viernes, 12 de agosto de 2016

Pañuelos para ‘existir’ en India

Mujeres de Varanasi (India). ANTONIO PAMPLIEGA

Los pinceles se sumergen en un líquido azulado. Las manos, ajadas y castigadas por los años y por el duro trabajo de recoger basura, se mueven con extremo cuidado. Concentradas, tratan de que el color no salga de los bordes y arruine todo el trabajo. Dibujan y colorean sobre frágiles y delicados pañuelos de seda. Risas. Complicidad. Esta docena de mujeres han encontrado un diminuto refugio donde se sienten poderosas. Importantes. Empresarias. Emprendedoras. Y no es para menos. Han conseguido fundar un pequeño proyecto autosostenible donde venden sus propios pañuelos. 
Pero el camino no ha sido sencillo. “Al principio fue difícil porque no sabían ni coger el pincel. Tuvieron que aprender a hacer líneas, círculos… fueron seis meses de pruebas hasta que salió la primera partida para ser comercializada”, recuerda María Bodelón, fundadora de la ONG Semilla para el Cambio y alma mater de este pequeño proyecto bautizado como Marina Silk.
El sudor comienza a resbalar por sus rostros. El calor cae a plomo sobre las mujeres. Las ventanas permanecen cerradas para evitar que la pintura no seque uniformemente sobre la seda. Con tres horas diarias llegan a producir cerca de 200 pañuelos al mes que posteriormente acaban vendiendo en España y a través de los socios de esta organización. El objetivo de Marina Silk no es sólo que estas mujeres tengan un lugar de esparcimiento donde poder evadirse de la realidad la mayoría viven en slums (barrios chabolistas) sino también que puedan llevar un sueldo a casa y empoderarlas en una sociedad patriarcal en la que la mujer está supeditada a los designios del marido, sean cuales sean.
“Al tener cierto nivel de ingresos, estas mujeres tienen más capacidad de decisión en la familia. Marina Silk las ha hecho darse cuenta de que son más de lo que ellas pensaban. Ha subido su autoestima, han ganado confianza y se están haciendo fuertes”, relata una orgullosa María Bodelón, viendo los progresos de las artesanas. En ciudades como Varanasi las mujeres no dejan de ser las parias de la familia. Encargadas de cuidar a los críos. De mantener la casa limpia. De hacer la comida. De rebuscar entre los desperdicios para luego venderlos al reciclaje. Están sometidas a sus maridos. Los malos tratos. Las vejaciones. “Las mujeres sienten que el marido tiene derecho a pegarlas, por lo que jamás se quejan. Es algo que acaba pasando de generación en generación porque se vive en el ámbito doméstico y los hijos maman de lo que ven en el seno del hogar”, comenta Bodelón.

“Al tener cierto nivel de ingresos, estas mujeres tienen más capacidad de decisión en la familia”

En este sentido, la docena de mujeres que trabajan en Marina Silk son unas privilegiadas. La mayoría recogía basura o lavaba platos por salarios míseros. Ahora tienen unos ingresos constantes que las convierten en una pieza fundamental dentro de la familia. Las empodera. Las hace importantes. “Me he comprado un pequeño terrenito en mi aldea natal, cerca de Calcuta. Quiero salir del slum y que mi hijo pueda tener una vida diferente”, comenta Laltusi, una de las mujeres que trabajan en Marina Silk. Su marido tiene una parálisis que le impide trabajar, por lo que trabaja a sol y a sombra y además recibe un sueldo extra por encargarse de la cocina para sacar a su familia adelante.
Barro. Inmundicias. Ratas. Toneladas de plástico y papel amontonadas en inquietantes pilas. Niños sentados en el suelo clasificando en montoncitos lo que otros desechan, en función del material y de la calidad. Muchachos descalzos y a medio vestir corriendo entre la basura. Este slum de Varanasi es una bofetada de realidad. Una visita obligada para los miles de turistas que visitan cada añouna de las ciudades más místicas de la India, el lugar donde los hindúes son incinerados y esparcidos en el sagrado Ganges. En esta ciudad hay una realidad invisible que se vuelve nítida y cristalina…
Tajkera, una de las féminas de Marina Silk, trabajó durante años en la recolección de basura. Un trabajo duro. Desagradable. Deshonroso. Y con el que a duras penas se puede sobrevivir. “Por un kilo de papel nos pagaban ocho céntimos de euros; 13 por el de plástico y  33 por el de material sanitario (jeringuillas, vías usadas, etc…)”, comenta. En los mejores meses, su familia, de siete miembros, logra reunir cerca de 120€.  “Para ellas es importante tener un sueldo fijo, estabilidad, horario y vacaciones”, sentencia María Bodelón. “A mí me gustaría salir del slum e ir a un edificio de ladrillo, pero cuesta como mínimo 2.000 rupias (algo más de 27 euros) al mes ¿Quién se puede permitir eso?”,  comenta Baisun.
  • Esta mujer vive con su marido y sus siete hijos. Por el pequeño trozo de tierra en el que han montado su precario hogar pagan unas 300 rupias (algo más de cuatro euros). Aunque no pagan suministros. Tienen luz de forma ilegal y extraen agua de un pozo cercano. Así conviven unas 100 familias hacinadas entre la basura. Baisun es otra las de las trabajadoras de Marina Silk y que viven en este slum pero se puede considerar afortunada. Clases de alfabetización. Frunce el ceño. Está concenconcentrada. Mueve el lápiz dubitativamente. Las matemáticas le siguen costando un poco.

Aisha es india, sobrepasa la treintena y es madre de cuatro hijos. Desde hace varios meses acude a las clases de la ONG Semilla para el Cambio para aprender a leer y a escribir. Una mueca de satisfacción se dibuja en su rostro cuando la profesora le corrige el ejercicio y la felicita. A pesar de tratarse de un ejercicio básico de sumas y restas, para Aisha supone un gran éxito. “Antes no quería ir a un hospital porque no entendía los papeles o en la calle no sabía leer las indicaciones”, cuenta Bodelón. “Quiero aprender a leer y a escribir para que no me puedan engañar y para poder sentirme orgullosa de mi misma”, afirma la propia Aisha al tiempo que se ruboriza y sonríe.  

Esta mujer también vive en Varanasi, que con 300 slums reconocidos más del doble ilegales es una de las poblaciones menos desarrolladas de India. Aquí la tasa de analfabetismo entre las mujeres ronda el 80%, según un informe presentado por Naciones Unidas. Junto a Aisha, su compañera Pyari Bibi usa su dedo índice para leer cada sílaba. Tiene 39 años, está embarazada de su cuarto hijo y está aprendiendo a leer. De niña no fue a la escuela porque su familia no tenía dinero para pagar su educación y tuvo que empezar a trabajar en la recogida de basura, actividad a la que se sigue dedicando toda su familia. Su motivación supera a la vergüenza que algunas adultas sienten cuando tienen que aprender como si fueran niñas. “Vengo incluso cuando estoy enferma. Ahora comprendo lo que pone en los letreros, en la calle…”, comenta.  

“Por un kilo de papel nos pagaban ocho céntimos de euros; 13 por el de plástico y 33 por el de material sanitario”
El marido de Pyari no ha puesto ningún problema a que acuda a esta clase porque ella no ha abandonado en ningún momento las labores domésticas. Pyari Bibi es la mayor de un grupo de aprendizaje que hoy forman 25 mujeres, casi la mitad de las que empezaron hace dos años. “Al no tener aliciente económico muchas se desmotivan. Su forma de vivir es al día: ganan, gastan. No están acostumbradas a hacer cosas que requieran continuidad o que vayan a ser rentables a futuro. Es difícil para ellas ver el medio y el largo plazo.", apunta Bodelón. "Hay otras que no pueden venir porque tienen que seguir trabajando o porque tienen dificultades de aprendizaje y se sienten avergonzadas”.
Desde la creación de este proyecto de alfabetización para personas adultas, financiado por la Diputación Foral de Bizkaia, sólo un hombre acudió a clase, pero se marchó enseguida porque se reían de él. Sangeeta, de 27 años, no se ruboriza sino todo lo contrario. “Quiero aprender para poder ayudar a mi hija con sus deberes y que tenga un futuro”, sentencia mientras anota el resultado de las operaciones matemáticas que acaba de realizar. Ella sola, con los 40€ mensuales que gana lavando platos, se hace cargo de su hija. Vive con su madre y su hermana desde que se separó de su esposo. “Era un mal marido”, nos confiesa sin entrar en más detalles.

El divorcio no es habitual en India pese a que la violencia de género alcanza índices altísimos. “Hace unos día, la madre de uno de los niños que participan en nuestro proyecto educativo murió quemada con ácido a manos de su esposo. Le atribuía una infidelidad”, cuenta Virat Gautam, coordinador de educación en la ONG. Precisamente, para que esto no vuelva a ocurrir, Semilla para el Cambio hace hincapié en el empoderamiento de las mujeres indias. El futuro está en manos de personas como Aisha, Sangeeta o Laltussi. El futuro es de ellas.

Publicado por El País – Planeta Futuro – Varana (India) – Antonio Pampliega – 09/08/16 -

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