jueves, 28 de abril de 2016

“Esta es nuestra forma pacífica de resistir a la guerra”: Teresita Gaviria

En sus plantones, las Madres de la Candelaria muestran los rostros de los familiares secuestrados, desaparecidos o asesinados.


El atrio de la iglesia del céntrico Parque de Berrío, en Medellín, pertenece todos los viernes a las Madres de la Candelaria, que reclaman a sus seres queridos desaparecidos, secuestrados o asesinados.

“Los queremos vivos, libres y en paz”, exclama Teresita Gaviria varias veces a través de un megáfono. La consigna es reproducida por los demás participantes, principalmente mujeres.
Y luego de repetir la primera consigna, ella empieza a variar el repertorio y los demás la siguen: “Si vivos se los llevaron, vivos los queremos”, “Basta ya de secuestros y desapariciones. Ven, haz algo, di algo, para que no te toque a ti”, “Exigimos la liberación de nuestros familiares y amigos”, “Las Madres de la Candelaria no somos ni seremos parte de la guerra; somos y seremos parte de la paz”.
Cuando empezó el movimiento solo asistían madres. Ahora participan esposas, hermanas, amigas y algunos hombres, niñas y niños que las acompañan.
Algunos llevan colgada en el cuello la fotografía de su familiar o amigo —secuestrado, desaparecido o asesinado— como una escarapela; otros la sostienen en sus manos y, entre varios, ayudan a cargar las grandes pancartas donde se exhiben los rostros de los desaparecidos.
Eventualmente la vocera principal se agota, entonces es reemplazada por otra de las líderes, con frecuencia Ana de Dios Zapata o María Dolores Londoño, quienes continúan proclamando la recopilación de frases: “No queremos más niños ni niñas huérfanos de amor por culpa de la guerra”, “la auténtica paz interior florece cuando en el corazón vencemos el odio y el rencor”, “la solidaridad es la ternura de los pueblos”, “Este es nuestro dolor, ¿cuál es el tuyo?”.
Lucha contra la impunidad
El ritual dura cerca de una hora. En la calle extienden pancartas con fotografías y sin importar el sol ni la lluvia allí están ellas: 10, 20, 30, 40 mujeres, casi todas mayores de 50 años, exclamando sus consignas, entre otras: “Si estamos en tu memoria, somos parte de tu historia”.
Desde el año 2003, Las Madres de la Candelaria están divididas en dos movimientos independientes. Los miércoles, a las 12 del día, asiste al Parque de Berrío la Corporación Madres de la Candelaria-Línea Fundadora, dirigida por Luz Amparo Mejía. Y los viernes, a las 2 p.m., la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria, encabezada por Teresita Gaviria.
Coinciden en su principal acto simbólico —el plantón— y en el objetivos de luchar por evitar que sus seres queridos desaparecidos, secuestrados y asesinados sean olvidados e impedir, a toda costa, que sus casos queden en la impunidad.
Una modalidad criminal en los noventa
En marzo de 1999, en medio de escándalos e indignación pública nacional por los secuestros, extorsiones y atentados de las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y del Ejército de Liberación Nacional (Eln), estas mujeres comenzaron a hacer visible esa modalidad de delito que desde hacía años era recurrente y sistemática en Colombia: la desaparición forzada.
Este es, actualmente, el principal acto victimizante que las convoca. Sin embargo, en 1999, cuando se consolidó el movimiento, tales crímenes aún se mantenían ocultos.
En la década de los noventa, pocos sabían que en Colombia, además de secuestrar, extorsionar y asesinar, a las personas también las desaparecían. La jurisdicción del país aún se familiarizaba con la desaparición forzada como una modalidad criminal apenas a principios del nuevo siglo. Mediante la Ley 589 de 2000 se tipificó como delito penal.
Juntas tendrían más poder
Durante la década de los noventa, hacer manifestaciones públicas por secuestro o desaparición forzada era un episodio riesgoso, pues a los líderes que emprendían este tipo de acciones los asesinaban. Teresita no era ajena a esta situación, sin embargo, decidió tomar el riesgo.
Ella, junto a otras mujeres débiles social, económica y políticamente, construyeron valientes armaduras con sus únicos recursos —la ira, el dolor y la indignación—, para enfrentarse pacíficamente a unos actores armados indolentes, dotados de una fuerza militar implacable y a un Estado indiferente. Juntas tendrían más poder, y, sobre todo, más coraje para reclamar justicia.
“Yo me empoderé de esto y bregué a botar el miedo. Sentía un temor muy fuerte por la persecución del paramilitarismo y la guerrilla, por las pelas que me pegaron, por las humillaciones que sentí por ellos. Pero la desaparición de mi hijo, la muerte de mi papá y de mis familiares me puso a pensar y a reflexionar: ¿será que me quedo callada cuando hay tanto qué reclamar?”, narra la presidenta del movimiento.
Formas pacíficas de resistir a la guerra
Si bien el plantón es el acto simbólico más representativo de las Madres de la Candelaria, estas llevan a cabo otro tipo de acciones de ciudadanía comunicativa para exponer su situación y visibilizar sus casos, como actos simbólicos de la luz, la actividad denominada “tejiendo esperanza”, el taller de atención psicosocial y obras de teatro en las que participan las madres y representan la narrativa de su dolor.
En su oficina tienen un árbol “construido con las manos reconciliadoras de las madres”, cada una con la foto de su hijo. “Nosotros vamos a arrancar tierra. La Fiscalía tira pala para desenterrar, en cambio nosotras vamos con las manitos, llorando y pensando: me tengo que reconciliar con el sinvergüenza”, explica Teresita.
También tienen allí un mapa de Antioquia que ocupa toda la pared donde ubican las fotos de los desaparecidos según el lugar (Caucasia, Urabá, Medellín, Caicedo). En el mapa está escrito: “Esta es nuestra verdad. ¿Cuál es la tuya?”, con el fin de inducir a la gente a pensar que el conflicto armado y la violencia compete a todos los colombianos.
Buscar a los victimarios
Y además de los plantones y de los actos simbólicos que eventualmente realizan, hay una actividad que más allá de ser una forma de resistir a la guerra es una manera en la cual las víctimas utilizan su aflicción para convertirla en una fortaleza.
Asisten a las cárceles para hablar con los victimarios, sin importarles si son los culpables directos de su caso. Amparo García recuerda la primera vez que hizo esa visita. Tenía mucho miedo porque sentía que iba a encontrarse “con las fieras más grandes del universo”.
“Los victimarios me recibieron muy bien, me ayudaron a bajar las escalas y me empezaron a contar historias. Al hablar con ellos uno descansa y le sale algo. Ellos también tiene su cosa (…) uno los entiende un poquito. Uno tiene que perdonar (…) yo me abracé con ellos, por ahí hay hasta fotos. Él me miraba, se quedaba triste y me pedía perdón”, recuerda Amparo.
Además de pedir perdón, estar en este movimiento les ha ayudado a transformar el rencor. Iván Darío Palacio, quien reclama con su esposa por su hijo, expresa: “Aquí hemos cambiado el odio, antes sentíamos mucho odio. Ahí estaba la cosita adentro de estos hijueputas, pero ya no, ya no los tildamos de esa forma, ya decimos ‘qué pesar de ese man, haber tenido ese corazón para quitarnos al pelado’. He cambiado el odio hacia el perdón. Hay un poco más de paz porque antes el odio no nos daba paz”.
Pertenecer al movimiento se ha convertido en la causa de vida de estas personas. Es su lucha por rehusarse a la guerra, es su forma pacífica de hacer resistencia.
“Este es nuestro dolor, ¿cuál es el tuyo?”, preguntan ellas al aire, en coro, con el ánimo de irritar la indiferencia de quienes pasan los viernes, a las dos de la tarde, por el atrio de la Iglesia Nuestra Señora de la Candelaria.
Publicado por elespectador.com – Danielle Navarro B.*Estudiante de Comunicación Social Universidad Eafit (Medellín)- 25/04/16 -


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