miércoles, 11 de mayo de 2016

Así es un día de una mamá comunitaria

Olinda García es madre comunitaria desde hace 30 años. Gustavo Torrijos

Las madres comunitarias hoy atienden a 750.000 pequeños de estratos bajos en el país. En su cotidianidad son cocineras, maestras y hasta psicólogas. Hablamos con una de sus líderes, Olinda García, quien nos abrió las puertas de su hogar para enseñarnos cómo transcurre su vida.

Si criar a un hijo es una tarea compleja, cuidar a más de 300 niños parece ser impensable. Lo extraño es que hay quienes lo han logrado. Olinda García es madre comunitaria desde hace 30 años y bajo su cuidado han estado centenares de pequeños de escasos recursos de Bogotá. Es un personaje bien particular, como su trabajo. Dicharachera, risueña, temperamental y, como ella misma se llama, “peleona”. Claro, no discute por cualquier motivo, sino por la defensa de los derechos de las madres comunitarias y los niños que llegan a su hogar.
Es una mujer de contrastes. Quiso ser monja cuando joven, pero se dio cuenta de que no tenía la vocación. Y hace tres años decidió desvestirse en la Plaza de Bolívar, en medio de un paro, para que el Gobierno por fin firmara el acuerdo de pagarles el salario mínimo a las madres comunitarias. Dice que fue una medida desesperada, pero la verdad es que por sus ideales podría llegar aún más lejos. Solo alcanzó a quitarse la blusa y asegura que “estaba a punto de empelotarse toda”. En medio de risas agrega que logró tener la atención que buscaba, pues tuvo a su alrededor “más medios mirándome que Shakira”.
Tiene el pelo corto, ojos rasgados y no mide más de un metro con cincuenta y cinco centímetros. Es dueña de una voz fuerte e imponente, que podría intimidar hasta al hombre más alto del planeta. Aunque al hablar de las madres comunitarias su voz se enternece y sus facciones cambian, como cuando se escucha una canción que evoca en la memoria un buen recuerdo.
“Las madres comunitarias somos personas que trabajamos con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf), pero de forma independiente. Somos mujeres que atendemos niños en casas de asociaciones. Prestamos un servicio a la comunidad, pues los papas pueden dejar a sus niños mientras se van a trabajar y los cuidamos muy bien, casi que como nuestros”, explica.
El hogar de Olinda, en el barrio La Estrella, en Ciudad Bolívar, es la casa del pueblo. Sus paredes naranjas y largos corredores repletos de juguetes hacen de este espacio un lugar acogedor. En menos de una hora de entrevista, a su puerta han llegado tres personas. Suena el tercer timbre.
“¿Quién es?- le pregunta a su ayudante.
“Una muchacha que dijo que la necesitaba”, responde.
“A bueno, que suba”- nos mira y agrega: “Aquí entra todo el mundo… ¿qué tal que sea un ladrón?”- y suelta sus ruidosas carcajadas.
A los invitados les da la bienvenida con un jugo de tomate de árbol y con una sonrisa que prefiere ocultar en las fotos.
La rutina de una madre comunitaria es agobiante. Los niños, entre 6 meses y 5 años, entran a las 8:00 a.m. y se van a las 4:00 p.m. Son alrededor de 15 pequeños que dependen de esta madre adoptiva cuyas tareas son admirables. Como todos son de estratos bajos, hay situaciones que resultan ser más peculiares que las de un jardín infantil: “A nosotras nos toca bañarlos, cambiarlos y alimentarlos. Muchos llegan sin desayunar y otros sucios, porque sus padres son muy descuidados. En vez de pañales traen pedazos de camisetas o pantalones viejos”.
Cuando a esta mujer de 57 años le preguntan cuántos hijos tiene, se queda pensando y pierde el cálculo en el intento. Aunque quisiera contarlos a todos, en realidad ha vivido con siete, cinco son adoptados. Los acogió porque eran huérfanos o porque sus padres los dejaron una tarde y jamás volvieron. Fue muy complicado, pero ya tiene experiencia con la crianza.
Las madres comunitarias son cocineras, psicólogas y profesoras a la vez. “Nos toca levantarnos a las 5:00 a.m. para preparar las comidas. Recibimos a los niños y los consentimos un rato. Luego nos ponemos a trabajar con la propuesta pedagógica, que depende de la edad de cada uno. Llegan los refrigerios, los almuerzos, la hora de la siesta y, por último, los cambiamos y los dejamos impecables para que sus papas los recojan. Hablamos con ellos y les pedimos estar más pendientes a pesar de los problemas que se pueda presentar en sus casas”.
Es oriunda de Girardot y no necesitó de un diploma para llegar a ser la presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadoras al Cuidado de la Infancia en Hogares de Bienestar. Empezó como jardinera en un jardín infantil y luego el Icbf le pidió ser parte del grupo de madres comunitarias. En 1991 la nombraron vocera de esas mujeres que, para entonces, no contaban ni siquiera con un salario fijo mensual.
Hoy siguen teniendo millones de problemas: no tienen insumos para los paquetes alimenticios y tampoco garantizados todos sus derechos individuales y laborales, como el contrato indefinido. Y su labor es vital. Son 58.000 mujeres que atienden a 750.000 niños en condiciones de vulnerabilidad en todo el territorio nacional.
Lo más difícil de este trabajo, cree, es lidiar con los padres y funcionarios del Icbf. “Los primeros no cuidan bien a sus hijos. Los segundos nos exigen mucho, pero no cumplen con sus responsabilidades. No tenemos materiales didácticos, eso da vergüenza. Con decirle que solo son $220 por niño mensualmente. ¿Qué compra uno con eso?”. Olinda, sin embargo, no se vara y busca en los colegios materiales reciclados.
Su lucha le ha traído múltiples inconvenientes. La han intentado robar, secuestrar y extorsionar. La han tildado de guerrillera y ha recibido varias amenazas de grupos armados. Pero prefiere no ahondar en el tema y concentrarse en sus buenas experiencias, como las fórmulas que ha tenido que inventar para criar a tantos bebés.
Su receta, dice, es la paciencia y la disciplina. Le encantan los niños y se conmueve cuando la saludan y le gritan a lo lejos “tía”, su apodo en el barrio. Aunque su memoria guarda caras y gestos que le son familiares y que le producen una alegría instantánea, no los recuerda a todos así quisiera. Le satisface saber que muchos trabajan, otros estudian y, principalmente, que la mayoría se encuentra en buenas condiciones.
Hace unos días firmaron un acuerdo con el Gobierno, después de 13 días de paro. Está contenta, pero consciente de que aún faltan muchas más batallas. Ahora no tiene tanto tiempo para atender a sus pequeños y se dedica a viajar para implementar los acuerdos con el Icbf. A pesar de que se ausenta con más frecuencia, deja claro que su casa, “la del corazoncito”, como la conocen en Ciudad Bolívar, siempre tiene las puertas abiertas para todo el mundo.
Publicado por elespectador.com – Laura Dulce Romero – 08/05/16 -



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