domingo, 27 de septiembre de 2015

Pescando fósiles, Elizabeth Philpot (1780-1857)

Elizabeth Philpot es una de esas mujeres dedicadas al mundo de la ciencia cuya vida y obra pasó desapercibida para la historia. Poco se sabe de ella, si no hubiera sido por su amistad y colaboración con Mary Anning, otra gran coleccionista de fósiles. Ambas se conocieron en Lyme Regis y, a pesar de su diferencia de edad y de clase, su pasión por descubrir el pasado las unió para el resto de sus días.  

Elizabeth Philpot nació en el seno de una familia acomodada del Londres de finales del siglo XVIII. Después de la muerte de sus padres, su hermano les buscó un lugar para vivir, pues la casa familiar pasaba directamente a él y no a sus hermanas. Así, Elizabeth, Mary y Margaret se trasladaron a vivir a Morley Cottage en Lyme Regis, una localidad de Dorset, al sur de Inglaterra. Las hermanas Philpot dedicaban buena parte de su tiempo a buscar fósiles en los acantilados de la zona. Su extensa colección la exponían a menudo en su casa para que pudiera ser contemplada por los visitantes del lugar. Mientras ellas tenían el mundo de la paloentología como algo con lo que disfrutar, una niña de Lyme Regis, Mary Anning, lo hacía para ganar dinero para su propia familia. 

A pesar de que Elizabeth tenía veinte años más que Mary y que provenían de mundos sociales distintos, pronto se hicieron amigas y disfrutaron de su pasión común por los fósiles. Un día de los muchos que ambas salían a buscar restos del pasado, Mary descubrió en un belemnite una cámara con tinta seca que Elizabeth consiguió recuperar. Al mezclarla con agua, la tinta se pudo utilizar para algunos de sus dibujos. La técnica de recuperación de la tinta seca sería imitada por otros buscadores del lugar. 

Elizabeth Philpot se especializó en la búsqueda de restos de fósiles de peces y mantuvo contacto constante con algunos de los paleontólogos y geólogos destacados de su tiempo, como William Buckland o Henry de la Beche. Sin embargo, en un tiempo en el que las mujeres tenían prohibido el acceso a la Sociedad Geológica, el trabajo de Elizabeth Philpot, como el de Mary Anning, nunca fue del todo reconocido. 

El legado de Elizabeth Philpot descansa hoy en día en el Museo de la Universidad de Oxford y en el Museo Philpot, construido por uno de los sobrinos de las hermanas en Lyme Regis. Una especie de pez fósil, el Eugnatus philpotae, fue bautizado así por el paleontólogo suizo Louis Agassiz en su honor.  


Fuente consultada: www.mujeresenlahistoria.com– Sandra Ferrer .- 

Padecen ellas violencia

Alrededor del 50% de los casos que se atienden en la Unidad de Atención de Víctimas del Delito de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) México, corresponden a mujeres que padecen violencia intrafamiliar.

Ricardo Turrubiates Vargas, titular de la dependencia, señaló que en promedio atienden 90 casos al mes de personas víctimas de delitos tales como violencia sexual, desaparición forzada y menores extraviados.

Los daños que pueden sufrir los afectados van desde lesiones, agresiones o también pueden ser perjudicados en su patrimonio a través de asaltos con violencia. Indicó que algunos perfiles de las víctimas están definidos como es el caso de los adolescentes que se extravían.

En esta situación comúnmente destaca que son personas del sexo femenino de 14 a 17 años que se van de su casa para huir de los problemas familiares o por problemas sentimentales con su novio o pareja. Indicó que el mecanismo Alerta Amber es fundamental para dar con el paradero de las y los adolescentes. "Las redes sociales juegan un papel importante como factores de los extravíos de menores de entre 14 y 17 años.

Esto va aparejado con situaciones en el entorno del hogar, falta de límites, disciplina, etc". Agregó que demás se siguen atendiendo casos de desaparecidos, con quienes se trabaja con apoyo terapeútico.


Publicado por el Diario de Coahuila – Sofía Noriega – 27/09/15 -

¿Qué ven cuando no las ven?

Las denuncias por abuso sexual se enfrentan con una cadena de impunidad que se revela sistemática en el sistema judicial argentino. Las madres denuncian, pero si el acusado de abuso es padre y de clase media o alta, la condena es improbable. La Justicia pone en duda la palabra de niños y niñas, alega que las madres les llenan la cabeza, cuestionan la intervención de psicólogas y la validez de cámaras Gesell. No se trata de casos aislados, ni de excepciones. Y la impunidad penal tiene su lado más filoso en la orden de revincular a lxs hijxs que se animaron a denunciar a sus progenitores con las personas a quienes más les temen. En esta nota, 28 madres protectoras y sobrevivientes jóvenes y adultos de abuso sexual se juntaron en Tribunales, en representación de muchos más del resto del país y de quienes tienen miedo de represalias aun con sus ojos tapados, para denunciar que la Justicia no escucha ni mira a las víctimas de violencia sexual.
Las botas son negras y altas. Acompañan el paso hasta las rodillas. Se quedan en el primer escalón. Acomodan al cuerpo firme. Apenas un golpe de aire más arriba las zapatillas están desatadas y los cordones dejan ver su lengüeta afuera como si la burla también fuera parte de la rabia. Otro escalón y las manos se afirman a la cintura. Los botines se tiñen de un color descascarado por trajines. Las zapatillas siguientes se ahogan entre un jean que quiere tapar los pasos sin brújula y combina con las que conocen sus mismos pasos aunque no parezcan compatibles. Pero también asoman blancas entre el gris del pantalón de gimnasia que le da respiro al cuerpo sin respiro de pedir justicia. Las botas negras se repiten, entonces, sin importar entre las cabelleras rubias o morochas, las pieles alisadas o arrugadas de fruncirse entre el miedo y la furia y los cuerpos desgarbados o erguidos entre la marcha sin rumbo que impone el poder judicial como segunda condena ante un abuso sexual. Los botines beige casi se alistan frente a la columna de Tribunales que sostiene casi todo el sistema judicial y que no pudo sostener ni el duelo y la muerte de una hija, ni la distancia con una nieta con la que se quiere deslizar por la nieve pero solo se transita el vacío. Las zapatillas con cordones rosas cortan el negro y empujan a mirar hacía arriba una cuesta de impunidad que no puede continuar con una práctica sistemática de descrédito a la palabra de los chicos y chicas que se animan a denunciar abuso sexual y, sin embargo, son desoídos en expedientes que dan giros como una calesita pero que terminan otorgando, en la mayoría de los casos, la sortija en las manos de los acusados por maltrato infantil. El blanco irrumpe en un arco iris que no encuentra matices entre los claroscuros cromáticos y saltea el tapado negro -para el viento que corre en una primavera descompuesta- y combina demodé con la venda en los ojos. No es que ellas no vean. Es que no las ven a ellas. La justicia se tapa adrede para saltear los ojos de las madres denunciantes desesperados en lagrimas o secos de una desesperación nunca esperada –en ojos que siempre se vuelven a sus espaldas por lloronas histéricas e incontenibles de sensitibilidad extrema, desquiciadas de dolor y capaces de hacer cualquier cosa o por frías y calculadoras que ni siquiera lloran como haría toda madre para albergar a los pichones por los que no derraman ni una lágrima-. La justicia se tapa los oídos para no escuchar a sus hijos e hijas que piden ayuda para no seguir siendo abusados y una oportunidad de reparación y nuevos rumbos. No se trata de una casualidad permanente sino de un accionar casi idéntido en donde las declaraciones biensonantes que declaman “con los chicos no” cierran la puerta cuando, realmente, los chicos y chicas dicen no. Por eso, las madres con las vendas llegan hasta la puerta de Tribunales y se enlazan con sus brazos hermanados –entre sus pies que portan sus calzados que diferencias los lugares de partida pero conducen al mismo lugar de llegada- en alto. Tocan el portón de hierro cerrado. Y reclaman para que se las escuche. No son una, dos, tres. Ni siquiera son solo las veinte y ocho madres protectoras y adultos sobrevivientes de abuso sexual reunidos por Las12 –que son tantos que la gente se amontona para mirar la protesta de las madres de las vendas en Talcahuano 550- que llegaron desde San Pedro, Lomas de Zamora, La Plata, Glew, Chaco, Pilar y la Capital Federal para que su historia no se pierda como un globo que se suelta en el aire. Hay muchas otras por todo el país que no pueden viajar para que su expediente salga del polvo encajonado y muchas más las que no salen por miedo. Y hay nenas que juegan a las escondidas o corren por la plaza mientras también añoran una libertad que, a veces, por preservarlas no las deja defenderse con su propia palabra.
La mayoría de las madres protectoras no pueden o quieren mostrar su identidad, en principio, porque quieren preservar a sus hijos/as de revelar las marcas del abuso a quienes quieran y cuando quieran y no que se los identifique por portación de madre denunciante. Pero, además, porque la revancha de denunciar a abusadores sexuales e, incluso, el accionar judicial se pagan caros y cuando el precio son los hijos el miedo exacerba el encierro. Por eso, el cuerpo se hace presente y se protege como ellas se llaman protectoras con un trazo blanco sobre sus ojos.
Las madres se enlazan en abrazos y se cuentan las causas como un rompecabezas que siempre desemboca en la misma figura armada: impunidad. Sus letras solas no dicen nada, pero juntas conforman la palabra impunidad. Por eso, se convierten en las madres de las vendas para proteger sin esconderse. Dan la cara pero cuidan a sus hijos e hijas, no quieren hacer ningún duelo anticipado por una vida que sigue y tiene mucho más que revancha, pero necesitan denunciar que la impunidad sí entierra en miedo y desesperanza a quienes necesitan empezar de nuevo. Se cubren juntas los ojos que tienen bien abiertos para señalar que a ellas no las miran y se tapan sus oídos para denunciar que no las escuchan ni a ellas ni a sus hijos. Y que, en la mayoría de los casos, frente a las denuncias por abuso las denunciadas terminan siendo ellas acusadas de ser las instigadoras de las denuncias o de usar el falso Síndrome de Alienación Parental (SAP) que -en criollo- sería llenarle la cabeza a sus hijos, generalmente, contra su padre. La forma de demostrar que el relato de chicos y chicas es real son los peritajes, los dibujos, las cámaras Gesell que también suelen quedar desacreditados en un delito sin testigos –porque se produce entre cuatro paredes- y, mucho más, cuando las niñas son pequeñas (y se desacredita su memoria, su palabra o su lenguaje), la violencia no deja secuelas físicas (no hay rastros de semen o lesiones genitales porque el abuso es por manoseos o sexo oral o por el efecto del paso del tiempo) y también se persigue a las psicólogas que atienden o peritan a niños y niñas.
Los abusos sexuales suceden en todas las familias. Pero la diferencia de clase se siente frente a la justicia. No es lo mismo enfrentar a un agresor –acusado de un delito por el que sentirá la condena de cárcel y la condena en la propia cárcel de los otros presos- sin recursos que a un acusado forjado de dinero, relaciones, poder, amistades o familia dispuesto a defenderlo a capa, billetes y espada. Y, en ese sentido, las victimas profesionales o de sectores medios o altas forman un segmento especialmente vulnerable porque sus ex parejas tienen más recursos para no solo defenderse, sino, también, hostigarlas.
No se puede esperar a que las niñas que hoy denuncian se vuelvan grandes. Hay que escucharlas antes. Y en su nombre escuchar a las adultas que piden la imprescriptibilidad de los delitos de abuso sexual. Son sus propios pies plantados después de abusos que callaron durante toda una vida y que una vez deshechos de silencio se vuelven impunes por la prescripción de un delito que el cuerpo no prescribe y el olvido no desdibuja de la memoria latente. Por, eso todas –y todos- los que se vendaron los ojos para que la justicia se quite la venda explican por qué la justicia no las escucha.

¿Por qué la Justicia no escucha a las víctimas de abuso sexual?

R.A. tiene 41 años, vive en el Chaco y viene a Buenos Aires a comprar ropa para revender en su comercio. Los recuerdos del abuso sexual que sufrió por parte de un señor con poder en su provincia no lograron desvestirse en ninguna de sus noches, muy especialmente porque nunca pudo hacer la denuncia. Ni cuando tenía miedo y era chica ni cuando se decidió a hablar, en el 2013, porque la causa ya estaba prescripta y dormía el sueño injusto de un expediente cerrado en cualquier lado menos en sus pesadillas. “Quiero que deje de ser un delito prescriptible”, pide. Y anuncia: “Voy a hacer la denuncia igual, pero no se si me la van a aceptar”. El futuro está todavía en puntos suspensivos. Pero no está sola, sino más acompañada que nunca por su mamá, por su madrina y por un colectivo nacional que impulsa el proyecto de reforma legal en el Congreso Nacional.
M.B.D es docente y, como R.A, de Chaco y, como ella, victima del mismo abusador. Pero M.B.D tiene 34 años. Y eso es apenas una muestra de como si un caso no se frena el abuso se reproduce. “Yo tenía apenas tres años y él era una persona de mucho poder político y privaba el miedo de lo que podía hacerme a mí o a mi familia que no hizo la denuncia”, relata la causa del silencio. Sola es difícil. Juntas es posible. El miedo primo hasta que M.D.B se encontró con R.A. Pero más juntas las sobrevivientes de abuso sexual se convierten en la voz adulta que defiende de las desacreditaciones a las niñas a las que se las juzga porque si relatan a la justicia que fueron obligadas a practicar sexo oral a los tres años mienten. “Me encerró en el baño y me pidió que le besara al pene”, recuerda 31 años después R.A y también que se lo contó a su maestra de jardín de infantes. Hace tres décadas la sociedad era más sorda. Ahora solo es sordo quien no quiere oír. K.P está al lado de R.A y escucha su historia hilvanada también por el pedido de auxilio en el jardín de infantes. No hay distancia entre el sur del conurbano bonaerense y Chaco para el mundo de turbulencias de las niñas. “Mi hija se lo contó a una maestra. Pero creo que es más fácil creer que una niña puede inventar o una madre puede ser mentirosa que pensar que un padre puede abusar”, señala K.P.
M.M es una mamá denunciante y analista de sistemas que también se convirtió en experta en analizar un sistema perverso: “La justicia no escuchó a mi hija porque su progenitor se la pasa diciendo que estoy loca. No solo no me creen a mí sino al relato de mi hija de cinco años”, dictamina. ¿Si la justicia cree que las madres que están locas no debería escuchar a las niñas y niños? ¿Si la justicia cree que los niños y niñas son pequeños para recordar o inconsistentes o sobreadaptados para relatar no debería confiar en las psicólogas que peritan o escuchan en consultorio a los niños y niñas? Las vendas judiciales se extienden a lo largo de quienes pueden acreditar la palabra de las victimas. “Mi hija contó todo en cámara Gesell, pero igual sobreseyeron (al agresor) y a la psicóloga de mi hija la allanaron. No les importan las pruebas”, dice B.A. La historia se parece a las otras historias que esperan en las escalinatas a que la palabra gire hasta que los dobles discursos con respecto al abuso sexual infantil no aturdan.
P.W. es economista e impulsora de la reflexión colectiva frente al abuso sexual, contra viento, marea y un final mal pensado: “La denuncia es inevitable, pero ni bien denuncias perdiste el caso. Todos parten del mito urbano de la mina que miente y está loca. Todas las causas son copiadas y pegadas, estes en Córdoba o Chubut. De eso no se habla y si hablas pagas con tu vida o la de tus hijos. Pero juntas estamos empezando a lograr lo que buscamos, no justicia, pero sí protección para nuestros hijos y que no haya más madres que paguen con sus vidas como Marcela Fillol o la perdida de la tenencia como Andrea Vázquez”.
A veces las pruebas son difíciles porque se trata de un delito cometido en un baño o un dormitorio sin testigos. La prueba es la palabra infantil o no hay pruebas. Pero, a veces, tampoco las pruebas más tajantes alcanzan. “El padre de mis tres hijos de 13, 10 y 6 años abuso de los tres en diferentes momentos. Cuatro años después que la más grande dijo que el papá la violaba le pidieron un examen físico en donde se evidenciaron las lesiones por himen desflorado de larga data. Tengo la suerte que el fiscal cree en la palabra de mis hijos. Pero la jueza obliga a una revinculación aduciendo Síndrome de Alienación Parental (SAP) y mis hijos están siendo desoídos”, subraya M.J.M, una médica de Capital Federal que revela el peor tramo de la impunidad. No se discute solo una pena privativa de la libertad, sino si los niños y niñas denunciantes tienen que volver a verse con los progenitores a los que acusan. En muchos casos se imponen visitas pero no a solas. No es suficiente, según M.J.M para que el abuso no continúe. “La asistente social decía que el nene había comido remolacha cuando venía sangrando”, detalla. M.S.M es abogada y funcionaria judicial. Conoce los vericuetos de los tribunales de La Plata sin necesitar GPS. Pero saber no la defiende. “Están acreditadas las lesiones anales del nene que ahora tiene 12 y el papá lo violaba desde los 4 hasta los 10 años. Pero el fiscal pide la revinculación porque dice que el nene es frío y distante. Y mi hijo no quiere verlo ni a él ni a la abuela paterna. Pero el papá es hijo de un juez y cada vez que entro a tribunales me miran como la fabuladora y la loca”, dice por primera vez, aunque la historia se repite. Y, a veces, aniquila.
M.T. es la mamá de Marcela Fillol, una mamá que murió en Bariloche, sin ni siquiera poder despedirse de su hija de 7 años, de la que estaba separada por un fallo judicial. El progenitor no obedeció una orden para que madre e hija pudieran despedirse y llegó después de su muerte. “Mi chica se murió por una recaída de la leucemia por tristeza. Ella se levantaba todos los días esperando a su hija y él recién la llevo a ver el cajón cuatro horas después que se murió. No quiero que le pase lo mismo a otras chicas”, pide M.T. Ella pudo reencontrarse con su nieta que reconocía su perfume con el olor a la misma flor blanca que lleva su nombre, juntarla con sus primos, dejarla correr y pasear entre animales. Sin embargo, ahora el padre volvió a alejarla de la niña. “Soy su segunda mamá y quiero cuidarla, llevarla de vacaciones y dejarla que recuerde a su madre”, reclama M.T.
Si cuesta leer hay que imaginarse vivirlo. J.C. denunció ante la justicia el abuso sexual por parte del papá de su hijo que hoy está sobreseído. Una palabra que se repite y que complica la denuncia judicial y mediática de los abusos. J.C. se indigna con el sobreseimiento: “Mi hijo de 5 años cuenta como la madre del progenitor le hacia chupar los pies, las piernas y la vagina sin pantalón y sin bombacha. También relata como su padre mientras los bañaba le enseñaba a lamer su propio cuerpo para luego direccionar el juego al cuerpo del abusador. Le enseño a chupar el pito (propio) con ayuda de él y un amigo suyo. Y lo he escuchado hasta contarle a algún amiguito que no veía a su papá porque le hizo mucho daño”. Ella apeló con solo tres días de plazo y contra la postura de la fiscal. Pero no se trata de un diario de un horror subterráneo sino de un discurso que pasa de boca en boca mientras la noche llega y las escaleras de tribunales no se despueblan de palabras amalgamadas por experiencias gemelas.
F.B enfrenta un proceso frente al cual tiene la palabra sobreseído en el expediente en el que ella acusa de abuso sexual al progenitor de sus hijas. El proceso sigue después de un juicio oral que favoreció al imputado. Pero la mirada judicial no solo es ciega, sino que mira hacía donde quiere mirar. “Todo el debate estuvo dirigida a indagar en mi vida privada, en mi estructura de personalidad y en mis supuestas preferencias e historial sexual, en lugar de indagar en los hechos de abuso sexual que sufrió mi hija y en la responsabilidad del imputado. Se basaron en rumores y calificaciones expresadas por amigos y familiares del denunciado, sin prueba objetiva que las respaldara. En la sentencia fui personificada como una mujer fría, inductora, instrumental, mendaz, mentirosa, manipuladora, revanchista, enfermizamente celosa, promiscua y con particulares prácticas sexuales. El resultado de esta representación fue el descrédito de las afirmaciones de mi hija (a la cual me señalan como inductora a “recordar falsamente”). De esta manera, es mucho más lo que se ha dicho sobre mi que sobre el imputado y los abusos cometidos respecto de mi hija”.
A.M.V viene desde el norte bonaerense y sus rodillas le piden clemencia frente a las horas parada en tribunales. Todavía tiene las secuelas del 2001 cuando su ex pareja la arrastró cinco cuadras en moto y del ACV que le marca su rostro doblegado por el secuestro de su hijo desde que tenía un año hasta que cumplió cinco. El tiempo se siente en el cuerpo. Y en el reclamo multiplicado. La peor pesadilla de las madres protectoras es que sus hijos tengan que volver a ver a los agresores o que les saquen a sus hijos. El caso de A.V., separada de sus tres hijos por la justicia de Lomas de Zamora, después de denunciar violencia familiar no es el único. P.A. es una docente de Glew que está separada de sus dos hijos de 10 y 16 años. Y M.A.B una psicóloga de Wilde que no quiere cumplir la orden judicial que no escuché lo que ella sí escucha de su hijo: “Me imponen una revinculación que si no cumplo me multan. Pero yo no puedo llevar a mi hijo a que siga sufriendo abuso. Estoy pidiendo ayuda”, exclama con una desesperación en la que no entra ni la –falsa- tensa calma.
El abuso sexual sucede en todas las clases sociales, pero las herramientas de los acusados de abuso sexual para defenderse –legítimamente- o entorpecer la investigación son mucho mayores. “Esto no pasa solamente en hogares de bajos recursos o de gente sin estudio, como muchas veces dicen. Muchas de nosotras tenemos estudio y muchos de los abusadores también, pueden ser jueces, diputados, abogados, contadores o, como en mi caso, una persona con un cargo importante en el sector de tecnología de un banco que tiene personal a cargo”, destaca D.A. Otro problema de la falta de acceso a la justicia de las victimas y del acceso privilegiado de los acusados con dinero es la posibilidad de profesionales que puedan venderse al mejor postor y terminan favoreciendo a los acusados. “El (agresor) tiene una condena que firme yo, engañada por mi abogado, para que haga una probation a través de tareas comunitarias”, dice L.P.C.
Las victimas son diversas, pero son mujeres. Y los acusados más difíciles de acusar también tienen un rasgo claro. P.W es docente universitaria y enmarca: “La justicia no me escucha porque soy mujer. Podes tener plata, estudios y representación privada, pero si el abusador es progenitor va a ser sobreseído. Hagas lo que hagas la justicia no toca al padre y no hay prueba o cámara Gesell que mueva esa ideología patriarcal. Todo testimonio de la madre o el niño se interpreta como una fabulación contra el padre. Si es el vecino o el verdulero puede ser, pero al padre no se lo toca. Y en esa impunidad de los padres el aparato judicial actúa en red con jardines de infantes, escuelas y médicos que no se fija cuando los chicos son lastimados”. Y el efecto de las mujeres es devastador para ellas y desalentador para que otras denuncien: “Las madres quedamos sin un mango, con temores, insomnio, el sofocamiento de la palabra y el temor a la revinculación de nuestros hijos”.
Las madres de las vendas no solo se juntaron para una imagen que demuestre que cada una es un mosaico de un paredón que rebota las denuncias por abuso sexual. Desarmar la soledad de las causas individuales también hace nacer una nueva causa colectiva: la lucha contra la impunidad en el maltrato infantil y la violencia sexual. M.H concluye: “Sabia de la lucha de muchas mamás, pero fue muy fuerte vernos juntxs personalmente. Es muy importante sabernos juntxs ya que toda mi lucha fue prácticamente en soledad y creía que lo que me pasaba era solo a mi. Viví todo con mucha angustia como todxs pero ahora con la esperanza que juntos podemos hacer mas”.
S.P. es madre protectora y sobreviviente. Ella apela al consenso colectivo, pero prefiere una futura foto con globos de colores para que las personas que sufrieron abuso sexual no crean que sus vidas ya están marcadas con una lápida de por vida. “No al silencio y al miedo”, apela con una sonrisa serena y el pelo rubio despejado por el fin de semana. Y la esperanza como emblema. “Si salís a decir lo que te paso encontras empatía y solidaridad”, empoderar. S.C. es el único varón entre las 27 mujeres de las vendas en tribunales. Su caso de abuso en un colegio religioso es emblemático y representa a muchos otros varones victimas. Pero él sí consiguió una sentencia. “Si queres como excepción de esta regla de impunidad a las madres protectoras yo encaro a la justicia siendo varón, blanco y adulto. Igualmente a mí me paso a los 10 años y recién pude encarar el sistema de justicia como mayor de edad. Me puse al hombro la causa con gran esfuerzo, pero el juicio oral y público fue bastante reparatorio. Y ahora apuesto a la militancia colectiva”.

Publicado por Página12 – Suplemento Las12 – Argentina – Luciana Peker – 25/09/15 -

Esta es la realidad que se vive en Chaco, Argentina. La casilla de Cepriano

Cepriano vivió apenas siete meses en una casita hecha de chapas, maderas y techo de nailon. Vivió apenas siete meses en Sáenz Peña, un pueblo del Chaco, junto a sus cuatro hermanos. Una vida cortita, desdeñada. De la que el mundo podía prescindir, indolente. Sin darse cuenta de que el universo se altera en su equilibrio cuando falta una pieza del cuidadosamente delineado rompecabezas de la vida. 
Aunque esa pieza sea una piecita ignota, habitante de los arrabales del mundo, alojada en el olvido, devorada por el fuego del desamparo. Víctima de la ola de inseguridad –por el hambre, por el frío, por la tos, por el agua mala, por las llamas imparables- que asuela a la infancia en las cuevas feudales del norte. 
En las salamancas, donde demonios y brujas tejen los destinos. Y bajan a la Gran Capital vestidos de traje, maquillaje altivo y uñas de color.
El 16 de setiembre a las diez y media de la noche Cepriano se durmió sin saber que su vida terminaría ahí no más, a la vuelta de la esquina de una cuadra sin esquina. En la puerta de una casucha sin puerta. Dicen que su madre fue a buscar azúcar. O a hablar por teléfono. Pero no es importante.
No es importante la ausencia momentánea de la madre cuando el Estado los dejó solos a ella y a sus cinco niños en una tapera con techo de nailon que se enciende a la primera chispa. De un fuego aledaño que encendieron para cocinar porque adentro duermen y no hay lugar para otra cosa. Porque adentro no hay luz y la noche se refugia en la casilla para volver todo negro profundo y sin salida.
¿Los dejó solos el Estado? En el Chaco, donde los pueblos originarios se consumen encerrados en el pedacito de tierra que les conceden hasta que se apaguen. Donde la estructura clientelar no llega a la casa de Cepriano más que con los pibes subsidiados para la leche pero no para que otra vida sea posible. Donde ella seguramente no fue a votar el domingo pero además no era necesaria: el gobernador que gobernará ganó por el 55% de los votos. Trece más que su contendiente. El voto de ella hubiera sido uno más. Y no cambiaba la vida. Ni la de ella ni la de Cepriano, muerto el día anterior, en plena veda electoral.
¿Los dejó solos el Estado? ¿O los colocó en el lugar preciso de las piezas de descarte? En el barrio Ensanche Norte el fuego se veía como un faro en medio de la nada. Los diarios hablan de “la habitación” donde dormía el bebé. La choza no tenía habitaciones. Apenas cuatro chapas sostenidas en cuatro tirantes de madera que enganchan los extremos del nailon que es el techo, donde se embolsa el viento y hacia donde van las chispas, como las mariposas a la luz.
El 19 Cepriano murió. En el Instituto del Quemado de Buenos Aires. Pasó por el hospital de Sáenz Peña. Después a Resistencia. Y fue a morir a la capital.

Cepriano fue alguien un ratito, cuando su nombre apareció, como una vaquita de San Antonio, en un par de diarios del Chaco. Una vaquita que no llegó a atravesar los cinco dedos del sistema para ver si traía un poco de suerte a los destituidos de este mundo. O por lo menos a sus cuatro hermanos de 2, 4, 5 y 6 años que ahora no tienen ni casilla. Y vaya a saber dónde están, con quién, mientras a su madre alguien la llevará hoy de vuelta desde la capital con una cajita donde ahora duerme Cepriano.

Ella, que no tiene ni nombre en las crónicas, seguirá siendo nadie en las orillas del Chaco. Allí donde la gente se cae de la vida a veces. En la provincia del desempleo cero. De los indicadores que desconocen el hambre. De los Ceprianos que se mueren arrasados por el abandono, la indigencia y el fuego. Y de cuya muerte se culpará a su madre, por aquello de la delgadez por donde se corta el hilo.
Habrá que ver de qué se viste la esperanza si es que baja a Buenos Aires.
O tal vez se quede entrampada entre el nailon y las chapas en el barrio Ensanche Norte.

Publicado por  Agencia de Noticias Pelota de Trapo – edición 3010 – APE – 22/09/15 -

México: Hay 46 embarazos adolescentes cada hora en el país

Tiene el Gobierno Federal un gran reto: Instituto Mexicano de la Juventud

Cada hora se registran 46 embarazos en adolescentes en el país, lo cual representa un gran reto para el Gobierno Federal para revertir esa estadística, sostuvo José Manuel Romero Coello.
El director del Instituto Mexicano de la Juventud advirtió que estos datos corresponden a un estudio que se realizó en el 2013, cuando se registraron 406 mil embarazos en mujeres, entre 15 y 29 años de edad. Esto representa, dijo, que son mil 112 embarazos diarios o 46 por hora.

De esta cifra a nivel nacional, en Coahuila se registraron 10 mil 900 embarazos anuales, en adolescentes en el rango de 15 a 19 años de edad.
Hizo hincapié en que hay una diferencia abismal entre los jóvenes que tuvieron sexo con protección y quienes no lo hicieron. Los primeros lograron concluir sus estudios y seguir un plan de vida, mientras que en el caso de quien se embarazó es mínimo el porcentaje terminó su carrera.

REZAGO EDUCATIVO
En México existen 32 millones de personas en rezago educativo, lo que equivale al 85 por ciento del total de jóvenes en el país.
De ese total, 5 millones de personas no saben leer ni escribir. 10 millones de personas, de 15 años en adelante, no concluyeron su primaria y 16 millones de personas, no terminaron su secundaria.
En México hay 38.3 millones de jóvenes, de 12 a 29 años, y en Coahuila son un millón de jóvenes en ese rango de edad.

Publicado por el Diario de Coahuila – Daniel Valdéz – 27/09/15 -


Así amaba Nietzsche a las mujeres Los rechazos amorosos le despertaban una descarga agresiva contra el género femenino.

Friedrich Nietzsche, poco antes de que se publicara ‘Así habló Zaratustra’, de cuya primera edición apenas se vendieron 85 ejemplares. / Archivo

Nietzsche fue un tipo enamoradizo que ejerció a lo largo de su vida una misoginia muy singular. “El hombre ama dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el más peligroso de los juegos”.

Este aforismo lo sacó de sus entrañas y lo puso en boca de Zaratustra después de conocer en Roma a Lou Andreas-Salomé y haber recibido de ella la suficiente cosecha de calabazas. Zaratustra fue el profeta que lanzó la proclama del superhombre, un ejemplar humano que, según la teoría de Nietzsche, debería ser profundamente culto, bello, fuerte, independiente, poderoso, libre, tolerante, a semejanza de un dios epicúreo, capaz de aceptar el universo y la vida como es

Pues bien, este modelo de superhombre aplicado por Nietzsche a sí mismo, en la vida real babeaba ante cualquier mujer atractiva que se pusiera a su alcance y si era rubia y rica la pedía en matrimonio de forma compulsiva, casi como un reflejo condicionado. El consiguiente rechazo le despertaba una descarga agresiva contra todo el género femenino. “Hasta aquí hemos sido muy corteses con las mujeres. Pero, ¡ay!, llegará el día en que para tratar con una mujer habrá primero que pegarle en la boca”. Y una vez vomitada la invectiva literaria, el superhombre quedaba tranquilo.

Su padre fue pastor protestante, de quien recibió una educación muy religiosa y que al morir tempranamente de enfermedad mental dejó a su hijo Friedrich, de cuatro años, tal vez inoculado con el germen de la locura. Durante la infancia y adolescencia del filósofo en Röcken (la actual Alemania), su lugar de nacimiento, estuvo rodeado de un férreo círculo femenino compuesto por la madre Franziska, la hermana Elizabeth, la tía Rosalie y la abuela Erdmunde. Fue un paisaje familiar agobiante, que le dejó unas secuelas de las que no se recuperaría nunca. Además de Lou Andreas-Salomé, una galería de mujeres pasó por su vida, unas como amor platónico, otras a través de una relación epistolar erótica, otras bajo la especie de amor maternal, otras como amor imposible y cada una de ellas formaba una ola sucesiva de un solo tormento. A todas adoraba en la práctica, a todas zahería literariamente y pese a su misoginia, lejos de aborrecerle, ellas se sentían atraídas por su talento y su bondad enloquecida, pero al final siempre terminaban por pararle los pies. Tampoco él estaba muy seguro de su virilidad. Por ejemplo, cuando una de sus amigas, Rosalie Nielsen, lo citó en la habitación de un hotel y comenzó a insinuarse Nietzsche tuvo que huir saltando por una ventana.

Nietzsche estudió Teología en el internado de Schulpforta e imbuido de religión se adentró después en la filología griega en las Universidades de Bonn y de Leipzig. Su cerebro no encontró la forma de asimilar la mezcla explosiva de cristianismo y belleza socrática. Deslumbrado por los mármoles de una Grecia imaginada, se convirtió al paganismo, que le obligó a gritar a los cielos el aforismo famoso: “¡Dios ha muerto!”.
Convencido de que el Crucificado era el adalid de una religión de esclavos,se abrazó a Apolo, el dios de la línea pura, y a Dionisios, el sátiro de la pasión y la orgía, corrientes contrarias que comenzaron a luchar en el interior de su espíritu. A la hora de enfrentarse a una mujer, también se debatía entre el ideal de belleza y la convulsión entusiasta. En este caso siempre ganaba Dionisios, el dios del caramillo y las patas de cabra.

Seriamente enfermo de sífilis, en 1882 Nietzsche abandonó la Universidad de Basilea y repartió su vida errante entre la nieve suiza y el sol de Italia. Fue en Roma, en la mansión de Malwyda van Meysenburg, una famosa feminista alemana, que había abierto un salón literario, donde conoció a Lou Andreas-Salomé.
Esta rusa de 18 años era una joven que después de una adolescencia mística se había propuesto ejercer la libertad a toda costa como una forma de salvación personal más allá de la práctica del feminismo militante. El choque entre esta mujer libre y el misógino recalcitrante fue el esperado. Nietzsche se rindió ante su talento y le pidió matrimonio a primera vista con una declaración cursi y telúrica: “¿De qué astros del universo hemos caído los dos para encontrarnos aquí uno con el otro?” Esta descarga poética solo provocó una sonrisa en aquella mujer extraordinaria, que en ese momento estaba enamorada de Paul Rée, discípulo del filósofo.

Como forma de consolación, Nietzsche propuso vivir con ellos un triángulo estético con un amor traspasado de idealismo pagano en la soleada Capri, con viajes a Niza y Venecia. Tampoco cuajó la idea. Lou Andreas-Salomé fue una coleccionista de amantes famosos, hipotéticos, extraños, entre ellos Rilke y Sigmund Freud. Huidiza e imposible, en esta escalada Nietzsche fue para ella el primer peldaño.
Por otra parte, el paganismo estético de Nietzsche le costó la amistad de Richard Wagner, que recorría el camino contrario. Desde los dioses nórdicos regresaba al cristianismo llevándose con él a su mujer Cósima, otro de los amores imposibles de Nietzsche. Enamorarse de la mujer del amigo era ese juego peligroso que al parecer más le excitaba. El desaire le arrancaba de las entrañas un aforismo cruel.
En la puerta del retrete de un bar de carretera, alguien había escrito: “Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche”. Debajo de este aforismo otro usuario había añadido: “Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios”. Ante este par de sentencias inexorables Woody Allen comentó: “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no me encuentro muy bien de salud”. Es una bonita forma de bajarle los humos al superhombre.


Publicado por elespectador.com -  Manuel Vincent – El País – 26/09/15 -

Ella fue su poesía. 43 años de la muerte de Alejandra Pizarnik.

Desde que nació había muerte en su mirada. Hija de judíos rusos, depresiva y brillante: una de las poetas latinoamericanas más importantes de la historia

Era jueves, una mañana negra de sol. Era 1936 en Avellaneda, un barrio de Buenos Aires. Era 29. El cuerpo de Rejzla Bromiquier se abría como una herida recién hecha, cada contracción llegaba como un trueno. Hacía frío. Había miedo. Fue el primer día en el mundo de Alejandra Pizarnik. No lloró recién salió del cuerpo de su madre, dicen que después de pegarle la acostumbrada palmada tampoco lloró. Abrió los ojos con prematura prepotencia, unos ojos que parecían haber visto la vida en supremo fulgor. Tenía una hermana mayor, Myriam. Su papá era Elías Pizarnik, judío ruso.
“Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable”.
Creció en el mismo barrio en donde nació. Cuando hablaba no sabía pronunciar la erre, parecía una francesa tratando de simular el acento argentino. Odiaba eso. Odiaba su piel con bolas de pus en todo el rostro. Odiaba subir de peso con tanta facilidad como respirar. Odiaba que la compararan con Myriam. El único hoyo de escape para el odio eran las anfetaminas que causaron largos periodos de trastornos del sueño como euforia e insomnio.
1954. Después del tortuoso bachillerato, donde se burlaron de su estatura, su poca feminidad y sus ojos grandes y oblicuos, ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Permaneció como estudiante de la Facultad hasta 1957, tomó cursos de literatura, periodismo y filosofía. No terminó. Abandonó la universidad para estudiar pintura con el surrealista uruguayo Juan Planas.
“Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada”.
París, 1960. Fumaba, la boca le olía a pájaros muertos. Siempre usaba ropa negra, nunca tuvo el cabello largo. Conoció a Ivonne Bordelois, poeta, ensayista y lingüista argentina, que cuenta en el libro “Los Malditos”: “Nos presentó mi tía. Alejandra se vino con todo, camionera, puteando. Se imaginaba que iba a encontrar a una niñita acartonada porque yo era de una familia francesa. Y a mí me causaba gracia porque había en ella un esfuerzo demasiado intenso, algo infantil, en tratar de chocarme. Pero cuando empezamos a hablar de literatura, entendí que ella sabía. Era menor que yo y sabía más que yo. Me di cuenta de que no debía dejarla pasar”.
Vivió hasta el 64 en París. Destruyó su departamento desde todo punto de vista, nunca limpió nada, era un caos de papeles, hacía frío. Era maravilloso escucharla hablar de poesía esas tardes y esas noches: decía cosas que nadie había escuchado antes, que ciertamente jamás se escucharían en la academia. Era agudísima en sus juicios. Tenía un humor increíble, negro, judío, delirante. Destruyó el castellano para crear un nuevo universo: la sonoridad que le encontró a la lengua sigue siendo única. Llevó el lenguaje al límite, luchó contra él hasta el final, puso el cuerpo. Fue amiga de Julio Cortázar, de Rosa Chacel, de Octavio Paz.
“No es la soledad con alas, 
es el silencio de la prisionera, 
es la mudez de pájaros y viento, 
es el mundo enojado con mi risa 
o los guardianes del infierno 
rompiendo mis cartas”.
Regresó a Argentina. Publica los siguientes libros “Los trabajos y las noches”, “Extracción de la piedra de locura”, “El infierno musical” y “Los pequeños cantos” y su libro en prosa “La condesa sangrienta”. Al año siguiente expuso pinturas ingenuas junto a Manuel Mujica Lainez. Cada vez era más triste, se encontró encerrada y atrapada en el recuerdo y la pasión por la irrecuperable infancia y por otro lado una fuerte fascinación ante la idea de la muerte. La muerte aparece en su obra como interlocutora de sus personajes. Es en esa jaula en donde se alojó y de donde florecieron sus desgarradoras poesías.
“Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra”.
Fue una criatura herida, castigada y salvada al mismo tiempo por lo que fue su único oficio, la poesía. Escribió tanto como pudo, amó las letras tanto como las odió. Había días en los que se encerraba en el baño de su apartamento en Buenos Aires y comenzaba a cantar, como un pájaro y pensaba como sería su muerte, y quería morir, intentó morir muchas veces y cuando su escritura no la pudo sostener más, concretó la muerte tan anunciada en sus poesías.
Tenía 36 años. Era lunes en 1972. Era un tarro naranjado, decía Seconal en el papel blanco que tenía adherido, un barbitúrico que deprime la actividad cerebral y se usa en el tratamiento de la angustia y la ansiedad, inhibe el sistema nervioso. Tomó 50 pastillas el 25 de septiembre después de un fin de semana en el que había salido con permiso del hospital psiquiátrico de Buenos Aires, donde se hallaba internada a consecuencia de su cuadro depresivo y tras dos intentos de suicidio.
La muerte se le fue imponiendo como vía de superación de la miseria de existir. Ella fue su poesía.

Publicado por elespectador.com – Camila Builes – 25/09/15 -