lunes, 30 de mayo de 2016

Acompañar al cuerpo. Experiencias en Acompañamientos en Salud Mental, Trabajo Sexual y Aborto

Entrevista a Clara Soria y Juan Manuel Burgos sobre Experiencias en Acompañamientos en Salud Mental, Trabajo Sexual y Aborto

La 3era. edición de las jornadas “Sexualidades Doctas” de 2016, realizadas en la Ciudad de Córdoba y organizadas por el grupo de investigación “Haciendo Cuerpos: gestión de vidas” de la Universidad Nacional de Córdoba, contó en esta edición con talleres, conferencias y conversatorios. Entre ellos, el titulado “¿Por qué no salud? Experiencias de acompañamiento en salud mental, abortos y trabajo sexual”, desarrollado por Clara Soria y Juan Burgos, quien me propuso que le hiciera llegar una serie de preguntas, las cuales apuntaron al hacer y el trabajo del acompañamiento, las diferencias y semejanzas entre acompañar la salud mental o la locura, los abortos, lo sexual, las disputas y resistencias a los saberes y valores hegemónicos sobre los cuerpos y las subjetividades, los desafíos por continuar. Dichas jornadas, se proponen lograr un acercamiento entre diferentes recorridos -académicos, activistas, laborales- en relación a los cuerpos, las sexualidades y las subjetividades que pugnan y tensionan el reconocimiento legal, social y político.

Acompañar y devenir: aprender a escuchar para no reterritorializar al carcelero
¿Qué significa acompañar? ¿En qué consiste el acompañamiento?

Clara: Un acompañamiento, sea a alguien que tiene un diagnóstico psiquiátrico o de discapacidad, o bien que vaya a abortar, o que solicite un servicio sexual, requiere de un compromiso ético, es decir, ese hacer acompañando orientado a la construcción de una vida más vivible para quien acompañamos. En este sentido, es una micropolítica en tanto ese hacer es en la cotidianeidad, en los pequeños y grandiosos detalles del día a día, parafraseando a Marie Depusse en el título de su libro Dios habita en los detalles -que relata sobre sus días en la clínica de La Borde de Francia-. El acompañamiento no es una práctica o un saber exclusivamente disciplinario o científico. Sabemos que hay ofertas de formación en acompañamiento por todos lados, pero también que ese compromiso del que hablo no se aprende en una universidad o un instituto de formación. Digo esto pensando en que los planes de formación en acompañamiento están orientados hacia la salud mental o la discapacidad, ¿qué queda para quienes necesitan acompañamiento en abortos o en lo sexual? Hay evidentemente un sesgo en lo que es acompañar desde el saber formal. Quiero traer al relato una situación que me permitió repensar en este compromiso ético. Con unas amigas estamos empezando un proyecto de acompañamiento grupal en una cooperativa de artistas. Los primeros días, se acercó un profe de música -sabiendo que hacíamos acompañamientos- contándonos que tenía unx alumnx niñx con ciertas particularidades: planteaba ciertas resistencias a la modalidad clásica de aprendizaje, no quería aprender lo que se disponía, salía del espacio, resultando de la hora de clase pocos o casi nada de contenidos musicales. Lo que le sorprende al profe es que haya empezado el año con una llamada de la mamá de estx niñx diciendo que sólo quería ir a música con él. Hablando un poco más, el profe relata que anteriormente estx niñx había ido a espacios donde se enseña música y en los cuales no pudo continuar. Con mis compañeras nos dimos cuenta y le dijimos que algo del acompañamiento se había desplegado entre él y estx niñx, y que nosotras no teníamos nada que hacer ahí. Aquí entró la dimensión del darse cuenta que se acompaña muchas veces sin saberlo, y esto es así por haberse producido esa continuidad que le niñx no encontró en otros espacios. El profe además estaba preocupado por lo que lxs padres puedan reclamar respecto a lo que aprende o no su hijx, pero por el momento no había ningún planteo parecido. En este punto nos introducimos a las demandas y cómo trabajar con ellas.

Entonces, en ese hacer orientado a una construcción, es necesario de-construir y re-construir las demandas. ¿Desde qué lugares provienen las demandas de acompañamiento? En salud mental generalmente se pide acompañar a alguien -niñx, joven, adultx- en una sociabilidad, ya sea en una institución -hospital, escuela, trabajo, familia-, en un hacer no institucionalizado -talleres artísticos, por ejemplo-, o en la calle. Cuando la demanda proviene de un equipo de profesionales de la salud o de la educación, es necesario preguntarse por la jerarquía de valores y su hegemonía desde la que se está proyectando cierta integración social de otrx. En este sentido, la pregunta es ¿cuánto se nos pide que controlemos y nos ajustemos a esa jerarquía de valores que muchas veces no sólo no tiene nada que ver con lo más vivible para quien acompañamos, sino que es parte de las condiciones que producen malestar y sufrimiento? Pienso en el momento en que estalla y se multiplica el diagnóstico de la depresión, entre 1979 y 1996, donde ésta no sería tanto una enfermedad individual sino el reverso del rendimiento, una respuesta a cierta exigencia de realizarse y ser responsable de sí mismo, superándose cada vez más -Laval y Dardot, La nueva razón del mundo-. Como acompañantes advertirnos sobre alguna función policial que se nos demande o que re-produzcamos. La escucha, lo que escuchamos y cómo lo escuchamos, es otra dimensión importante en un acompañamiento, directamente relacionada con las anteriores nombradas. “¿Cómo politizar la escucha?” Nos preguntaba una oyente que participó en las Jornadas Sexualidades Doctas 2016 de Córdoba. Y con esta pregunta se introduce la desnaturalización de la escucha. Nuestra escucha está compuesta de filtros que se hicieron/hicimos a lo largo de experiencias y lecturas, con las que alguna vez acordamos, luego rompimos, y con otras que nos deshacen todo lo que venimos siendo. Están ahí, produciendo escucha, valorando lo que oímos. Politizar lo que escuchamos sería algo así como suspender los efectos de todo aquello a lo que nos remiten los gritos del loco o la loca, de lxs disca, porque puede que nos engañe sobre la verdad del grito. Suspender la patologización, la infantilización, la victimización, la desexualización, la eugenesia, etc.

Juan Manuel: Esta pregunta es muy interesante porque generalmente viene acompañada de otra que no tarda en llegar ¿qué experticia se requiere para acompañar? Coincido con Clara en que a acompañar se aprende acompañando, el acompañamiento se produce en el encuentro de nuestra trayectoria vital con la de las otras, es un entrecruzamiento de nuestras vulnerabilidades y nuestras potencias. En cierta ocasión después de varios meses de acompañar sexualmente a un tipo ciego a través de masajes eróticos y tántricos llegó la pregunta “¿Si yo no fuese ciego vos no me cobrarías por esto, no? Seguro saldrías conmigo de onda” y mi respuesta fue muy concreta: “¿Si vos no fueses ciego saldrías con un trabajador sexual, te bancarías de onda mi laburo, nos hubiésemos conocido?” Es muy importante tener en claro que los acompañamientos son instancias en las que se evidencia la interdependencia, las relaciones jerárquicas y las negociaciones del poder. Por eso el feminismo prosexo y queer han sido tan vitales en mi trayectoria para poder pensar los acompañamientos, sin esas herramientas cómo me iba a dar cuenta que si él (un gay blanco, jóven, profesional, exitoso, con cuerpo de gimnasio, con dinero, de una familia con linaje -porque el linaje todavía existe en Córdoba-) no fuese ciego, probablemente nunca me hubiese conocido y si me viese tampoco me daría bola. Ese downgrade que él hizo en la pirámide de las jerarquías sexuales por ser disca, lo acercó a mí que soy negra, gorda, puta y allí una decisión: podíamos autocompadecernos por el diagnóstico o celebrar la oportunidad del encuentro y del incremento de nuestras potencias que  se nos presentaba. Optamos por la segunda.

Para llevar esto adelante la empatía resulta fundamental. Y empatía no es un absurdo “comportamiento mimético” como le escuché expresar a un conocido psicoanalista que  decía que una no puede ser empática porque entonces ante el perverso una sería perversa y ante la histeria una asumiría una posición histérica… y así. Más allá de que habrá que ver si la histeria existe y a quiénes les conviene que exista, cuando hablo de empatía me refiero a que ante quien solicita nuestro acompañamiento (la paciente, el cliente, palabras que no me convencen aunque a veces las uso) yo debo suspender mi juicio (que no es anularlo o negarlo, suspenderlo implica hacerse cargo del mismo) y desde allí tratar de reconocer también al otro y la singularidad de lo que está trayendo al encuentro. Incluso cuando por razones éticas o políticas yo no compartiría casi nada con esas personas por fuera de ese encuentro. Para que nos entendamos: hay mujeres que quieren abortar para poder entrar al servicio militar, porque no quieren un hijo del albañil, porque temen que su engendro sea down. De igual manera hay tipos heteros que quieren un servicio sexual regular y discreto para sostener sus falsos pactos monogámicos y su status económico intacto.
Acompañar es, en términos lispectorianos, “lo que hace que le de agua a otro hombre, no porque me sobre el agua sino porque yo también sé lo que es la sed. Y yo que no me perdí sé lo que es la perdición” Si todas somos/podemos ser Romina Tejerina es porque todas somos/podemos ser, también, su violador. O no, o somos mucho más privilegiadas que Romina y su violador y porque no somos ni una ni el otro (pero podríamos serlo) es que podemos acompañar. Es difícil saberlo. Pero una elige (o debería hacerlo, de otro modo sería servidumbre) si quiere acompañar y para ello tiene que saber hasta dónde acompaña, ir viendo, como decía Clara, a quién se acompaña y reconocer cuando no se puede acompañar o cuando aquellxs a quienes se acompaña no quieren ser más acompañadxs. Esto es fundamental en relación al compromiso ético ya señalado, porque no sólo Dios, sino también el Diablo, habita en los detalles.

Detener la máquina de interpretar para terminar con el juicio de Dios
Vuelvo sobre lo de aprender a escuchar, y añado además de lo ya dicho sobre los filtros que se hace urgente una escucha sensible y no interpretativa. Por la otra, por una misma y para no perder aceite. Es urgente asumir una escucha que registre que no siempre las demandas, las necesidades, los intereses (propios y de lxs acompañadxs) coinciden entre sí y con los deseos: hay desfasajes entre lo que quiero, lo que solicito, lo que deseo, lo que brindo, lo que puedo hacer y sus temporalidades. Sobre esto hay un sin fin de ejemplos como cuando alguien solicita la interrupción de un embarazo que le gustaría continuar de ser otro su contexto, o complacemos las fantasías sexuales que verdaderamente la clienta quisiera llevar a cabo con su pareja. Ni hablar del deseo de garantizar todos los abortos del mundo o además de satisfacer la demanda el aborto de una mujer queremos conseguirle trabajo, cocinarle lo que hace años no come y lesbianizarla para que deje al marido. Caute, caute con la fantasía de volverse un hada madrina. Hace un tiempo se dió la situación de una paciente que en su consulta con el médico dijo que sólo había tenido una gestación previa, en la instancia de acompañamiento preaborto contó que además de su hija había tenido una experiencia muy dolorosa de un aborto forzado en su adolescencia, y para el control postaborto dijo que esta experiencia fue transformadora respecto de sus tres interrupciones anteriores. ¿Nos mintió esa paciente en sus consultas? No, la escucha no es el mero registro de lo que le otrx nos diga y su coherencia interna sino las condiciones de posibilidad de decirse que se habilitan para esx otrx. En cada una de esas consultas hubo una relación particular con la escucha, no con la escucha de quienes acompañamos sino con lo que a esa mujer le resultaba relevante escuchar de sí misma.

Criminal o patológico: esa es la cuestión
¿Cómo opera el diagnóstico?¿Cuál es su utilidad?

Clara: Para pensar cómo opera el diagnóstico en nuestras prácticas de acompañamientos, es importante entender al diagnóstico como parte de una tecnología de saber-poder de las disciplinas de la salud, que clasifica y ordena de manera específica las particularidades que trae una persona, sobre todo si no se ajustan a una norma o parámetro de “normalidad”. Un diagnóstico tiene varias vías: patologiza; clasifica una condición (un embarazo, por ejemplo); es la vía de acceso a nuestro sistema de salud y sus prestaciones. Cuando se solicita que un acompañamiento sea cubierto por obras sociales, es más factible esa cobertura si hay diagnóstico. Las personas que solicitan acompañamiento en salud mental, o que son derivadas por el equipo médico o educativo tratante, siempre llegan con algún diagnóstico o con alguna “enfermedad” o “padecimiento” presuntivo. Sin embargo, esa clasificación respecto a una norma, ese control normativo se ejerce sobre cuerpos y subjetividades tanto “anormales” como “normales”, sobre locuras no funcionales y locuras funcionales o productivas en un sistema capitalista y patriarcal. Si el diagnóstico es o fue la fundamentación científica de encierro en manicomios, también funciona como advertencia a quienes están “afuera”. Entonces, no hay afuera de la locura, no se está exento de ella. En esta operatoria del diagnóstico, quiero traer la relación-tensión entre previsibilidad-imprevisibilidad. Una amiga me preguntó sobre la relación entre estos términos y la locura, y acto seguido me confiesa que sospecha de un prejuicio: que lo imprevisible está del lado de la locura y que eso le despierta una idea de peligro, en tanto no se sabe qué. Efectivamente. La locura es lo imprevisible y lo imprevisible es peligroso. Detengámonos un rato aquí. ¿El peligro para quién o para qué? El peligro mayor -pensando en esa pregunta foucaultiana sobre la ética, ¿cuál es el riesgo o peligro mayor día a día?- no es que unx locx rompa un vidrio de un puñetazo, sino que rompa una norma. 

Efectivamente su mano corre el peligro de lastimarse y cuando acompañamos intentamos que ese cuerpo no se lastime más de lo que ya está, es decir, sus posibilidades o potencialidades en ser también han sido o son lastimadas por una norma, y aquí es necesario preguntarse qué herida está antes que la otra, o si se producen al mismo tiempo, y cómo hacemos para no descuidar una en perjuicio de la otra. Probablemente, una como acompañante salga también lastimada, y esta lastimadura tiene que ver con herir lo previsible. Vamos a lo previsible. El diagnóstico es lo previsible, en tanto describe la sintomatología o fenomenología respecto a alguien. Tranquiliza al medicx, al educadorx, al acompañante. Pero no nos dice nada en relación a quien acompañamos. Desde la práctica del acompañamiento no se diagnostica, se acompaña el surgimiento de la imprevisibilidad, del acontecimiento, de lo que fractura lo normado, lo normal, para poder así escuchar lo que hace a lo más vivible para cada unx.

Juan Manuel: Sigo esta punta que deja abierta Clara sobre lo previsible para decir que la patologización y la criminalización están a un paso: Loca la que rompe la norma y los contratos sexuales, corporales, sociales. Las putas, las que abortan son también “las locas” como aquellas que nos contagiamos y afectamos en esos procesos. “Si yo no hubiese enloquecido sería ochocientos policías con ochocientas ametralladoras y esa sería mi honorabilidad” decía también Lispector denunciando la desmesura propuesta por y para garantizar el orden. En los orígenes eugenésicos que sueñan la extinción de lxs locxs el código penal permite la interrupción del embarazo a las dementes o idiotas con lo que uno de los causales para que un aborto sea legal en la argentina implica que la salud psíquica de la abortante se vea comprometida. Es decir que un diagnóstico psi puede ser utilizado estratégicamente para abortar legalmente pero ¿con qué implicancias éticas, sosteniendo qué paradigmas de higiene social? El diagnóstico de embarazo siempre está presente en quien aborta aunque también hay quienes lo rechazan, he acompañado a un varón trans que tenía tanta disforia (así lo describía) por sus órganos y funciones femeninas (así las llamaba) que no podía pensarse dentro del diagnóstico de embarazo o de la práctica de aborto, porque significaba para sí una muerte identitaria. 

Tuvimos que hallar otras palabras para interrumpir. Culturalmente el diagnóstico de embarazo es feminizante y está ligado en nuestra sociedad a algo alegre, celebrable, felicitable. Por eso además de entender el embarazo como una condición hay que empezar a entenderlo como una condición que puede no ser deseada y rechazada. En relación a otros acompañamientos hay una particularidad en las temporalidades, acompañar un aborto puede tomar como mucho un mes, dos meses entre que la persona lo decide, lo ejecuta, hace un control, y considerando que requiera nueva consulta por un método anticonceptivo, o una reevacuación de restos o una infección, pero más de ese tiempo el acompañamiento no dura en general. En el acompañamiento sexual en cambio hay procesos que me vienen durando algunos años y otros son super esporádicos. Quienes solicitan acompañamiento sexual casi nunca pasan por un diagnóstico y cuando lo hacen como en los casos de acompañamientos en diversidad funcional, rara vez contratan a un trabajador sexual ya que a quienes se les contratan putas es a los varones disca, desconozco casos en que se contraten taxis para las feminidades. Las jerarquías sociosexuales nunca dejan de operar y ya se sabe que el sistema heterosexual dice que a un disca o a un loco no lo vas a poner a coger con otro pito, digo, con otro tipo. Pensando en mis clientxs que no están institucionalizadxs o medicalizadxs directamente, creo que ellxs igual siempre se las ingenian para rehabitar el diagnóstico médico. Como mi modalidad de acompañamiento consiste en masajes sexuales -eróticos y tántricos- al menos en las primeras sesiones, les encanta preguntar cada cuánto les recomiendo venir, si su erección es normal, si su eyaculación es poca, mucha, a tiempo, a destiempo, precoz, si su período refractario es el adecuado, por qué no se dilatan sus esfínteres, por qué no se contraen, qué riesgos supone el sexo oral sin condón, cuáles no, etc. etc. entre otras miles de cosas ya nomencladas por el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Muchas mujeres incluso las más empoderadas suelen rehabitar diagnósticos sobre su peso, su figura, sus “desórdenes” alimentarios. Si una es empática y pone en práctica la escucha lo que se escucha es la angustia: la herida. Lxs clientxs del trabajo sexual, como lxs que abortan, llegan con tres heridas -como dice la canción de Joan Baez- la del amor, la de la muerte, la de la vida. Y en esta angustia/herida que lo trae, viene porque algo se le repite y eso que se le repite o insiste le molesta. Y viene para no repetir más, y viene a repetir, porque no repetir, también le angustia.

Las disputas contra la hegemonía. El conflicto como movimiento y multiplicidad
¿Cómo le disputan el saber médico a les medicxs?¿Cómo cuestionan jerarquías y dispositivos de poder a lxs médicxs? ¿Cuáles son sus estrategias para intentar evitar las cristalizaciones?

Juan Manuel: En primer lugar es importante hacer una distinción entre disputar el saber médico y disputar la autoridad del médico, aunque una cosa se sostenga en la otra y se retroalimenten, vale la pena separarlas. El saber médico no circula sólo entre médicos, se reterritorializa en todas nosotras, nos hayamos o no (de)formado en esa profesión. En este punto muchas de quienes solicitan un aborto han internalizado e incorporado estos saberes, al igual que lo hemos hecho quienes las acompañamos. Ni hablar de aquellos casos -insufribles- en los que quienes abortan son, a su vez, médicxs y se resisten a un acompañamiento porque quieren una consulta de cinco minutos, una buena cifra y ningún saber que no venga de sus manuales. La primera estrategia, entonces, es asumir que no ser médicx no te deja exenta de contribuir a reafirmar ese paradigma hegemónico. El equipo de salud en el que trabajo está integrado por una población muy diversa de activistas, feministas (de todas las olas y de la arena también), militantes de partidos, militantes de organizaciones de base, médicxs, psi, entre otras y contra el saber-poder de la medicina tenemos que dar batalla todas. Una estrategia que nos hemos dado como equipo es la de la confianza y la de la autovigilancia (no la del policía que llevamos dentro, sino la de revisar las prácticas, reconocer las dificultades, señalarnos los desaciertos) y no desautorizarnos. Insistir en que cualquiera de nosotras está apta para acompañar, y no ceder en ese punto frente a quienes, por ejemplo consideran qué sólo es una práctica médica. 

La instancia de orientación o acompañamiento es una parte importantísima de nuestro modelo, tan necesaria como una ecografía o un test. Y aunque por una cuestión de practicidad hemos asumido una división del trabajo entre médicxs y orientadorxs- permanentemente nos cuestionarnos los límites y los alcances de cada rol, nos proveemos de formaciones conjuntas para que cada una esté preparada para asumir cualquier tarea y esto implica reconocer que a hacer abortos no se aprende en las universidades. Hay que resistirse a ser ubicadas en ese lugar de saber-poder hegemónico. Ante la pregunta “¿vos sos médico? ¿sos psicólogo?” Para  mis adentros respondo: “No, si lo fuera probablemente ya te habría maltratado, denunciado, realizado una mala praxis y cobrado una fortuna” pero tomo aire, y en cambio especifico que “soy acompañante, estoy acá para escucharte, no para analizarte ni para asustarte o decirte lo que tenés que hacer. Voy a compartir algunas herramientas y a tratar de despejar algunas dudas, no voy a negarte ningún conocimiento, no voy a quemarte la cabeza tampoco. Elijas o no atenderte en nuestro modelo vas a conocer cuáles son las formas más seguras de abortar, cuáles son las redes que acompañan abortos más allá de este espacio y cuáles son los límites (técnicos, materiales, de infraestructura, éticos) que tenemos aquí, sin por ello soltarte la mano”. No nos hacemos los boludos con esto, hay redes como la de las socorristas que son verdaderas profesionales del aborto, quienes sostienen y garantizan el aborto seguro a lo largo y ancho del país, entregadas a una singularidad plural, sin nombres propios, que verdaderamente transforman el modo en que las mujeres interrumpen sus embarazos, que producen conocimientos muy concretos. Tienen mayor experiencia en interrupciones en el segundo trimestre con misoprostol que la propia OMS. No es casual que al tiempo que el ministerio de salud publicó el protocolo de atención para aquellos casos de interrupción legal del embarazo, haya aparecido complementando pero también en contrapartida el tan necesario Código Rosa, libro de relatos sobre abortos que se corre del problema moral y del causal salud o violación del derecho para centrarse en las estrategias éticas que nos damos para abortar. Hay disputas y tensiones de discursos, formas más o menos creativas de hacer sujetxs, de atarnos, y la de las ciencias médicas es sólo una de ellas. Literatura berreta, te diré.

Clara: Es fundamental preguntarnos de qué lado está el saber o la verdad, si la ubicamos del lado de la medicina o del lado de quien acompañamos y lo que se produce entre lxs acompañantes y lxs acompañadxs. Esto implica deshacer una posición de saber totalizante. Y como bien dice mi compañera Burgos, el saber médico nos atraviesa a todxs, no únicamente a quienes son médicxs. Entonces la disputa es hacia nosotras mismas también. Una vez, como muchas veces, la demanda de internación vino de la persona que acompañaba, ella “quería” internación. Ante la pregunta de por qué solicitaba una internación surgieron dos respuestas, “porque ahí puedo ser la loca” y “porque me siento sola”. A la primera respuesta la devolución de escucha fue afirmativa: aquí -fuera de una internación- también podés ser la loca. A la segunda, una pregunta: ¿en una clínica psiquiátrica crees que podés sentirte menos sola? Luego de llanto, angustia, y algún despliegue sobre la locura y la soledad, hace tres preguntas: “¿cómo se sabe qué hacer en la vida? ¿quién enseña? ¿qué es lo correcto?” No pude dar respuestas acabadas a ninguna de ellas, sólo orientaciones que devuelvan las preguntas a quien las hace para responderlas a veces sola, a veces con otrxs o con una comunidad a construir, remitiendo a las potencialidades singulares y particulares -lo que puede y lo que no-.

Otra estrategia está relacionada a las reuniones de equipo o interdisciplinarias. Cuando nos reunimos entre acompañantes, con médicxs y otros profesionales de la salud, con educadores, ese es el momento para poner sobre la mesa los filtros que cada escucha porta, tensionarlos, discutirlos. No es el momento para exponer cuánto sé sobre quien acompaño -aunque ese riesgo está presente-, sino para hacer circular su relato y la novedad que necesariamente transporta para mis esquemas de pensamiento y de práctica. Acá se retoma la politización de la escucha. Algo que discutimos a menudo con un grupo de acompañantes es sobre nuestra función respecto a la toma de medicación, si tenemos que cuidar que se tome o no, cuánta importancia -por no decir miedo- le damos a las fallas en la toma. ¿Se desestabilizará por no tomarla? ¿Entrará en crisis? ¿O más bien nos preguntamos por los efectos subjetivos de tomar medicación psiquiátrica sin fecha límite? Por ejemplo, una persona que acompañamos tiene episodios de angustia y miedo si le falta la medicación. ¿Qué expectativas estamos depositando en un psicofármaco?

Que suerte, reina, que suerte que seas tan buena
¿Qué estrategias utilizan para no reterritorializar la subjetividad “caritas”, es decir, esa horrible cuestión de privilegio que ayuda a las desvalidas?

Clara: La estrategia se inventa cada vez. Sería seguir disputando la posición de saber totalizante, no totalizar nada. Se me ocurre que una línea para no caer en la lástima, en la caridad, es no re-victimizar. Ser criticxs de una perspectiva médica psiquiatrizante y patologizante nos puede tentar -y tienta- a re-habitar la protección o el rescate de quienes han sido psiquiatrizadxs. Creo necesario acompañar posibles potencialidades por venir que resistan o que se las vean con ese sistema que produjo victimizaciones, sin valorar cuál sería el modo canónico para esa tarea. Otro punto son los honorarios. Cobrar por el trabajo de acompañar, ya que una también tiene que vérselas con ese sistema que victimiza y precariza. Con esto no quiero decir que los acompañamientos que no se cobran caen en el asistencialismo o la solidaridad caritativa. Siempre está la posibilidad de convenir o negociar las posibilidades de cada unx para pagar -o no- un acompañamiento. El punto es que no sea el sentimiento de “pobrecitx el/la otrx” lo que motoriza el acompañamiento.

Juan Manuel: Estamos lidiando todo el tiempo con la vulnerabilidad de quienes solicitan nuestro acompañamiento y es muy tentador el lugar de la señora que dona parte de su tiempo o de su esfuerzo para dar una mano, para al mismo tiempo reafirmar sus privilegios, generar dependencia y asegurarse que el mundo y sus injusticias no se muevan un ápice. Hay que estar atentas para no caer en esa. No digo que estemos cambiando el mundo por acompañar, pero sí creo que los acompañamientos a nivel de la subjetividad nos permiten  resistir a la miseria humana, y urge hacerlo. Socialmente o se menosprecian las tareas del cuidado, el afecto, la contención, la escucha como algo dado y femenino o se las sacraliza para que sólo sean gratuitas y precarizadas para el beneficio de unos pocos (tal como ocurre con las relaciones sexuales, con el vínculo madre-hijo, etc), hay que ponerse muy firme para defender el acompañamiento como práctica política y como trabajo. Hay que resistir en el acompañamiento, en cada uno de esos encuentros. Lo primero que se me ocurre que tenemos que hacer con los privilegios es reconocerlos y ver cómo hacemos para no quedar capturadas por ellos. De qué modo puedo redistribuir este privilegio que tengo, no tanto porque soy re-buena y quiero hacerle bien a los demás sino, para no quedar yo atrapada por ese privilegio, creyendo falsamente que me salvo y peor, que salvo a otrxs. Si tenés eso claro, es porque sabés que no sos indispensable, que la gente va a seguir abortando o cogiendo por dinero y viviendo y muriendo sin vos. Nos necesitamos y a la vez nadie me necesita a mí verdaderamente. Con eso resuelto, sabiendo que los vínculos son contingentes y que cada contingencia es eterna, hay que preguntarse a una misma qué alegrías puedo aportar yo a esa experiencia de aborto o de acompañamiento sexual pago (o el acompañamiento que sea), ese es para mí el desafío: qué tristezas puedo apartar ahí. Porque si hay empatía y hay escucha, como dije más arriba -y es importante insistir con esto- lo que sigue es la angustia y ahí una tiene que saber qué hacer con eso, para mitigarla, para encausarla, para que no nos atrape. Como marica creo que para sobrevivir ese ejercicio ha sido constante, las travas, las tortas, las negras, las pobres, las disidentes que aún estamos vivas y las que se fueron sonriendo, sabemos de la alegría.

Coincido con Clara en que también hay que cobrar por nuestro trabajo, saber que se paga, más allá del precio que le pongas o lo que acordemos, eso nos hace tomar cierta distancia de una subjetividad caritas. Hay que tener cuidado de no autoexplotarse, de no precarizarse. Fugarse lo más posible de la dimensión gozosa del abuso: si acordé que el acompañamiento sexual iba a ser de una hora, ¿por qué quedarme dos? debemos valorarnos y valorar los acompañamientos que hacemos porque la culpa judeocristiana y vaya a saber de qué otras vertientes nos llega, la culpa, hace también al espíritu caritativo: me siento culpable, me siento en falta (porque yo no estoy abortando o porque yo no tengo que pagar por compañía sexual, por ejemplo) entonces me precarizo. Las putas siempre corremos el riesgo de precarizarnos o porque me siento privilegiada o porque me siento en falta, pero hasta a la más autónoma se le cruza por la cabeza mantener a un chongo, consentir a un hijo, llevar exagerados regalos a las navidades familiares. Como dice Moria Casán: fuerah con esa corona!

Todo el poder a Lady Di: cooperativas de trabajos
En el dispositivo en el que laburo acompañando abortos cobramos todas lo mismo, como una cooperativa, esa es una gran estrategia para corrernos de las jerarquías que precarizan y de la caridad: saber que tu hora de trabajo no vale más que la de la que limpia ni vale menos que la de la médica. Uno de los doctores con los que trabajé una vez me dijo que en cualquier acompañamiento que una ofrece es importante que haya un ida y vuelta, se traduzca o no en dinero, pero es necesario para no ser paternalista o asistencialista. Así como una mujer que aborta en general te cuenta cuáles son sus problemas, sus angustias, sus proyectos de vida, su contexto económico y social, así de necesario es asumir que es un intercambio, que también necesito que escuche lo que tengo para compartir, que conozca el modelo desde el cuál estoy trabajando, la perspectiva de derechos, el feminismo, el lugar desde el cuál entendemos el acompañamiento. Parte de mi trabajo consiste en hablar de derechos sexuales y reproductivos, y obviamente a muchas mujeres les cuesta pensar sus derechos y sus cuerpos en relación a los derechos y cuerpos de las travestis, de las trabajadoras sexuales, de las lesbianas, pero es el piso que ponemos.
Siempre acompaño del modo más empático posible y respetando los silencios, los tiempos, las ideas con las que no estoy de acuerdo, pero es difícil cuando una mujer no quiere hablar de nada ni saber nada, sólo que le pongas un precio (o que no le cobres nada), la duermas, despertarse y ya no estar embarazada. En esos casos, que no son muchos, se explica que no trabajamos así. Podemos darle toda la info que necesite para hacerlo de un modo seguro por su cuenta, con socorristas, pero ni siquiera eso quieren escuchar. Creo que muchas mujeres sienten que deben ser maltratadas para abortar, no se bancan una charla cómoda, sienten que no lo merecen, ellas también han incorporado un modelo cáritas. Ni hablar del cliente que te regatea el polvo o pide cada vez más y más y confunde los límites del acompañamiento con no ser deseado o querido. O aquellos que, por el contrario, no quieren consensuar nada y sólo pagar para meterla y sacarla o que te los cojas sin más. Ahí digo que no, puedo hacerlo, tengo herramientas y privilegios que me lo permiten. No me horrorizo ni me escandalizo, es una oferta que rechazo. Hay otros taxis, hay otros lugares, hay mejores cuerpos y mejores precios que el mío. Que yo te acompañe implica que tengamos ciertos acuerdos, que no se rompen pero se pueden revisar. Y han sido pocos los que se han ido, la verdad es que la gente baja un cambio y escucha qué tenés para ofrecer. Y la mayoría regresa y dice sentirse muy cómoda con el acompañamiento.

El activismo como tecnología de la singularidad
¿Cómo se modificó su subjetividad al realizar la labor que realizan?

Juan Manuel: Realizar las labores que realizo implicó una fuerte subjetivación, nunca fue simplemente un trabajo más como cualquier otro, porque dada la precarización que en general tiene el acompañamiento y la persecución, estigmatización y hostigamiento en particular para quienes ejercemos alguna forma de insurrección a través del trabajo sexual o del aborto, no había posibilidades de ejercerlo sin politizarlos (o tal vez sí, pero no para mí). Es cierto que mi realidad no es la de una trabajadora sexual que se para en una esquina o la de un enfermero que realiza abortos clandestinos, no. Tanto desde la masoterapia como desde un modelo basado en las interrupciones legales del embarazo tengo ciertos reparos.  Aun así participo de un entramado por realizar estas tareas que implica un posicionamiento político y un compromiso para con aquellas que realizando las mismas labores se encuentran en los límites de la explotación. Viajar el año pasado a un país en el que abortar es legal y poder hablar de tu laburo con cualquier extraño sin que la gente se asombre también te ubica de otra manera en el mapa de las cartografías sexuales. Entendés que la gente puede estar de acuerdo o no moralmente, pero la cuestión es otra y tiene que ver con los derechos, a nadie se le ocurría negar esos derechos (claro que con la xenofobia europea si las que abortan eran inmigrantes no les hacía tanta gracia solventarlo estatalmente -aunque mantener la pureza racial y étnica era un argumento encubierto- y en los casos de varones trans el estado exige esterilidad para aquellxs que han hecho cambio de sexo, así que eso también fue muy intenso).

Cobrar por lo que se sabe hacer
Abrazar la identidad política de trabajador sexual públicamente es algo reciente para mí. Al principio pensaba que iba a ser leído como cartonear cámara, o extraer cierto capital ilegítimo en relación a quienes lo ejercen cotidianamente y con una trayectoria de mayor estabilidad en el tiempo. Algo así como colgarte de las tetas de las que lo vienen militando y son “verdaderas” sujetas políticas, lo mismo con el aborto. En eso la terapia fue crucial, en 2013 estuve en una relación monogámica y en la casa a la que nos mudamos con mi pareja de aquel entonces no había espacio para mi camilla. Se acabaron los masajes. Mi analista fue muy directo al interrogarme sobre qué significaba que no hubiese lugar para el primer territorio que había conquistado para autosustentarme y tampoco me dejó pasar el hecho de que reservar la categoría trabajador sexual para aquellos que vivían exclusivamente de eso y tenían demandas concretas sobre su situación laboral era apoyar el victimismo (sólo pueden ser trabajadoras sexuales las precarizadas) y sostener el privilegio que da el armario (bromeando sobre algo que yo había dicho en alguna sesión acerca de que algunas ni siquiera habíamos tenido closet, solo ropita doblada sobre una baulera). El ex en cuestión dirige una fundación que labura con salud mental y discapacidad, perdió todos los dientes producto de un brote de un paciente ¿por qué sus acompañamientos y los riesgos que implicaban eran más válidos que los míos, qué pánico sexual operaba allí? Decirme abortero y trabajador sexual tuvo y tiene consecuencias directas en mis vínculos sexo afectivos y en el de los seres cercanos que me acompañan, filtró un montón de mierda, me hace latir fuerte el pecho. No es algo que se deje y listo, estas identificaciones no las dejás en el consultorio o en una páginas de taxis, se hacen carne, te acompañan: te sujetan. Hasta mis vínculos anteriores a tal identificación se vieron afectados retrospectivamente, hay gente que te pregunta “¿entonces cuando salías con tal era trabajo sexual?” esa interpelación es violenta pero a la vez permite repensar todos nuestros vínculos, la gratuidad del amor, del sexo, del trabajo doméstico, la forma poco transparente en que transaccionamos con aquellas a quienes amamos, a quienes odiamos, con las amigas, con las adversarias, con las enemigas, con las desconocidas. El valor que nos damos a nuestro cuerpo, a nuestro tiempo. La imagen de nosotras mismas, la necesidad de hacer actividades recreativas. Aprendí de estos laburos a hacer silencio, a escuchar los silencios, las voces, los cuerpos. A veces sale mejor que otras, pero la templanza, el estoicismo, el cinismo se vuelven herramientas poderosísimas. 

Una Acompañante Terapéutica de un curso que tomé dijo una vez que para acompañar hay que tener resueltas varias cosas en relación a la propia sexualidad y en relación a la agresividad, todxs entendieron que se trataba de cómo lidiar con los acosos o la agresividad de lxs pacientxs pero ella respondió con una carcajada diciendo que teníamos que aprender a reconocer nuestros propios placeres, deseos y a ser agresivas (tal vez estoy distorsionándola un toque, pero ya sabemos por Clara cómo son los filtros en la escucha). Para mi fue genial pensar que lxs pacientxs, lxs clientxs, lxs locxs, lxs disca, pueden llevar su cuerpo, sus deseos, sus erecciones, sus fluidos, su fuerza a lugares que hemos desaprendido por la internalización de la norma, por el autocontrol que nos impuso el biopoder que nos sueña dósiles. El encuentro con lxs abyectxs y sus potencia, quién sabe a qué lugares maravillosos nos arroje. ¡Allá vamos y por eso mismo hay que estar preparadas!  
Clara: La primera vez que me pensé como acompañante -aunque ya lo venía haciendo/siendo-, fue buscando laburo. Tenía un título de psicóloga flamante, pero aquellos lugares clásicos de la psicología no estaban vacantes para alguien “sin experiencia” -gran paradoja del mundo laboral, empezar a trabajar con experiencia-. Me entero de una casa de medio camino, en donde conviven personas que salieron de alguna internación psiquiátrica, y a quienes se acompaña en esa convivencia y en re-hacer su cotidianidad interrumpida. Estaban buscando acompañantes. Me presenté -unx amigx me había sugerido- y luego de la entrevista en la que se explicó el dispositivo de trabajo, especifiqué que no era acompañante con título, es decir, no había hecho el curso. Me dijeron que no importaba, que tenía un título más abarcativo. Hasta ahí, daba cierta cuota a la educación formal, sabía que aunque hubiese cursado una carrera de psicología, algo de lo que es acompañar no estaba tan desmenuzado ahí. Durante algún tiempo pensé que debía hacer el curso, por más que ya estuviera trabajando como acompañante. Si sigo hablando sería repetitiva, entonces, ubiquemos esta última pregunta-respuesta al inicio y luego todo lo que dije, ahí la modificación subjetiva. Sólo quiero sumar, siguiendo lo planteado por Juan respecto a la precarización laboral, que el tener título de psicóloga, pero haber devenido acompañante, me brinda ciertas ventajas: primero, que puedo facturar a las obras sociales que profesionalizan todas las prácticas de salud; segundo, que habitar la práctica de acompañamiento me permitió -y me permite- desterritorializar el saber disciplinario que controla, patologiza, rehabilita. Queda mucho por hacer para que ese saber disciplinario no se reterritorialice en la práctica del acompañamiento. De todos modos, la precarización de la práctica de acompañar me/nos es transversal. Aun las obras sociales requieren que esa práctica este pedida por unx medicx, pedido reforzado por la necesidad familiar, y como si fuera poco, hay que esperar que la aprueben o no. No basta con que unx médicx la solicite, sino que además pasa por otro equipo médico de la obra social que determinará el sí o el no, para lo que ya pasaron varios meses sin acompañamiento y sin trabajar. Se trata nuevamente de los lugares donde se distribuye la economía, entre qué prácticas de salud, cuáles más o menos convenientes para una escala social de valores.

Contener a quien contiene
¿Quién contiene y cómo a quienes contienen a otres?

Juan Manuel: Lo primero es cuidarse de las que te quieren salvar, de los clientes que te ofrecen trabajos para que dejes esa vida porque das para más, de las que creen que no da acompañar más de cierta cantidad de interrupciones porque seguro enloquecés vos también. Una vez un cliente insistía en que le cuente quién me había rasguñado el brazo, quién me estaba explotando así, que me prestaba plata si necesitaba pero que no lo atienda más, que por favor le cuente cómo había sido, que me pagaba el doble si le contaba. Finalmente le dije que había acompañado el aborto quirúrgico de una mujer violada que me pidió que sostenga su mano durante el tratamiento y que al momento en que la médica colocó el espéculo me clavó las uñas, que mientras me rasguñaba me pidió disculpas, que luego de la anestesia local me acarició, que ahora está muy bien. Ese cliente no volvió a intentar salvarme nunca más.
Hay que proveerse de distintos espacios y estrategias de contención. Cuando comencé con el acompañamiento sexual mi vínculo con mi perro Sasha fue fundamental, después de cada cliente salir del departamento a caminar juntos era la gloria. Con mi perra Simone, quien me acompaña actualmente, tenemos un vínculo más seco, pero los días difíciles dormimos juntos. Además cuando estoy muy pasado o descuidado con ella y conmigo mismo, me mea la cama como una clara señal de alerta, me enojo y tengo que ponerme a limpiar y como decía la milonga Ropa Blanca, que trata de una negra estóica que lavando la ropa se curaba de sus pesares “lavando y fregando/ con llanto y jabón/ se quitan las penas/ de tu corazón”. Hay que encontrarse con otras especies y hay que poder hablar de los trabajos que una hace en cualquier ámbito, hablar de lo que nos moviliza, sin closet. Imagino que estar en el closet del aborto o del trabajo sexual puede resultar fatal para la propia práctica. Recuerdo un domingo que mi hermana vino de visitas a casa y mi sobrino de cinco decía que cuando fuese grande le gustaría ser masajista y tener tetas como yo, esas cosas te suben.

El decorado se calla
Las amigas contienen, la incorrección política, el humor negro, Moria Casán, la imperturbabilidad de Karina Olga, las redes. Hay una socorrista con la que nos whatsappeamos todo el tiempo y nos hacemos compañía. Las amigas a las distancia, las amigas virtuales. Las propias personas que acompañamos muchas veces también nos contienen sin saberlo: el cliente que te hace sentir la más divina, la paciente que hace un chiste sobre la suegra que le paga el aborto: hay desplazamientos, hay alegrías y resistencias muy poderosas en la sexualidad y sus bordes. Las tías y las primas maricas, las travas, las putas, las tortas, las discas, las locas, las seropositivas nos hacen la vida más vivible y la tarea del acompañamiento más llevadera. La música: poner Beyoncé en la sala de espera. El Komando de Yiya Murano. Escribir, escribir cura.
El año pasado hicimos teatro espontáneo para hablar de lo que nos pasaba como aborteras, este año tenemos pensado que una profe de danzas que es trans nos de clases de baile. Y aclaro que es trans no porque “qué suerteh reyna que seas tan buena que tenés una profe trans” sino porque como equipo en un momento nos dimos cuenta que todo el tiempo decimos que no hay sólo hombres y mujeres, que hay que correrse de la heteronorma y el binarismo, etc. pero al trabajar con aborto las identidades con las que interactuamos son muy reducidas y es urgente implementar estrategias concretas de intervención para subvertir estas cosas. Quién tiene el saber, quién nos enseña, quién nos acompaña a nosotras. Y poder darnos estas oportunidades hace la vida más vivible.

Clara: Bueno, muchas formas de acompañarnos acaba de decirlo la Burgos. Saber que el saber no es jerárquico, que puedo contar con lxs locxs, el personal de limpieza, las amigas, lxs amorxs, lxs animales -como ellxs cuentan conmigo-. Que la docente del/la niñx que acompañás renuncie a mirarte como su controladora -porque pasa que muchas veces no quieren la presencia de acompañantes en el grado porque escuchan e interpretan su mirada como controladora, a veces con razón-, que te ofrezca y que deje que se le ofrezca la complicidad de crear juntas estrategias de grupo, de enseñanza-aprendizaje, dando lugar a otro tiempo diferente al ritmo escolar, es acompañarnos y contenernos. Traigo esto recordando un día escolar donde la situación de desborde grupal fue puesta en evidencia y denunciada por el niñx que acompañaba, con gritos a sus compañerxs, a mi, a lxs docentes que estaban cerca. La cosa estaba desbordada, yo, lxs niñxs, lxs docentes, lxs directivxs. Se me pidió que le niñx que acompañaba -a pesar de haber sido un acontecimiento grupal- repare en ese momento lo que había hecho. Lo que pude decir en tanta agitación es que en ese momento no se podía más que tratar que la cosa se calmara, la reparación vendría después- y yo pensaba y dudaba si realmente vendría. Pasaron tres semanas en las que yo iba y venía entre directivxs, docentes y le niñx. Hasta que se llegó a una reunión grupal en la que todas las partes se pidieron disculpas, lxs docentes se tuvieron que disculpar por retar y levantar el tono de voz a le niñx en ese momento de conflicto y entonces le niñx pidió sus respectivas disculpas por haber gritado y tal vez insultado a algunx docente, quedando en claro que la responsabilidad era (es) compartida y la reparación si llegaba, debía llegar para todxs y principalmente para lxs más afectadxs y más oprimidos por el sistema. El tiempo que pedí fue acompañado y contenido también por lxs docentes, de otro modo era muy complicado sostenerlo. Entonces, en un acompañamiento trabajamos entre varixs, y entre varixs nos acompañamos.

Clara Soria. Psicóloga y Acompañante Terapéutica. Desarrolla su actividad en escuelas, casas de medio camino, centros de día. Integrante de La Folí, grupo de salud mental. Pertenece a la Red por el Reconocimiento del Trabajo Sexual. Miembro del grupo de investigación Precarización y Resistencia: El gobierno neoliberal de los cuerpos en la U.N.C. Actualmente vive en Córdoba, Argentina. Contacto soria.anaclara@gmail.com
Juan Manuel Burgos. Acompañante Terapéutico. Desarrolla su actividad en acompañamientos pre y post  interrupciones legales del embarazo y en modalidades de la masoterapia orientadas a la asistencia sexoaectiva. Pertenece a la Red por el Reconocimiento del Trabajo Sexual y a la Red de Profesionales de la Salud por el Derecho a Decidir. Miembro del grupo de investigación Precarización y Resistencia: El gobierno neoliberal de los cuerpos en la U.N.C.  Actualmente vive en Córdoba, Argentina. Contacto juanmanuelburgos87@gmail.com
Leonor Silvestri. Discapacitada legal, docente anti-académica y deportista de combate amateur. Su obra publicada como escritora incluyen Games of Crohn: diario de una internación (2016, de. Milena Caserola); La guerra en curso (2016, No es nada, París);   Catulo, Poemas. Una introducción crítica (Santiago Arcos. 2005). Es colaboradora de AMMAR sede central para quienes realiza los videos Trabajo Sexual en primera persona.


Publicado por Revista FURIAS – Leronor Silvestri – 23/05/16 -

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