vida a la brasileña Maria da Penha Fernandes, pero los daños del disparo de escopeta dejaron parapléjica a los 37 años. Cuando volvió al hogar, el marido intentó electrocutarla en el baño.
No había dudas, el autor del primer atentado, el tiro por la espalda mientras dormía una noche de mayo de 1983, había sido también el esposo, que había buscado exculparse atribuyéndolo a unos asaltantes.
Ella dejó la casa protegida por un dictamen judicial que le aseguraba la guardia de las tres hijas que tuvo con el agresor e inició, desde su silla de ruedas, una batalla de 19 años en la justicia para que el homicidio frustrado no quedase impune.
“La Ley Maria da Penha establece que primero hay que hacer la denuncia ante la policía para llegar a los órganos judiciales y se sabe que la policía no protege la mujer negra...El obstáculo es el racismo, sin reconocerlo las políticas públicas no serán adecuadas a las necesidades de la mujer negra. Hay que enfrentar el racismo, preparar los funcionarios, sean policiales o gestores, a atendernos como seres humanos": Jurema Werneck.
Luego de dos condenas en tribunales brasileños que los abogados del reo lograron anular, en los años 90, ella recurrió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que emitió en 2001 un fallo acusando el Estado brasileño de omisión y recomendando un juicio definitivo y medidas para eliminar violencias contra la mujer.
Finalmente en 2002 el homicida en grado de frustración fue condenado a 10 años de cárcel, pero logró la libertad luego de cumplir solo dos años.
El principal triunfo de Da Penha, una biofarmacéutica de Fortaleza, capital del estado de Ceará, en el Nordeste de Brasil, fue inspirar una ley que lleva su nombre, aprobada por el legislativo Congreso Nacional en 2006, contra la violencia de género y que castiga ejemplarmente a los agresores de mujeres.
Estas agresiones, sin embargo, siguieron aumentando en las estadísticas brasileñas, aunque en ritmo menor.
De 1980 a 2006 el número de mujeres asesinadas creció 7,6 por ciento al año, mientras de 2006 a 2013 ese índice bajó a 2,6 por ciento, según el Mapa de la Violencia, elaborado por Julio Jacobo Waiselfisz, coordinador de estudios sobre ese tema en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) en Brasil.
La Ley Maria da Penha, las comisarías de mujeres y otros instrumentos “sí son eficaces contra la violencia, pero sus recursos son insuficientes”, evaluó a IPS la secretaria ejecutiva de  la Red Nacional Feminista de Salud Derechos Sexuales y Reproductivos, Clair Castilhos Coelho.
Pero hay una realidad importante en este país latinoamericano de 205 millones de habitantes: los resultados dispares según el color de la piel.
“Para las mujeres negras la situación se agravó”, lamentó a IPS la médica Jurema Werneck, una de las coordinadoras de Criola, organización no gubernamental que promueve los derechos de las afrodescendientes.
En 10 años los asesinatos de mujeres negras por razones de género aumentaron 54,2 por ciento, alcanzando 2.875 en 2013, mientras las blancas se beneficiaron de una reducción de 9,8 por ciento, de un total de 1.747 en 2003 a 1.576 en 2013, según los datos recogidos por el Mapa da la Violencia.
“El racismo explica ese contraste. Los mecanismos de combate a la violencia no protegen la vida de todos de manera igual”, señaló Werneck.
“La Ley Maria da Penha establece que primero hay que hacer la denuncia ante la policía para llegar a los órganos judiciales y se sabe que la policía no protege la mujer negra”, explicó.

“El obstáculo es el racismo, sin reconocerlo las políticas públicas no serán adecuadas a las necesidades de la mujer negra. Hay que enfrentar el racismo, preparar los funcionarios, sean policiales o gestores, a atendernos como seres humanos”, acotó.
Manifestantes piden que se aplique plenamente la Ley Maria da Penha, al cumplirse en agosto de este año 10 años de la norma contra la violencia machista en Brasil. Una de las pancartas reza: “Cuando tú te callas, la violencia habla más alto”. Crédito: Foto: Tony Winston/ Agência Brasília
Una aplicación más adecuada de la Ley Maria da Penha seria llevar las denuncias directamente al Ministerio Público (fiscalía) y a la Defensoría Pública, lo que exige más fiscales y defensores en lugar de policías, como se está haciendo en algunos barrios de la sureña ciudad de São Paulo, abogó Werneck.
Además es necesario combatir el “racismo institucional”, que contamina muchos órganos policiales, por ejemplo, y “una acción junto a la sociedad para valorizar la mujer negra”, siempre marginada en la historia de Brasil, concluyó.
Otra conquista femenina fue la aprobación, en marzo de 2015, de la ley que castiga como “crimen hediondo (repugnante)”, con agravación de las penas, el feminicidio o femicidio, definido como el asesinato de la mujer en razón de su condición sexual.
Brasil se convirtió así en el 16 país latinoamericano en contar con una ley contra el feminicidio, en un país que el Mapa de la Violencia sitúa como el séptimo en un ranking internacional y donde según cifras oficiales divulgadas al refrendarse la norma mueren en promedio unas 15 mujeres cada día por razón de género.
Pero la violencia contra las mujeres, que tiene el 25 de noviembre como el Día Internacional para su eliminación y que da paso a 16 días de activismo contra el flagelo machista, comprende otras formas de agresión que afectan a la población femenina en su vida cotidiana.
En Brasil los homicidios de varones suman cerca de 92 por ciento del un total que se va acercando a 60.000 al año, una cifra que solo tiene cifras similares en situaciones de guerra intensa.
Pero en otras violencias, como agresiones físicas,  sicológicas y económicas, violaciones sexuales y abandono, las víctimas femeninas suelen ser mayoría.
En el Sistema Único de Salud fueron atendidas en 2014 un total de 147.691 mujeres que sufrieron algún tipo de violencia, el doble de los hombres. Eso corresponde a 405 mujeres necesitando atención médica cada día, a causas de agresiones.
La última Investigación Nacional de Salud, que realizan el Ministerio de Salud y el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística cada cinco años, reveló que 2,4 millones de mujeres fueron víctimas de agresiones practicadas por alguien que conocen, contra 1,3 millones de varones.
En términos de violaciones sexuales, el Anuario Brasileño de Seguridad Pública, registró 47.646 casos en Brasil, 6,7 por ciento menos que en el año anterior. Pero la reducción, basada en registros, no indica una tendencia porque especialistas creen que dos tercios, o hasta 90 por ciento, de los casos no son denunciados.
“La violencia contra mujeres puede estarse intensificando a causa del nuevo protagonismo de las mujeres antes sumisas en el hogar, sufriendo en silencio. Roto el viejo paradigma, con las mujeres conquistando derechos, trabajando, votando y denunciando, los opresores reaccionan con más agresiones”, sostuvo Castilhos.
Hay también un incremento de las denuncias, producto de las conquistas femeninas, como las leyes Maria da Penha y del Feminicidio, e incluso de reglas que obligan a informar sobre estas violencias,  como hechos de salud pública, añadió.
En su opinión, “la mayor violencia contra una mujer en los últimos años en Brasil fue la destitución de la expresidenta Dilma Rousseff (1 enero 2011-31 agosto 2016), sin la justificación de un delito comprobado, por un parlamento donde la mayoría (de sus miembros) es acusada de delitos electorales y de corrupción”.
El clima político generado por el nuevo gobierno, presidido por Michel Temer, el  vicepresidente que sustituyó a Rousseff, “abre espacio a más violencia contra mujeres, por su carácter misógino”, sin mujeres al frente de algún ministerio y con propuestas que anulan el empoderamiento anterior de las mujeres, teme Castilhos.
Publicado por IPS – Río de Janeiro – Mario Osava – 26/11/16 - Editado por Estrella Gutiérrez
Este artículo es parte de la cobertura de IPS vinculada al Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el 25 de noviembre.

Proyecto cultural habanero dedica jornadas a la no violencia

Paneles, documentales y presentaciones de teatro formaron parte de las actividades organizadas en la Casa Gaia, del Casco Histórico habanero.

En los espectáculos de Teatro Espontáneo de La Habana, la audiencia cuenta sus historias y luego el grupo realiza una breve representación.
Foto: Archivo IPS Cub

Episodios de violencia, alcoholismo, superación y amor fueron representados de forma espontánea, como parte de las actividades que el proyecto cultural Casa Gaia dedicó a la décima Jornada Nacional por la No Violencia hacia las Mujeres y las Niñas.
Ubicado en el Casco Histórico de la capital cubana, el espacio acogió el pasado 19 de noviembre una función del grupo Teatro Espontáneo de La Habana, titulado Todos contra la violencia, por una cultura de paz, dirigido por el psicólogo Carlos Borbón.
“Fue simpático. Primero sientes un poco de pena, pero luego sientes que eres parte de la obra”, comentó a la Redacción IPS Cuba Delia Salas, una maestra jubilada que disfrutó de la presentación.
Las historias me impactaron mucho, pero aún más ver a los hombres salir al frente para mostrar su apoyo a la mujer”, dijo la anciana, de 68 años.
Como Delia, más de 150 personas participaron, del 17 al 19 de noviembre, en proyecciones de documentales, paneles y espectáculos teatrales, que engrosaron el programa coordinado por la Casa Gaia, de conjunto con el no gubernamental Centro Oscar Arnulfo Romero y la Colonia Zamorana de Cuba.
Compartiendo experiencias
Ana Beatriz Argota, organizadora de eventos de Casa Gaia, explicó que la cita “se conformó en diferentes espacios que tenían como objetivos comunes la oportunidad de expresar saberes, puntos de vista, experiencias, dialogar y generar conciencia sobre la necesidad de prevenir la violencia por razones de género”.
En su opinión, “uno de los resultados fundamentales de las tres jornadas ha sido poder contar con muchas personas vinculadas al magisterio, quienes son vitales en la formación de las nuevas generaciones y tienen la posibilidad de llevar mensajes positivos a miles de jóvenes”.
“Si algo quedó claro es la importancia de hablarles a niños y niñas en casa, la escuela, los medios de comunicación, sobre respeto, cultura de paz, relaciones de pareja equitativas y sentido de justicia”, subrayó la jurista de profesión.
Por su parte, Esther Cardoso, directora de la Casa Gaia, refirió que “fue interesante contar con la presencia de valiosas personas vinculadas a la investigación social y con conocimientos profundos sobre los temas de género”.
A su juicio, “fue enriquecedor tener en casa a un público tan especial, integrado por especialista en Sociología, Psicología, Pedagogía e Historia, quienes han aportado a las propuestas artísticas con sus comentarios y sugerencias”.
“Nuestro equipo ha crecido al intercambiar con expertos en familia, juventudes, género y otras temáticas de mucha importancia para la sociedad”, manifestó en referencia a la presentación del work in progress (trabajo en progreso) de la obra Flechas del Ángel de Olvido, cuyo estreno está programado para inicios de 2017.



 Cardoso resaltó, además, que durante los tres días, “la mayor parte del público estuvo conformado por personas adultas mayores, llenas de energía, muy vivas y movilizadoras”.
Sin embargo, manifestó su deseo de que, “en otras oportunidades, haya una mayor presencia de jóvenes, para que con sus experiencias de vida contribuyan a las reflexiones”.
Con ello coincidió Johan Ramos, actor del grupo Gaia Teatro de La Habana y estudiante del Instituto Superior de Arte, para quien las propuestas apreciadas resultaron “sugerentes y dinámicas”.
“En la escuela algunas profesoras nos acercan a los temas de género, con la idea de que respetemos la diversidad y a las mujeres”, expresó el joven, de 27 años.
“Pero ahora aquí también he escuchado a especialistas que tienen un discurso que incluye a los hombres y habla del equilibrio social, de la equidad y el aporte de todas las personas”, remarcó.
Por su compromiso social y tras constatar la acogida de las actividades, Esther Cardoso declaró la voluntad de la Casa Gaia de sumarse con más fuerza a las campañas por la no violencia hacia las mujeres y las niñas y otras existentes en el país. (2016)

Publicado por IPS Cuba – Redacción Género – 24/11/16 -

Niñas canjean sexo por pescado y monedas en Kenia

En la playa de Gasi, sobre el océano Índico en Kenia, la gente espera la llegada de los pescadores para comprar pescado fresco. Crédit: Diana Wanyonyi/IPS

Hafsa Juma es una de las muchas adolescentes que venden sus cuerpos por un poco de pescado y unas pocas monedas en la playa de Gasi, sobre el océano Índico, en Kenia. Es la mayor de tres hermanos y el sostén de la familia.
Vestida con el tradicional dera, un vestido en swahili, y un pañuelo en la cabeza, Hafsa, de 15 años, está sentada fuera del caserío donde vive en este condado de Kwale, sobre un tapete llamado mkeka, bajo un sol abrasador.
Hace más de una semana que tiene fiebre y dolor de cabeza y espera que el sol le alivie los escalofríos, ya que sus padres están desempleados y son demasiado pobres para pagar un médico.
"Por más que no me guste lo que hago, tengo que hacerlo porque tenemos que sobrevivir": Asumpta, 14 años.
Hafsa contó cómo ellos, y en especial su madre, la obligan a conseguir alimentos ofreciendo favores sexuales a los pescadores.
“Mis padres no están bien y por eso no hay comida en casa. Tengo que buscar algo pequeño para llevar a casa. Salgo a eso de las ocho de la noche y regreso a las 12. Tengo un cliente por noche. Cuando acepta mis condiciones, me da 200 chelines (unos dos dólares) y medio kilogramo de pescado”, relata, evitando el contacto visual, la adolescente que apenas terminó el último año de la escuela primaria en 2014.
“Por lo general voy a la playa de Gasi todos los días”, indicó Hafsa, quien contó que comenzó con el trabajo sexual hace dos años. “En un mes, si trabajo bien, hago 5.000 chelines keniatas (unos 50 dólares) y no tengo problema con eso”, apuntó.
La conversación de IPS con la joven se interrumpió cuando llegó una barcaza verde con los pescadores que traen la captura de la noche, y mujeres, hombres y niños se acercan con canastas para comprar pescado fresco.
La mayoría de los clientes de Hafsa son pescadores de la vecina Tanzania, quienes llegan a Gasi una vez al año durante la temporada de los monzones y se quedan tres meses, de diciembre a marzo, para pescar y vender la captura.
Cuando ellos se van, sus clientes cambian y suelen ser motociclistas que llevan pasajeros, conocidos aquí como bodaboda.
“Cuando quiero alejarme de casa a cualquier lugar, me subo a una motocicleta. Cuando estoy por llegar a mi destino, el conductor accede a tener sexo por dinero. Me da 100 chelines, y hago lo mismo con diferentes bodaboda para regresar”, relata Hafsa.
Al respecto, el vicepresidente de la Unidad de Gestión de la Playa Gasi, Iddi Abdulrahman Juma, comentó: “Hemos visto unas 10 niñas que vienen a la playa a comprar pescado, lo que también es peligroso. Algunas de ellas ya están embarazadas y otras infectadas con enfermedades mortales”.
Juma, además, responsabilizó a los padres por encargarles esa tarea y poner a las niñas en situaciones de vulnerabilidad.
“La edad de las niñas involucradas en la explotación sexual comercial es de entre 12 y 17 años”, acotó el funcionario que realiza una capacitación con la organización no gubernamental SCOPE (acrónimo inglés de Fortaleciendo el Empoderamiento y la Asociación Comunitaria), abocada a luchar contra este problema social.
A 20 kilómetros de allí, en la zona de Karanja, en este mismo condado de Kwale, Asumpta Pendo, de 14 años, barre una choza, que es un mangwe, según contó, un lugar donde se vende un tradicional vino de palma, conocido como mnazi.
Ella también es trabajadora sexual para llevar comida a la mesa familiar y debe soportar clientes que a menudo están borrachos. Su madre también la obliga a vender mnazi.
“Dejé la escuela en séptimo grado porque mi madre no podía mandarme y éramos pobres. La vida es dura”, confesó a IPS.
“La mayoría de mis clientes son tomadores de vino de palma. En un día, suelo tener uno o dos. Algunos prefieren usar condón, pero otros se niegan. Me suelen dar entre un dólar y 12 dólares la noche”, relató.
“Si no quiero vender vino de palma a los clientes aquí en casa, mi madre me pega y hasta llega a negarme la comida. Por más que no me guste lo que hago, tengo que hacerlo porque tenemos que sobrevivir”, se resignó Assumpta.
Un estudio realizado en 2009 por la red End Child Prostitution (terminar con la prostitución infantil), que reúne a varias organizaciones de la sociedad civil, concluyó que entre 10.000 y 15.000 niñas en las zonas costeras de Kenia participaban en el turismo sexual.
Además, SCOPE se asoció con la organización holandesa Terre des Hommes (TDH) para implementar un programa que termine con la explotación sexual infantil en tres áreas Matunga, Msambweni y Lunga Lunga.
La iniciativa contempla crear conciencia en la comunidad y llamar a la población local a alzar sus voces contra este abuso.
El problema es grave en este condado, popular por sus playas limpias y arenosas, puntualizó Emanuel Kahaso, coordinador del programa de SCOPE para terminar con el comercio sexual.
“En 2006, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia encontró que en Kenia habían 50.000 menores víctimas de explotación sexual y 30.000 que venden sus cuerpos en las zonas costeras”, indicó.
“Nuestra organización encontró que más de 15.000 niñas en la franja costera del sur de Kenia participan en el turismo sexual”, apuntó.
“Debido a las tradiciones y los tabúes, los padres no hablan abiertamente con sus hijos sobre salud reproductiva y, por esos mismos tabúes, los responsables no son arrestados”, acotó Kahaso.
Algunos lugares especiales, donde se consumen drogas, clubes nocturnos y discotecas, así como los bodaboda, atraen a las menores hacia el trabajo sexual. Numerosas fuentes coinciden en que los padres inician a sus hijas en el turismo sexual y la prostitución, además de obligarlas a contraer matrimonio de forma precoz.
“El problema se exacerba por cuestiones culturales, tradicionales y tribales impregnadas de prejuicios de género, que favorecen la explotación sexual de menores. El analfabetismo es elevado, abundan los problemas económicos y rara vez se cumplen las leyes que protegen a la infancia”, se lamentó Kahaso.
En el hospital de referencia de Msambweni, Saumu Ramwendo, de SCOPE, ayuda e informa a las niñas y adolescentes sobre cuestiones de salud sexual y sobre la explotación sexual. La organización trabaja con unas 360 víctimas y con unas 500 que están en riesgo.
Publicado por IPS - Diana Wanyonyi - KWALE, Kenia, - 06/12/16

Muxes de Juchitán

Amaranta tenía siete años cuando terminó de entender las razones de su malestar: estaba cansada de hacer lo que no quería hacer. Amaranta, entonces, se llamaba Jorge y sus padres la vestían de niño, sus compañeros de escuela le jugaban a pistolas, sus hermanos le hacían goles. Amaranta se escapaba cada vez que podía, jugaba a cocinar y a las muñecas, y pensaba que los niños eran una panda de animales. De a poco, Amaranta fue descubriendo que no era uno de ellos, pero todos la seguían llamando Jorge. Su cuerpo tampoco correspondía a sus sensaciones, a sus sentimientos: Amaranta lloraba, algunas veces, o hacía llorar a sus muñecas, y todavía no conocía su nombre.
Son las cinco del alba y el sol apenas quiere, pero las calles del mercado ya están llenas de señoras imponentes: ochenta, cien kilos de carne en cuerpos breves. Las señoras son rotundas como mundos, las piernas zambas, piel cobriza, los ojos grandes negros, sus caras achatadas. Vienen de enaguas anchas y chalecos bordados; detrás van hombrecitos que empujan carretillas repletas de frutas y verduras. Las señoras les gritan órdenes en un idioma que no entiendo: los van arreando hacia sus puestos. Los hombrecitos sudan bajo el peso de los productos y los gritos.
—Güero, cómprame unos huevos de tortuga, un tamalito.
El mercado se arma: con el sol aparecen pirámides de piñas como sandías, mucho mango, plátanos ignotos, tomates, aguacates, hierbas brujas, guayabas y papayas, chiles en montaña, relojes de tres dólares, tortillas, más tortillas, pollos muertos, vivos, huevos, la cabeza de una vaca que ya no la precisa, perros muy flacos, ratas como perros, iguanas retorciéndose, trozos de venado, flores interminables, camisetas con la cara de Guevara, toneladas de cedés piratas, pulpos ensortijados, lisas, bagres, cangrejos moribundos, muy poco pez espada y las nubes de moscas. Músicas varias se mezclan en el aire, y las cotorras.
—¿Qué va a llevar, blanco?
—A usted, señora.
Y la desdentada empieza a gritar el güero me lleva, el güero me lleva, y arrecian las carcajadas. El mercado de Juchitán tiene más de dos mil puestos y en casi todos hay mujeres: tienen que ser capaces de espantar bichos, charlar en zapoteco, ofrecer sus productos, abanicarse y carcajearse al mismo tiempo todo el tiempo. El mercado es el centro de la vida económica de Juchitán y por eso, entre otras cosas, muchos dijeron que aquí regía el matriarcado.
—¿Por qué decimos que hay matriarcado acá? Porque las mujeres predominan, siempre tienen la última palabra. Acá la que manda es la mamá, mi amigo. Y después la señora.
Me dirá después un sesentón, cerveza en la cantina. En la economía tradicional de Juchitán los hombres salen a laborar los campos o a pescar, y las mujeres transforman esos productos y los venden. Las mujeres manejan el dinero, la casa, la organización de las fiestas y la educación de los hijos, pero la política, la cultura y las decisiones básicas son privilegio de los hombres.
—Eso del matriarcado es un invento de los investigadores que vienen unos días y se quedan con la primera imagen. Aquí, dicen, el hombre es un huevón y su mujer lo mantiene .
Dice el padre Francisco Hererro o cura Paco, párroco de la iglesia de San Vicente Ferrer, patrono de Juchitán.
—Pero el hombre se levanta muy temprano porque a las doce del día ya está el sol incandescente y no se puede. Entonces, cuando llegan los antropólogos ven al hombre dormido y dicen ah, es una sociedad matriarcal. No, ésta es una sociedad muy comercial y la mujer es la que vende, todo el día; pero el hombre ha trabajado la noche, la madrugada.
—Pero entonces no se cruzan nunca…
—Sí, para eso no se necesita horario, pues. Yo conozco la vida íntima, secreta, de las familias y te puedo decir que allí tampoco existe el matriarcado.
No existe, pero el papel de las mujeres es mucho más lucido que en el resto de México.
—Aquí somos valoradas por todo lo que hacemos. Aquí es valioso tener hijos, manejar un hogar, ganar nuestro dinero: sentimos el apoyo de la comunidad y eso nos permite vivir con mucha felicidad y con mucha seguridad.
Dirá Marta, mujer juchiteca. Y se les nota, incluso, en su manera de llevar el cuerpo: orgullosas, potentes, el mentón bien alzado, el hombre —si hay hombre— un paso atrás.
Juchitán es un lugar seco, difícil. Cuentan que cuando Dios le ordenó a San Vicente que hiciera un pueblo para los zapotecos, el santo bajó a la tierra y encontró un paraje encantador, con agua, verde, tierra fértil. Pero dijo que no: aquí los hombres van a ser perezosos. Entonces siguió buscando y encontró el sitio donde está Juchitán: éste es el lugar que hará a sus hijos valientes, trabajadores, bravos, dijo San Vicente, y lo fundó.
Ahora Juchitán es una ciudad ni grande ni chica, ni rica ni pobre, ni linda ni fea, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de México: el sitio donde el continente se estrecha y deja, entre Pacífico y Atlántico, sólo doscientos kilómetros de tierra. El Istmo siempre ha sido tierra de paso y de comercio: un espacio abierto donde muy variados forasteros se fueron asentando sobre la base de la cultura zapoteca. Y su tradición económica de siglos le permitió mantener una economía tradicional: en Juchitán la mayoría de la población vive de su producción o su comercio, no del sueldo en una fábrica: la penetración de las grandes empresas y del mercado globalizado es mucho menor que en el resto del país.
—Acá no vivimos para trabajar. Acá trabajamos para vivir, no más.
Me dice una señorona en el mercado. Alrededor, Juchitán es un pueblo de siglos que no ha guardado rastros de su historia, que ha crecido de golpe. En menos de veinte años, Juchitán pasó de pueblo polvoriento campesino a ciudad de trópico caótico, y ahora son cien mil habitantes en un damero de calles asfaltadas, casas bajas, flamboyanes naranjas, buganvillas moradas; hay colores pastel en las paredes, jeeps brutales y carros de caballos. Hay pobreza pero no miseria, y cierto saber vivir de la tierra caliente. Algunos negocios tienen guardias armados con winchester “pajera”; muchos no.
Juchitán es un pueblo bravío: aquí se levantaron pronto contra los españoles, aquí desafiaron a las tropas francesas de Maximiliano y a los soldados mexicanos de Porfirio Díaz. Aquí, en 1981, la Coalición Obrero Campesino Estudiantil del Istmo —la COCEI— ganó unas elecciones municipales y la convirtió en la primera ciudad de México gobernada por la izquierda indigenista y campesina. Juchitán se hizo famosa en esos días.
Amaranta siguió jugando con muñecas, vestidos, comiditas, hasta que descubrió unos juegos que le gustaban más. Tenía ocho o nueve años cuando las escondidas se convirtieron en su momento favorito: a los chicos vecinos les gustaba eclipsarse con ella y allí, detrás de una tapia o una mata, se toqueteaban, se frotaban. Amaranta tenía un poco de miedo pero apostaba a esos placeres nuevos:
—Así crecí hasta los once, doce años, y a los trece ya tomé mi decisión, que por suerte tuvo el apoyo de mi papá y de mi mamá.
Dirá mucho después. Aquel día su madre cumplía años y Amaranta se presentó en la fiesta con pendientes y un vestido floreado, tan de señorita. Algunos fingieron una sorpresa inverosímil. Su mamá la abrazó; su padre, profesor de escuela, le dijo que respetaba su decisión pero que lo único que le pedía era que no terminara borracha en las cantinas:
—Jorge, hijo, por favor piensa en tus hermanos, en la familia. Sólo te pido que respetes nuestros valores. Y el resto, vive como debes.
Amaranta se había convertido, por fin, abiertamente, en un “muxe”. Pero seguía sin saber su nombre.
Muxe es una palabra zapoteca que quiere decir homosexual pero quiere decir mucho más que homosexual. Los muxes de Juchitán disfrutan desde siempre de una aceptación social que viene de la cultura indígena. Y se “visten” —de mujeres— y circulan por las calles como las demás señoras, sin que nadie los señale con el dedo. Pero, sobre todo: según la tradición, los muxes travestidos son chicas de su casa. Si los travestis occidentales suelen transformarse en hipermujeres hipersexuales, los muxes son hiperhogareñas:
—Los muxes de Juchitán nos caracterizamos por ser gente muy trabajadora, muy unidos a la familia, sobre todo a la mamá. Muy con la idea de trabajar para el bienestar de los padres. Nosotros somos los últimos que nos quedamos en la casa con los papás cuando ya están viejitos, porque los hermanos y hermanas se casan, hacen su vida aparte pero nosotros, como no nos casamos, siempre nos quedamos. Por eso a las mamás no les disgusta tener un hijo muxe. Y siempre hemos hecho esos trabajos de coser, bordar, cocinar, limpiar, hacer adornos para fiestas: todos los trabajos de mujer.
Dice Felina, que alguna vez se llamó Ángel. Felina tiene 33 años y una tienda —“Estética y creaciones Felina”— donde corta el pelo y vende ropa. La tienda tiene paredes verdes, maniquíes desnudos, sillones para esperar, una mesita con revistas de cotilleo, la tele con culebrón constante y un ordenador conectado a internet; Felina tiene una falda corta con su larga raja, sus piernas afeitadas más o menos, las uñas carmesí. Su historia es parecida a las demás: un descubrimiento temprano, un período ambiguo y, hacia los doce o trece, la asunción de que su cuerpo estaba equivocado. La tradición juchiteca insiste en que un muxe no se hace -nace-y que no hay forma de ir en contra del destino.
—Los muxes sólo nos juntamos con hombres, no con otra persona igual. En otros lugares ves que la pareja son dos homosexuales. Acá en cambio los muxes buscan hombres para ser su pareja.
—¿Se ven más como mujeres?
—Sí, nos sentimos más mujeres. Pero yo no quiero ocupar el lugar de la mujer ni el del hombre. Yo me siento bien como soy, diferente: en el medio, ni acá ni allá, y asumir la responsabilidad que me corresponde como ser diferente.
Cuando cumplió catorce, Amaranta se llamaba Nayeli —“te quiero” en zapoteca— y consiguió que sus padres la mandaran a estudiar inglés y teatro a Veracruz. Allí leyó su primer libro “de literatura”: se llamaba Cien años de soledad y un personaje la impactó: era, por supuesto, Amaranta Buendía.
—A partir de ahí decidí que ése sería mi nombre, y empecé a pensar cómo construir su identidad, cómo podía ser su vida, mi vida. Tradicionalmente los muxes en Juchitán trabajamos en los quehaceres de la casa. Yo, sin menospreciar todo esto, me pregunté por qué tenía que cumplir esos roles.
Amaranta mueve su mano derecha sin parar y conversa con soltura de torrente, eligiendo palabras:
—Entonces pensé que quería estar en la boca de la gente, del público, y empecé a trabajar en un show travesti que se llamaba New Les Femmes.
Durante un par de años las cuatro “New Les Femmes” recorrieron el país imitando a actrices y cantantes. Amaranta se lo tomó en serio: estudiaba cada gesto, cada movimiento, y era muy buena haciendo a Paloma San Basilio y Rocío Durcal. Era una vida y le gustaba —y podría haberle durado muchos años.
En Juchitán no se ven extranjeros: no hay turismo ni razones para que lo haya. Suele hacer un calor imposible, pero estos días sopla un viento sin mengua: aire corriendo entre los dos océanos. El viento refresca pero pega a los cuerpos los vestidos, levanta arena, provoca más chillidos de los pájaros. Los juchitecas se desasosiegan con el viento.
—¿Qué está buscando por acá?
En una calle del centro hay un local con su cartel: Neuróticos Anónimos. Adentro, reunidos, seis hombres y mujeres se cuentan sus historias; más tarde ese señor me explicará que lo hacen para
dejar de sufrir, “porque el ser humano sufre mucho los celos, la ira, la cólera, la soberbia, la lujuria”. Después ese señor —cuarenta años, modelo Pedro Infante— me contará la historia de uno que vino durante muchos meses para olvidar a un muxe:
—El pobre hombre ya estaba casado, quería formar una familia, pero extrañaba al muxe, lo veía, la esposa se enteraba y le daba coraje. Y si no, igual a él le resultaba muy doloroso no poder dejarlo.
Sabía que tenía que dejarlo pero no podía, lo tenía como embrujado.
De pronto me pareció evidente que ese hombre era él.
—¿Y se curó?
Le pregunté, manteniendo la ficción del otro.
—No, yo no creo que se cure nunca. Es que tienen algo, mi amigo, tienen algo.
Me dijo, con la sonrisa triste. Felina me había contado que una de las “funciones sociales” tradicionales de los muxes era la iniciación sexual de los jóvenes juchitecas. Aquí la virginidad de las novias era un valor fundamental y los jóvenes juchitecas siguen respetando más a las novias que no se acuestan con ellos, y entonces los servicios de un muxe son el mejor recurso disponible.
Las New Les Femmes habían quedado en encontrarse, tras tres meses de vacaciones, en un pueblo de Chiapas donde habían cerrado un buen contrato. Amaranta llegó un día antes de la cita y esperó y esperó. Al otro día empezó a hacer llamadas: así se enteró de que dos de sus amigas habían muerto de sida y la tercera estaba postrada por la enfermedad. Hasta ese momento Amaranta no le había hecho mucho caso al VIH, y ni siquiera se cuidaba.
—¿Cómo era posible que las cosas pudieran cambiar tan drásticamente, tan de pronto? Ellas estaban tan vivas, tenían tanto camino por delante No te voy a decir que me sentía culpable, pero sí con un compromiso moral enorme de hacer algo.
Fue su camino de Damasco. Muerta de miedo, Amaranta se hizo los análisis. Cuando le dijeron que se había salvado, se contactó con un grupo que llevaba dos años trabajando sobre el sida en el Istmo: Gunaxhii Guendanabani—Ama la Vida era una pequeña organización de mujeres juchitecas que la aceptaron como una más. Entonces Amaranta organizó a sus amigas para hacer campañas de prevención. Los muxes fueron muy importantes para convencer a los más jóvenes de la necesidad del sexo protegido.
—El tema del VIH viene a abrir la caja de Pandora y ahí aparece todo: las elecciones sexuales, la autoestima, el contexto cultural, la inserción social, la salud, la economía, los derechos humanos, la política incluso.
Amaranta se especializó en el tema, consiguió becas, trabajó en Juchitán, en el resto de México y en países centroamericanos, dio cursos, talleres, estudió, organizó charlas, marchas, obras de teatro. Después Amaranta se incorporó a un partido político nuevo, México Posible, que venía de la confluencia de grupos feministas, ecologistas, indigenistas y de derechos humanos. Era una verdadera militante.
En la cantina suena un fandango tehuano y sólo hay hombres. Afuera el calor es criminal; aquí adentro, cervezas. En las paredes hay papagayos pintados que beben coronitas y en un rincón la tele grande como el otro mundo repite un gol horrible. Bajo el techo de palma hay un ventilador que vuela lento.
—Venga, güero, tómese una cerveza.
Una mesa con cinco cuarentones está repleta de botellas vacías y me siento con ellos. Al cabo de un rato les pregunto por los muxes y hay varias carcajadas:
—No, para qué, si acá cada cual tiene su mujercita.
—Sus mujercitas, buey.
Corrige otro. Un tercero los mira con ojitos achinados de cerveza:
—A ver quién de ustedes no se ha chingado nunca un muxe. A ver quién es el maricón que nunca se ha chingado un muxe.
Desafía, y hay sonrisas cómplices.
—¡Por los muxes!
Grita uno, y todos brindan…brindamos.
La invitación estaba impresa en una hoja de papel común: “Los señores Antonio Sánchez Aquino y Gimena Gómez Castillo tienen el honor de invitar a usted y a su apreciable familia al 25 aniversario de la señorita María Rosa Mística que se llevará a cabo en”. La fiesta fue la semana pasada; ayer, cuando me la encontré en la calle vendiendo quesos que prepara con su madre, la señorita María Rosa Mística parecía, dicho sea con todos los respetos, un hombre feo retacón y muy ancho metido adentro de una falda interminable que me dijo que ahorita no podía charlar pero quizás mañana.
—A las doce en el bar Jardín, ¿te parece?
Dijo, pero me dio el número de su celular “por si no llego”. Y ahora la estoy llamando porque ya lleva una hora de retraso; no, sí, ahorita voy. Supuse que se estaba dando aires —un supuesto truco femenino-. Al rato, Mística llega con Pilar —“una vecina”— y me cuenta que vienen del velorio de un primo que se murió de sida anoche:
—Pobre Raúl, le daba tanta pena, no quería decirle a nadie qué tenía, no quería que su madre se enterara. Si acá todos la queríamos Pero creía que la iban a rechazar y decía que era un virus de perro, un dolor de cabeza, escondía los análisis. Y se dejó morir de vergüenza.
Dice Mística, triste, transfigurada: ahora es una reina zapoteca altiva, inmensa. El cura Paco me había dicho que aquí todavía no ha penetrado el modelo griego de belleza: que las mujeres para ser bellas tienen que ser frondosas, carnosas, bebedoras, bailonas. “Moza, moza, la mujer entre más gorda más hermosa”, me dijo que se dice. Así que Mística debe ser una especie de Angelina Jolly: un cuerpo desmedido, tacos, enaguas anchas y un huipil rojo fuego con bordados de oro. El lápiz le ha dibujado labios muy improbables, un corazón en llamas.
—Yo también estoy enferma. Pero no por eso voy a dejarme morir, ¿no? Yo estoy peleando, a puritos vergazos. Ahorita me cuido mucho y cuido a las personas con las que tengo relaciones: la gente no tiene la culpa de que yo me haya enfermado. Yo no soy así, vengativa. Ahorita ando con un muchacho de 16 años; a mí me gustan mucho los niños y, la verdad, pues me siento bien con él pero también me siento mal porque es muy niño para mí.
Declara su vecina. Pilar es un muxe pasado por la aculturación moderna: hace unos años se fue a vivir a la ciudad de México y consiguió trabajo en la cocina de un restorán chino.
—Y también trabajo a la noche, cuando salgo y no me siento cansada, si necesito unos pesos voy por Insurgentes, por la Zona Rosa y me busco unos hombres. A mí me gusta eso, me siento muy mujer, más que mujer. A mi lo único que me falta es ésta.
Dice y se aprieta con la mano la entrepierna. Pilar va de pantalones ajustados y una blusa escotada que deja ver el nacimiento de sus tetas de saldo.
—Te sobra, se diría.
Le dice Mística, zumbona.
—Sí, me falta, me sobra. Pensé en operarme pero no puedo, son como cuarenta mil pesos, es mucho dinero.
Cuarenta mil pesos son cuatro mil dólares y Pilar cobra doscientos o trescientos pesos por servicio. Mística transpira y se seca con cuidado de no correrse el maquillaje. A Mística no le gusta la idea de trabajar de prostituta:
—No, le temo mucho. Me da miedo enamorarme perdidamente de alguien, me da miedo la violencia de los hombres. Yo me divierto en las fiestas y en la conga, cuando ando tomada ligo mucho.
Tradicionalmente los muxes juchitecas no se prostituyen: no lo necesitan porque no existe la marginación que les impide otra salida. Pero algunas han empezado a hacerlo.
—Ni tampoco quiero operarme. Yo soy feliz así. Tengo más libertad que una mujer, puedo hacer lo que quiero. Y también tengo mi marido que me quiere y me busca
Dice Mística. Su novio tiene 18 años y es estudiante: ya llevan, dice, orgullosa, más de seis meses juntos.
En septiembre del 2002, Amaranta había encontrado un hombre que por fin consiguió cautivarla: era un técnico en refrigeración que atendía grandes hoteles en Huatulco, un pueblo turístico sobre el Pacífico, a tres horas al norte de aquí.
—Era un chavo muy lindo y me pidió que me quedara con él, que estaba solo, que me necesitaba, y nos instalamos juntos. Era una relación de equidad, pagábamos todo a la par, estábamos haciendo algo juntos.
Amaranta se sentía enamorada y decidió que quería bajar su participación política para apostar a “crear una familia”. Pero una noche de octubre se tomó un autobús hacia Oaxaca para asistir a un acto; el autobús volcó y el brazo izquierdo de Amaranta quedó demasiado roto como para poder reconstruirlo: se lo amputaron a la altura del hombro.
—Yo no sé si creer en el destino o no, pero sí creo en las circunstancias, que las cosas se dan cuando tienen que darse. Era un momento de definición y con el accidente tuve que preguntarme: Amaranta dónde estás parada, adónde va tu vida.
Su novio no estuvo a la altura, y Amaranta se dio cuenta de que lo que más le importaba era su familia, sus compañeros y compañeras, su partido. Entonces trató de no dejarse abatir por ese brazo ausente, retomó su militancia con más ganas y, cuando le ofrecieron una candidatura a diputada federal —el segundo puesto de la lista nacional—, la aceptó sin dudar. Empezó a recorrer el país buscando apoyos, hablando en público, agitando, organizando: su figura se estaba haciendo popular y tenía buenas chances de aprovechar el descrédito de los políticos tradicionales y su propia novedad para convertirse en la primera diputada travestida del país y —muy probablemente— del mundo.
El padre Paco lleva bigotes y no está de acuerdo. El cura quiere ser tolerante y a veces le sale: dice que la homosexualidad no es natural pero que en las sociedades indígenas, como son más maduras, cada quien es aceptado como es. Pero que ahora, en Juchitán, hay gente que deja de aceptar a algunos homosexuales porque se están “occidentalizando”.
—¿Qué significa occidentalizarse en este caso?
—Pues, por ejemplo meterse en la vida política, como se ha metido ahora Amaranta. A mí me preocupa, veo otros intereses que están jugando con ella o con él no, con ella, pues. Porque el homosexual de aquí es el que vive normalmente, no le interesa trascender, ser figura, sino que vive en la mentalidad indígena del mundo. Mientras no rompan el modo de vida local, siguen siendo aceptados
—¿Tú has roto con esa tradición de los muxes?
Le preguntaré otro día a Amaranta.
—La apuesta no es dejar de hacer pasteles o de bordar o de hacer fiestas, para nada; la apuesta es fortalecer desde estos espacios públicos eso que siempre hemos hecho.
Amaranta Gómez Regalado es muy mujer. Más de una vez, charlando con ella, me olvido de que su documento dice Jorge.
Hay estruendo de cuervos y bocinas y no se sabe quién imita a quién. En el medio del Zócalo —la plaza central de Juchitán—, junto al quiosco donde a veces toca la banda o la marimba, una panda de skaters hace sus morisquetas sobre ruedas. Las piruetas les fallan casi siempre. Una mujer montaña con faldas de colores, enaguas y rebozo se cruza en el camino y casi provoca el accidente. Llevan pantalones raperos y gorras de los Gigantes de San Francisco o los Yankees de Nueva York, y uno me dirá que lo que más quiere en la vida es pasar la frontera, pero que ahora con la guerra quién sabe:
—No vaya a ser que te metan en su army y te manden al frente.
Entonces le pregunto por los muxes y le brillan los ojos: no sé si es sorna, orgullo o sólo un buen recuerdo.
—¿Tú has venido por eso?
No puedo decirle que no; tampoco vale la pena explicarle que no es lo que él supone. Se huele el mango, los plátanos maduros, pescado seco, la harina de maíz y las gardenias. Más allá, una sábana pintada y colgada de dos árboles anuncia que “la Secretaría de la Defensa Nacional te invita a ingresar a sus filas en el arma de Infantería. Te ofrecemos alojamiento, alimentación, seguro médico, seguro de vida”; dos soldaditos magros esperan candidatos. Los lustrabotas se aburren y transpiran. Por la calle pasa el coche con altavoz que lee las noticias: “Siete días tuvieron encerradas a parturienta y sus gemelas por no pagar la cuenta” Dos mujeronas van agarradas de la mano y una le tienta a otra con la mano una pequeña parte de la grupa:
—¡Mira lo que te pierdes!
Le grita a un hombre flaco que las mira. A un costado, bajo un toldo para el sol espantoso, se desarrolla el “Maratón microfónico y de estilistas” organizado por Gunaxhii Guendanabani: una docena de peluqueras muxes y mujeres tijeretean cabezas por la causa mientras una señora lee consejos “para vivir una sexualidad plena, responsable y placentera”. Una chica de quince embarazada, vestidito de frutas, se acerca de la mano de su mamá imponente. Colegialas distribuyen cintas rojas y Amaranta saluda, da aliento, contesta a unas mujeres que se interesan por su candidatura o por su brazo ausente. Lleva un colgante de obsidianas sobre la blusa de batik violeta y la pollera larga muy floreada, la cara firme, la frente despejada y los ojos, sobre todo los ojos. Se la ve tan a gusto, tan llena de energía:
—¿Y cómo te resulta esto de haberte transformado en un personaje público?
—Pues mira, no he tenido tiempo de preguntármelo todavía. Por un lado era lo que yo quería, lo había soñado, imaginado.
—Pero si ganas te va a resultar mucho más difícil conseguir un novio.
Amaranta se retira el pelo de la cara, coqueta, con mohínes:
—Sí, se vuelve más complicado, pero el problema es más de fondo: si a los hombres les cuesta mucho trabajo estar con una mujer más inteligente que ellos, ¡pues imagínate lo que les puede costar estar con un muxe mucho más inteligente que ellos! ¡Ay, mamacita, qué difícil va a ser!
Dice, y nos da la carcajada.
Amaranta Gómez Regalado y su partido, México Posible, fueron derrotados. El resultado de las elecciones fue una sorpresa incluso para los analistas, que les auguraban mucho más que los 244.000 votos que consiguieron en todo el país. Según dijeron, el principal problema fue el crecimiento de la abstención electoral y las enormes sumas que gastaron en propaganda los tres partidos principales. Amaranta se deprimió un poco, trató de disimularlo y ahora dice que va a seguir adelante pese a todo.
Publicado por PERIODISMO Narativo de Latinoamerica - Publicado: 22 septiembre 2008 en Martín Caparrós



Hay violencia en las construcciones de género, aseguran especialistas de Cuba

Alumnos y profesores de Psicología discutieron sobre algunas formas de maltrato contenidas en las concepciones de lo femenino y lo masculino.
El rechazo, la discriminación y la vulneración de derechos son también formas de violencia, según especialistas.
Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Los roles relacionados con lo femenino y lo masculino suelen implicar ciertas manifestaciones de violencia y discriminación bastante aceptadas o vistas como “algo normal”, trascendió en un encuentro con estudiantes de la Facultad de Psicología de laUniversidad de La Habana.

Yasmani Díaz, psicólogo y especialista del no gubernamental Centro Oscar Arnulfo Romero, estuvo a cargo del taller realizado la víspera con alumnos de primer año, como parte de la Jornada Nacional por la No Violencia hacia las Mujeres y las Niñas, que se desarrolla cada año en noviembre y diciembre.
Dentro del currículo de Psicología existen muy pocos temas referidos a la violencia y luego, cuando comenzamos a ejercer, faltan herramientas para enfrentar esos casos, alertó Díaz, que se especializó en sexualidad.
Incluso, en la propia enseñanza todavía se continúan reproduciendo muchos patrones binarios hombre-mujer, sin abarcar la cantidad de gradaciones que implica el género, añadió,
Para el experto, la violencia no puede verse de manera abstracta. “A veces, creemos que es un hecho alejado, que no nos va a tocar. Pero hay también pequeñas manifestaciones de violencia que pasan desapercibidas y están muy arraigadas en el entramado social”, abundó

Nuestros progenitores siguen reproduciendo los mismos patrones de los progenitores de sus progenitores, por ejemplo, en cuanto a lo referido a todo lo que “se espera” de una mujer, que se reduce a formar una familia y tener hijos, puso como ejemplo.
Por su parte, los estudiantes cuestionaron el papel de los medios de comunicación en la conformación y validación de esos estereotipos.
A juicio del especialista, los medios reproducen estereotipos desde la “heteronormatividad” y con base en un patrón patriarcal, que le exige a la mujer esos roles: parir, criar a los hijos, cuidar la casa…
Hay construcciones y estereotipos sociales que asocian el ser mujer con debilidad y falta de capacidad o fuerza para hacer determinadas cosas, es decir, ubican lo femenino en una posición de inferioridad con respecto a lo masculino, ahondó.
Cuando un grupo señala como fuera de lo normal ciertos comportamientos comienza así un ciclo de violencia y discriminación, advirtió.

Asimismo, llamó la atención sobre las diferentes denominaciones despectivas para referirse a aquellas personas con identidades de género diversas y diferentes al patrón heterosexual.
“Se usan palabras con tono peyorativo: cherna, yegua, mariposa, pájaro, pato… y esa forma de categorizar pretende establecer también una posición de poder”.
Del mismo modo, Díaz insistió en la necesidad de mantener una mirada inclusiva y abarcadora cuando se abordan los asuntos de género.
“Ser mujer abarca todas las formas de ser mujer, pero todavía debemos visualizar más esos otros tipos de mujeres, por ejemplo, las trans”, instó.

En tanto, el profesor Jorge Enrique Torrealba enfatizó en el papel de los especialistas en estas ramas como agentes de cambio: “los psicólogos suelen verse como voces autorizadas y actor de transformaciones”.
La edición de 2016 de la jornada está dedicada a las mujeres lesbianas y transexuales, pues “a estas últimas a veces no se las ve como mujeres”, dijo el pastor Luis Carlos Marrero, profesor del Instituto Superior Ecuménico de Ciencias de la Religión Marrero, en otro de los talleres realizados por estas fechas. (2016)

Publicado por IPS Cuba – Redacción Género – 24/11/16 -