sábado, 25 de julio de 2015

Sacerdotisas tribales preservan las semillas de mijo en India

 Sacerdotisas de la comunidad tribal de dongria kondh, en India, realizan un elaborado ritual antes de salir a buscar las semillas de mijo. Crédito: Manipadma Jena/IPS

Un grupo de mujeres en el oriental estado de Odisha, en India, danza rítmicamente y ofrece una canción al dios del bosque a cambio de una cosecha abundante.
Con ollas de barro en la cabeza y sus criaturas espirituales a cuestas -una paloma y una gallina- parten a pie desde Kadaraguma, su pueblo situado en la cordillera de Niyamgiri, en el distrito Rayagada.
"Somos dongria kondhs. Nos vamos a morir sin nuestros cerros y semillas sagradas": sacerdotisa de Niyamgiri.
Pertenecientes a la tribu de los dongria kondhs, habitantes de los bosques que veneran a las colinas circundantes como la morada sagrada de su dios Niyam Raja, estas mujeres son sacerdotisas, conocidas en el dialecto local como “bejunis”.
La ceremonia es la primera etapa de un viaje a un pueblo vecino para recoger una rara variedad de mijo, el alimento básico de la tribu de más de 10.000 habitantes.
En el pasado, el cereal resistente y de alto valor nutritivo se cultivaba en enormes extensiones de tierra en toda India. Aquí, en las colinas de Niyamgiri, los dongria kondhs creen firmemente en los beneficios del mijo y dedican partes de las laderas montañosas a su producción.
Sin embargo, en las últimas décadas el desarrollo industrial y minero en este estado rico en recursos minerales absorbió muchas hectáreas de tierra y relegó a un segundo lugar al cultivo resistente a la sequía.
Un programa público que subsidia al arroz también contribuyó con la merma en la producción y el consumo del mijo, para consternación de las comunidades indígenas que aseguran que su fuente local de alimentos no solo protege su salud, sino que también posee valor espiritual y cultural.
“Somos dongria kondhs. Nos vamos a morir sin nuestros cerros y semillas sagradas”, afirma una de las sacerdotisas en diálogo con IPS.
Decididas a preservar el mijo, las sacerdotisas van de puerta en puerta, de pueblo en pueblo, alentando a sus pobladores a recuperar su singular patrimonio.
La sacerdotisa Dasara Kadraka explica por qué la tribu se dedica a preservar las semillas ancestrales. Crédito: Manipadma Jena/IPS

Un complejo ritual
“Cuando era niña, me enteré de que cosechábamos más de 30 variedades tradicionales de mijo”, recuerda Dasara Kadraka, que con 68 años es la sacerdotisa más veterana de las 22 aldeas que colaboran en la preservación del cereal.
“Hace 10 años se había reducido a 11 variedades, y en la actualidad, solo se cultivan dos”, añadió en diálogo con IPS.
Dasara es oriunda de Kadaraguma, una aldea de 31 casas que desempeña un papel fundamental en la recolección de las semillas, que consiste en un complejo ritual.
A pie, las sacerdotisas visitan aquellos pueblos que cultivan una variedad antigua de mijo. Las mujeres ofrecen la gallina y la paloma a la bejuni local y, a cambio, le piden cuatro medidas de semillas para llenar cuatro cestas de bambú, que se vierten en una tela blanca.
Las semillas se distribuyen luego en partes iguales entre cinco familias de la aldea de las sacerdotisas viajeras, para que las siembren en junio. Gracias a la lluvia, la cosecha resultante en diciembre equivale, en promedio, a 50 veces la cantidad de semilla sembrada.
Como pago, las sacerdotisas les entregan ocho canastos del cereal a sus vecinos, el doble de las semillas que recibieron al principio.
Las noticias sobre las variedades poco comunes de semillas se pasan de boca en boca. Miembros de la comunidad dom, vecina de los dongria kondhs, actúan de mensajeros.
Las visitas de los doms a localidades lejanas permitieron recientemente la preservación de dos especies de mijo en desaparición: el “khidi janha”, emparentado con el sorgo, en el pueblo de Jangojodi, y una versión del mijo cola de zorra, llamado “kanga-arka”, en la aldea de Sagadi.
El puré de mijo se transporta en recipientes de calabaza que mantienen una temperatura estable, incluso al sol. Crédito: Manipadma Jena/IPS
Hábitos locales, dietas saludables
Hace 60 años el mijo ocupaba 40 por ciento de las tierras cultivadas con cereales en India. En la actualidad, esa cifra cayó a apenas 11 por ciento.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) revela que la producción de mijo comenzó a descender con el cambio de milenio, y que los niveles en 2010 apenas superan los de 1990.
En Niyamgiri, las cifras son peores.
“El plan del gobierno que fomenta cultivos comerciales como el ananá, la cúrcuma y el jengibre en la comunidad dongria kondh invadió 50 por ciento de las tierras dedicadas al mijo en los últimos 15 años”, aseguró Susanta Kumar Dalai, un voluntario del sector social que trabaja con la tribu.
Como el mijo crece bien en entornos adversos, prospera en condiciones de sequía y no requiere de riego más allá de la lluvia habitual, las comunidades rurales no se explican la decisión del gobierno que pretende limitar su producción.
El mijo también aporta altas cantidades de proteínas, vitamina B y minerales como magnesio, potasio, zinc y cobre a los pueblos tribales, y llena vacíos nutricionales que no se pueden complementar con otros alimentos más costosos.
La desnutrición en Niyamgiri es común, y el hambre extrema, que el gobierno mide según su referencia de una ingesta diaria de 2.400 calorías, alcanza a 83 por ciento de la población.
Los lugareños aseguran a IPS que las prácticas agrícolas tradicionales, como los cultivos mixtos y los hábitos alimenticios antiguos, podría resolver muchos problemas.
“Cuando teníamos más variedades de mijo sembrábamos hasta nueve cereales y lentejas diferentes en una parcela”, explica Krusna Kadraka, de 53 años y jefe de la aldea de Kadaraguma.
Al momento de la cosecha, cada casa tenía varias “gulis” (cestas de bambú con capacidad de hasta 200 kilogramos) llenas de cereales.
Ahora que las variedades de cereales son remplazadas por monocultivos como el arroz, 27 de los 31 hogares del pueblo apenas cosechan dos gulis de granos al año en sus parcelas individuales de una hectárea.


Un grupo de sacerdotisas discuten sus planes antes de salir en busca de las variedades de mijo en “desaparición” en un pueblo en el este de India. Crédito: Manipadma Jena/IPS

El sistema de castas cerealero
Mankombu Sambasivan Swaminathan, un destacado genetista de 88 años, dijo a IPS que India desarrolló una “jerarquía de los granos”, por la cual el arroz blanco –un cultivo lucrativo para los empresarios que venden fertilizantes y una importante fuente de ingresos fiscales producto de la exportación- es considerado superior a los cultivos más tradicionales.
Ante la insistencia de Swaminathan, el mijo será incluido en el sistema público de distribución de alimentos, que entrega cereales subsidiados a dos tercios de los 1.200 millones de habitantes de India, alimentando a 820 millones de personas.
Aunque el sistema está plagado de corrupción, convirtió a grandes poblaciones rurales en consumidoras de arroz y relegó al mijo al lugar de grano “ordinario”, destinado a convertirse en forraje para el ganado y no en alimento básico para los seres humanos.
Swaminathan subraya que no solo quiere que el gobierno de India reconozca al mijo, sino que pretende que la Organización de las Naciones Unidas dedique un año internacional a lo que él llama el “cultivo huérfano” porque, aunque antaño fue muy popular, ahora está  abandonado por un sistema cada vez más globalizado e impulsado por las exportaciones.
Esa medida podría ser justo lo que necesita India, que tiene una de las tasas más altas de hambre en el mundo. Según la FAO, 194,6 millones de personas están “desnutridos” en este país.
La Organización Mundial de la Salud calcula que 1,3 millones de niños y niñas mueren de desnutrición cada año en India.
Este reportaje forma parte de una serie concebida en colaboración con Ecosocialist Horizons.

Publicado por IPS -  Niyamgiri (India) – Manipadma Jena -  24/07/15 -
  


Orgullosa de ser mujer afro transgénero

Se llama Candelaria, como el barrio que primero la acogió.

“Soy la única chica trans luchando en el tema de la diversidad con enfoque afro”. Así se describe Michell Candelaria, la activista que se posesionó a finales del año pasado como consejera consultiva de educación LGBTI para asesorar en esta área al alcalde de Bogotá, Gustavo Petro.
Además del activismo, se ha dedicado al arte, la gastronomía y la dirección de cine documental. No obstante, confiesa que su vida ha sido una constante batalla contra las dificultades que le han supuesto tres realidades que, a sus ojos, todavía necesitan reivindicación: “el ser mujer, trans y negra”.
Nació hace 29 años en Cali y fue registrada bajo el género masculino (‘M’) como Michael Vásquez Higuera, lo que aún duda modificar con la nueva ley que agiliza el cambio de género, pues en su opinión deberían existir otras categorías como la de trans (T) que es con la que ella realmente se identifica.
Vivió su infancia en el seno de una familia proveniente de Puerto Tejada, Cauca, al lado de un hermano mayor y una melliza que, a diferencia de ella, nació con la anatomía de una mujer y fue tratada como tal.
Se convirtió en desplazada a una edad muy temprana, debido al fuerte desarrollo de su verdadera identidad. “La gente me veía como un niño femenino… y esto me generó muchos problemas con mi papá, por lo que a los 11 años me fui a vivir a Cartagena con una tía”.
Siendo adolescente comenzó a maquillarse y a vestirse como mujer, lo que nuevamente le trajo inconvenientes con las personas que no entendían su situación, pero Michell se hizo fuerte y con el apoyo de MBI, una misión católica suiza-alemana, continuó sus estudios sin renunciar a su identidad.
Así, en Cartagena hizo algunos semestres de artes escénicas y después de viajar por un tiempo en Perú y Ecuador –pues se declara una mochilera apasionada–, estudió cocina en el Sena. Poco después se trasladó a Turbaco, Bolívar, pero fue exiliada por las constantes amenazas de un grupo paramilitar de la zona.
En el 2009, Michell llegó a la Candelaria de Bogotá y encontró allí el único lugar del país en el que se ha sentido cómoda y poco juzgada. De ahí que tomara el nombre del barrio histórico para completar el seudónimo con el que ahora se da a conocer.
A su llegada buscó reconectarse con sus raíces africanas y se vinculó al Colectivo de Estudiantes Universitarios Afrocolombianos (CEUNA), lo que le permitió acercarse al mundo de la política y de los movimientos por la igualdad social, aunque también se reencontró con el machismo del que había huido toda su vida. “Las chicas del colectivo se me acercaban, pero los chicos no sabían cómo establecer una relación conmigo”.
Entonces, aprovechando un congreso de reivindicación étnica en Quibdó, se armó de valor para llamar la atención de los asistentes sobre lo que estaba viviendo con los de su misma raza, y recuerda haberles dicho: “Compañeros, no tiene sentido que estemos luchando contra una discriminación racial si excluimos al otro y a la otra por su diversidad sexual y de género”.
Desde ese momento supo que su batalla sería aún más segmentada y que se enfocaría en un grupo más reducido, pero con mayores índices de marginalización, el de las mujeres afrodescendientes transgénero.
Ahora se ha convertido en una autoridad en el tema y hace parte de la Colectiva Transpopulares que brinda apoyo a personas que, como ella, buscan ejercer un rol diferente al que socialmente se les ha impuesto, es decir, el de prostituta o peluquera.
Igualmente, asesora al gobierno local para que se formulen políticas adecuadas de educación LGBTI étnica no solo en las instituciones educativas, sino en todo el contexto sociocultural, con el fin de que se entiendan los discursos de diversidad y se logre el reconocimiento de cualquier forma identitaria.
Así es como Michell defiende el orgullo de ser quien es y, día a día, sin perder la alegría que la caracteriza, recuerda su ideal libertario a sus camaradas de causa, el de “no someternos a lo que la sociedad quiera ni como mujeres, ni como negras, ni como trans”.
Publicado por KIEN&KE – 20/07/15 -


Núcleo de Mujeres Jóvenes lanza la campaña de enfrentamiento a la violencia

La campaña "No me calle, ni me culpe. #merespeitaae” es una iniciativa que pretende ser innovadora para el enfrentamiento de la violencia contra las mujeres, pues aborda las particularidades de las violencias sufridas por las mujeres jóvenes.

Apostando a la metodología del diálogo de joven a joven, la Casa de la Mujer Trabajadora (Camtra) trae una propuesta dinámica compuesta por videos, clip musical y pieza de teatro.
El foco de la campaña "No me calle, ni me culpe. #merespeitaae” es la violencia sexual y el asedio, un tipo de violencia muchas veces ignorado y legitimado por la sociedad. Evidenciar el sufrimiento causado por el asedio y cómo esa práctica viola los derechos y la libertad de las mujeres es uno de los objetivos del proyecto.
Dialogando con otras violencias, como la lesbofobia y el racismo, la campaña busca también mostrar cómo diferentes mujeres son agredidas y asediadas de diferentes formas.
El objetivo principal es contribuir para que otras mujeres jóvenes puedan identificar las diversas formas de violencia existentes, aumentar el conocimiento de sus derechos y conocer formas de luchar por ellos.
Los materiales audiovisuales de la campaña están en el sitio web de la institución:www.camtra.org.bry en el canal YouTube: CAMTRA Casa de la Mujer Trabajadora


Publicado por Adital Joven – Brasil – 24/07/15 -

Las mujeres saharauis toman la calle

 De izquierda a derecha, Fátima Hamimid Aza Amidan y Rabab Lamin, tres integrantes del Foro para el Futuro de la Mujer Saharaui, en un lugar de El Aaiún sin especificar. Crédito: Karlos Zurutuza/IPS

Diez mujeres han discutido durante toda la jornada sobre cómo transmitir la cultura y tradición saharauis a las más jóvenes. Como siempre, se han reunido en secreto. No hay alternativa en la capital del Sahara Occidental ocupado por Marruecos. 
Rabab Lamin fue la encargada de fijar el lugar y la fecha de este último encuentro del Foro para el Futuro de la Mujer Saharaui. Puede tratarse de una organización clandestina pero, aparentemente, está perfectamente vertebrada.
“Empezamos a organizarnos en 2009 y hoy contamos con 60 miembros activos, un comité ejecutivo de 16 y centenares de colaboradores”, explica Lamin, madre de un preso político. El objetivo, añade, es “la reivindicación los derechos fundamentales del pueblo saharaui a través de la lucha pacífica”.
“Nos golpean y detienen, entran en nuestras casas y se llevan a hombres, mujeres, e incluso niños menores de 15 años… Aquí no conocerás a ningún saharaui que no haya sido maltratado por la policía, ni familia que no haya perdido a uno de los suyos”: Aza Amidan.
“Nací con los españoles”, recuerda a IPS esta mujer de 54 años, que asegura “no haber conocido más que brutalidad” a manos del gobierno marroquí.
Precisamente, este año se cumplen cuatro décadas desde que España abandonara Sahara Occidental, su última colonia, en manos de Marruecos y Mauritania.
Si bien Rabat insiste en que este territorio del tamaño de Gran Bretaña no es sino su provincia más meridional, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sigue considerándolo como un “territorio en proceso de descolonización inconclusa”.
Desde el alto al fuego firmado en 1991 entre Marruecos y el Frente Polisario – la autoridad que la ONU reconoce como representante legítimo del pueblo saharaui-, Rabat controla la casi totalidad del territorio, incluida la orilla que baña el océano Atlántico.
Únicamente una exigua franja desértica, al otro lado del muro construido por Marruecos, permanece bajo control saharaui. Allí proclamó su independencia en 1976 la República Árabe Saharaui Democrática, que actualmente reconocen 82 países.
La catástrofe más conocida de este conflicto aún sin resolver fue el exilio de la casi la totalidad del pueblo saharaui al desierto de Argelia. Los que se quedaron siguen sufriendo las consecuencias de su decisión.
“Nos golpean y detienen, entran en nuestras casas y se llevan a hombres, mujeres, e incluso niños menores de 15 años… Aquí no conocerás a ningún saharaui que no haya sido maltratado por la policía, ni familia que no haya perdido a uno de los suyos”, asegura Aza Amidan, hermana de un preso político.
La activista de 34 años añade a IPS que la propia fundadora y actual lideresa de la organización, Zukeine Ijdelu, pasó 12 años en la cárcel.
En un informe publicado en mayo, Amnistía Internacional califica la práctica de la tortura en Marruecos de “endémica” y sitúa a los disidentes políticos saharauis en el principal grupo de riesgo. Asimismo, acusa al gobierno marroquí de “proteger a los torturadores, y no a los torturados”.


Mujeres saharauis participan en una de las múltiples protestas en El Aaiún, la capital de Sahara Occidental. Crédito: Equip Media
Precisamente, una de las labores principales del Foro de la Mujer Saharaui es la asistencia moral y económica a aquellas que han sufrido la cárcel, tanto en persona como la de sus seres más cercanos.
“Hacemos colectas entre la comunidad para ayudar a las afectadas porque la mujer es siempre la que más sufre, tanto si la detienen a ella como a sus familiares; ellas son las que han de sostener a la familia, con o sin sus maridos”, señala Amidan.
A pesar de numerosas llamadas telefónicas y correos electrónicos, las autoridades marroquíes se negaron a responder a las preguntas de IPS sobre éstas y otras vulneraciones de los derechos humanos presuntamente cometidas en Sahara Occidental.
Asimilación
A sus 62 años, Fátima Hamimid es una de las activistas más veteranas del Foro. La tortura, dice, es algo que se puede llegar a superar. Pero hay otros agravios que resultan “irreparables”.
“El taller de hoy buscaba concienciar a las nuevas generaciones sobre la asimilación cultural de nuestro pueblo a manos de Rabat. Marruecos busca negar nuestra existencia borrando nuestra propia historia incluyéndola en la suya propia”, denuncia a IPS.
Puede que la ausencia en la educación y la administración del hassanía -la variante del árabe que hablan los saharauis- sea uno de los ejemplos más elocuentes de esas políticas.
No obstante, la activista habla también de otros más recientes, como la prohibición de levantar la tienda tradicional saharaui, el acoso a las mujeres por su vestimenta, fácilmente distinguible por su colorido, o el veto a poner a los recién nacidos nombres que se asocian a los de disidentes históricos saharauis.
 “Esta es otra de las razones que nos impulsa a organizar y tomar parte en manifestaciones”, subraya Hamimid. Las protestas pacíficas, explica, son otro eje de actuación importante de este colectivo
Pero no está exento de riesgos. En su Informe Mundial de 2015, Human Rights Watch denuncia que en Sahara Occidental las autoridades prohibieron “todas las reuniones públicas consideradas hostiles a la norma impugnada de Marruecos sobre ese territorio”.
Asimismo, esta organización humanitaria, con su sede central en Nueva York,  destaca la “gran cantidad de policías que bloquearon el acceso a los lugares de las manifestaciones” así como la dureza empleada para dispersarlas.
Circunstancias como esta son las que llevaron a Takbar Haddi a realizar una huelga de hambre durante 36 días frente al Consulado de Marruecos en Gran Canaria, la mayor de las españolas Islas Canarias, situadas frente a las costas del Sahara. La protesta culminó en junio con la hospitalización de la activista.
Haddi sigue exigiendo que le entreguen el cadáver de su hijo, Mohamed Lamin Haidala, apuñalado en febrero en El Aaiún, y que se investiguen tanto las circunstancias del crimen como la presunta negligencia de los médicos que le atendieron.
Familiares cercanos aseguraron a IPS que habían rechazado una oferta económica de Rabat a cambio de su silencio.
“Hay quien piensa que ser libre es, simplemente, no estar en la cárcel, o no ser torturado”, explica Hamimid, apurando la última de las tres tazas de té que marca la tradición saharaui. “Nosotras, las mujeres saharauis, entendemos el concepto en su totalidad”, sentencia.
Publicado por IPS – El Aaiún – Sahara Occidental – Karlos Zurutuza – 20/07/15 -





Las mujeres que aprendieron a defender su clítoris


 Dos mujeres de la comunidad embera-chamí. / FREDDY CABARCAS (UNFPA COLOMBIA)

La comunidad embera-chamí lucha por erradicar la ablación en Colombia, el único país americano donde se ha registrado esta práctica. Autoridades gubernamentales e indígenas optan por una transformación cultural que durará décadas.

Norfilia Caizales no supo que le faltaba una parte de su cuerpo hasta hace unos años. Fue una buena mujer desde niña. Su madre le enseñó a moler maíz, a amasar arepas y a cargar con la casa, pero no a tener hijos. Con eso se encontró después. Su aparato reproductivo fue siempre un misterio, no sabía qué era la regla ni dejó que su esposo la tocara hasta que, confusa, un mes después de casarse fue a ver a un cura que la consoló cuando le dijo que el contacto dentro del matrimonio no es pecado.
Las mujeres embera-chamí viven escondidas de su propio cuerpo. Es sagrado, como una flor que se marchita si ve la luz. Es un objeto frágil del que salen las criaturas que mantienen viva la comunidad. Dentro de esta reserva, donde la tradición es la ley, las mujeres de esta etnia han perpetuado con naturalidad durante siglos, no se sabe cuántos, una práctica que nadie sabe con exactitud cuándo empezó a practicarse en América: la ablación de clítoris.
En 2007, los embera-chamí rompieron un conjuro, una especie de mal de ojo. Ese año, una niña falleció en el hospital de Pueblo Rico, en el departamento de Risaralda, en el centro de Colombia, donde viven unos 25.000 emberas. Esa muerte puso al país, y al continente, en el mapa de la mutilación genital femenina, que se pensaba restringida a África y Asia. El médico que atendió a la niña se dio cuenta de que le faltaba el clítoris. El caso abrió la caja de los horrores. Aparecieron otras niñas mutiladas y se supo que la mayoría de las mujeres de esa comunidad lo estaban. La sociedad volteó a ver a estos indígenas. Los llamaron salvajes, impíos, violentos y empezó la lucha por su erradicación.
Norfilia Caizales no sabía tampoco que la parte que faltaba en su cuerpo era el clítoris. No sabía para qué sirve ni para qué se lo quitaron. Ahora, con una lucidez deslumbrante, casi revolucionaria, quiere ser partera para que ninguna otra niña vuelva a pasar por esto en Colombia.

Las parteras

Una partera escucha una conferencia sobre los derechos de la mujer y los peligros de la ablación de clítoris durante un taller en Colombia. / F. CABARCAS (UNFPA)
Las parteras son las mujeres que ayudan a las embarazadas a traer niños a la vida. Son, por su sabiduría, un tipo de autoridad para los indígenas similar, aunque inferior, al sus médicos, que llaman jaibanás. Ellas saben qué debe comer una mujer encinta para que el bebé crezca sano y cuerdo. Saben cuál es el proceso del parto y qué preparado de hierbas y remedios aplicar en cada momento, algo que mantienen en secreto. Y saben también que a la mayoría de las mujeres embera-chamí les falta el clítoris, aunque nunca lo hubieran llamado así.
El cuerpo de la mujer es tan privado que el sexo solo se da en la oscuridad y los hombres no pueden ver cómo nacen sus hijos. La embarazada se arropa en su madre, su abuela y la partera. Solo ellas saben cómo hacerlo y, cuando llega el momento, se transmiten el conocimiento de generación en generación. “Mi mamá me enseñó que para tener el bebé tenía que abrir las piernas, poner mi mano y esperar. Unos 20 minutos, hasta que el ombligo se vacía. Entonces lo cortas y haces el nudo”, cuenta en una cafetería de Bogotá una desplazada que tuvo a sus hijas sola, en el baño de su casa, lejos de todo, en alguna de las veredas de Pueblo Rico hace tres lustros. Ni siquiera las parteras alcanzan a llegar a todos los nacimientos. El centro de salud más cercano puede estar a algunos días de viaje, un camino que comienza a pie o sobre el lomo de algún animal en la selva, donde viven en tierras comunitarias, y sigue por carretera. Ella hace oidos sordos cuando se le habla de la “curación”. Así se refieren a la mutilación.
El libro Embera Wera, que recoge las experiencias de cuatro años de proyectos para fomentar la emancipación de las mujeres de esta comunidad entre 2007 y 2011, explica que las embera tienen una relación muy fuerte con su cuerpo y el de sus bebés. Los recién nacidos son examinados minuciosamente para alertar de cualquier malformación. Las parteras prestan especial atención al clítoris de las niñas: “si sobresalía de los labios mayores, era cortado por la partera porque así se garantizaba una madurez normal”, explica el libro, basado en declaraciones de las mujeres involucradas. En cuanto a las herramientas, citan tijeras, cuchillas de afeitar... algo capaz de dejar un corte limpio que se sana, si cicatriza, con una combinación secreta de hierbas.

Entre la historia y el mito

El origen de la ablación en Colombia oscila entre la historia y el mito. La duda de que sea una costumbre ancestral perdura, pero la mayoría de las versiones dicen que fue algo que vino, antes o después, durante la colonización. Víctor Zuluaga es historiador retirado de la Universidad Tecnológica de Pereira y ha trabajado en las comunidades embera-chamí de Risaralda desde los años 70. Desde entonces, recoge relatos e historias sobre sus orígenes y sus tradiciones. Cuenta que en el siglo XVII, cuando los colonos ya habían tomado el control de la mayoría de pueblos indígenas, los chamí se mantuvieron indomables. Eran un pueblo casi nómada que vivía más de la caza y de la pesca que de la agricultura o la minería. La salida que encontraron para ellos fue, pues, el camino: los usaron para trasladar carga entre la costa y las montañas. Su trayecto pasaba por Tadó, un pueblecito riquísimo en oro actualmente en el departamento del Chocó, donde trabajaban cientos de esclavos africanos. Cuando coincidían los domingos, a veces también en sábado, los indígenas y los esclavos tenían “un pequeño espacio de libertad” donde compartir costumbres y rituales.

 Grupo de mujeres embera al lado de una de sus casas / F. CABARCAS (UNFPA)
Esos esclavos, que venían de Malí y también estaban acostumbrados a que los hombres pasaran mucho tiempo fuera de casa, les enseñaron a los embera, que llegaban a pasar dos otres semanas dando caza a un animal perdidos en la selva, a controlar la libido de sus esposas. “La 'curación' tiene el sentido de poner a la mujer en una posición tal que no pueda cometer infracciones como las contorsiones o la infidelidad. Ellos hablan mucho en el término brinconas. Es curarlas de ese mal. El clítoris es ahí el centro: algunas sectas cristianas lo llaman el timbre del infierno”, explica Zuluaga.
La primera vez que oyó hablar de la ablación fue en los años setenta, cuando una partera le dijo que dos o tres meses después de que naciera la niña le quitaban “la cosita”. “Se coge una puntilla, se pone en las brasas y cuando está roja, lo colocamos y lo quemamos”. El profesor refleja la cara de pasmo que se le quedó en el momento de esa conversación. “Lo oí como testimonio de una persona que lo practicaba y no dimensioné ni creí que pudiera ser una costumbre viva. Creí que era algo que pasaba en el pasado”.

Erradicación con empoderamiento

Alberto Wazorna es embera-chamí y era consejero mayor de los indígenas de Risaralda en 2007. Fue uno de los abanderados en la transformación cultural que ha experimentado la comunidad en los últimos ocho años. Se siente un privilegiado por haber podido presenciar el desvelo. “Fue precioso ese proceso en el cual la mujer se daba cuenta que una práctica que ella consideraba cultural estaba haciendo daño a las niñas de la comunidad. Aprendimos que la tradición debe generar vida y no dolor y muerte”, cuenta sentado en una silla de biblioteca infantil de Mistrató, otro de los municipios de Risaralda donde ha habido muertas por mutilación en los últimos años, durante un taller en el que los jóvenes embera se forman para ser los líderes del futuro en sus comunidades.

Conversaciones sobre la ablación

Mujeres embera con sus bebés. / F. CABARCAS (UNFPA)
La habitación del hostal es pequeña y oscura y las esquinas no forman ángulos rectos. Esto, junto con las dos camas que no dejan espacio para pasar, da una sensación de desorden, pero las almohadas de flores, por viejas que sean, dan cierta calidez a la estancia que ocupan mientras están en Mistrató, la capital del municipio colombano donde se encuentran sus comunidades remotas, durante los días que dura la escuela de formación indígena. Las mujeres hablan de ellas, de sus cuerpos y de la mutilación abiertamente, entre risas.
Wazorna insiste en que los primeros sorprendidos fueron ellos, los hombres: “Nosotros no sabíamos nada”, repite el ahora consejero de laOrganización Nacional de Indígenas de Colombia (ONIC), “en términos de comunidad nos trajo un conflicto muy complicado. Nos tocó afrontarlo”. Desde que se destapó una comisión de organismos estatales (encabezados por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF) e internacionales (quien asumió el papel fue el Fondo de Población de Naciones Unidas de Colombia, UNFPA) se echó a la tarea de la concienciación y la transformación cultural. Fueron barriendo la selva para llegar a todas las veredas de todas las laderas de esa zona andina, especialmente en los municipios de Pueblo Rico y Mistrató (Risaralda), donde se han registrado más casos de ablación. Organizaron talleres y charlas con las mujeres, especialmente las parteras, para trasladarles la preocupación. Hoy, el ICBF dice tener unas 30 parteras de su lado, comprometidas a no continuar con la práctica y a difundir los esfuerzos por abolirla. La ONIC calcula que se han reducido en un 80% el número de casos, pero no hay manera de demostrar estas cifras, puesto que ni antes ni ahora existen registros de la ablación. Todos saben que una cultura de siglos no cambiará sinó en generaciones.
El trabajo, que busca concienciar más que punir, pasa porque las mujeres tengan un papel más importante en sus comunidades. Que formen parte de los entes de gobierno. Que den su palabra. Las leyes colombianas no contemplan la prohibición. Solo a nivel comunitario existe una pena de 24 horas de cepo y tres años de trabajos forzadas para las mujeres que se descubra que han participado en una ablación. Delfín Arce, consejero mayor de los indígenas de Risaralda, afirma que en los últimos años unas 300 mujeres han pagado su pena en ese departamento, algo que tanto el ICBF como el UNFPA como la propia ONIC consideran no solo contraproducente, sino injusto para ellas: víctimas no solo de la mutilación y sus consecuencias y de la discriminación social dentro de las comunidades, sino también del estigma de perpetuar una tradición violenta y peligrosa.
Los representantes de las instituciones en el diálogo por la supresión colocan en octubre de 2012 el hecho más importante en el camino por la erradicación que, asumen, tardará décadas en llegar a su objetivo. En una cumbre de autoridades del Estado, indígenas y no indígenas, se prohibió por primera vez de manera oficial la mutilación genital femenina. “La cultura debe generar vida, no muerte”, fue la conclusión que sacaron del encuentro. Llevaban cinco años intentando impulsar el cambio, pero antes tenían y tienen que suprimir la desigualdad.

Preocupaciones de la mujer emberá

Una mujer carga a su bebé en una vereda en Colombia. / F. CABARCAS (UNFPA)
§  “Las mujeres muchas veces mueren de parto y algunas niñas a causa de la curación”.
§  “Si la mujer no puede tener hijos o se manda arreglar para no tener hijos el hombre le pega porque cree que lo va a engañar”.
§  “En Pueblo Rico y Mistrató están dando las niñas a los 10 o 12 años para matrimonio siendo que aún está como niña y eso es como violación”.
§  “A las mujeres nos pegan con machetes, con palos y los hombres amenazan que si las denuncian, las van a acabar, por eso no han podido dejar castigar a sus esposos porque las dejan o las matan”.
§  “Si una compañera queda viuda, se le daña la mentalidad y se va para Bogotá a mendigar diciendo que son desplazados”.
§  “Si la planificación avanza la comunidad no va a resultar a futuro (...) Las mujeres están colocando dispositivos con eso está produciendo cáncer en la matriz, las pastillas están generando problemas, dificultades en la salud. No es permitido seguir planificando con los métodos occidentales, sí hacerlo con los tradicionales para cuando quiera tener más hijos que el otro esté mayorcito. Ahora el marido impone cuántos hijos van a tener”.
§  “Se presenta maltrato físico, maltrato verbal y abuso sexual entre las parejas y al interior de la familia; que algunos hombres no respetan a las mujeres y que la embriaguez frecuente de muchos de ellos hace más grave la situación”.
§  “En los casos de maltrato las mujeres nos quejamos con el gobiernador o la autoridad y ellos castigan a los dos esposos sin tener en cuenta que las mujeres no tienen culpa y en caso de borrachera con amenazas a las muejeres no se aplica la sanción”.
Las citas reflejan las inquietudes de un grupo de mujeres que se reunieron en 2009 con las autoridades indígenas de Risaralda con el objetivo de marcar las líneas de trabajo para empoderarlas y asegurar sus derechos. En esa reunión, celebrada en el marco del proyecto Embera Wera iniciado en 2007 por el CRIR, la ONIC y UNFPA para emancipar a las mujeres de esta comunidad, ya se prohibió a nivel regional la mutilación genital femenina.

Publicado por “El país” – colombia -  ALBA TOBELLA M. Mistrato – Mistrato (Colombia) – 20/07/15




La Policía británica aplica por primera vez una orden que protege de la mutilación genital femenina

Las autoridades de Reino Unido han aplicado la primera orden de protección de la Mutilación Genital Femenina (MGF) de acuerdo a una ley aprobada recientemente, según ha informado en un comunicado la Policía de Bedfordshire, responsable de esta operación.

La orden fue dictada por un tribunal de Bedfordshire e impide el viaje de dos niñas a las que la Policía considera en riesgo de ser llevadas a África para la ablación.
La nueva ley que entra hoy en vigor permite a las autoridades retirar los pasaportes a aquellas personas sospechosas de llevarse a niñas al extranjero para mutilarlas. La Policía recuerda que violar esta orden supone cometer un delito penal.
"Esta legislación supone un paso hacia adelante realmente positivo en la lucha contra este horrible y cruel crimen, y estamos muy contentos de haberla hecho cumplir hoy mediante la emisión de una orden de protección", se ha congratulado el inspector detective jefe de la Unidad de Protección Pública, Nick Bellingham.
"Ahora que los niños empiezan las vacaciones de verano, continuaremos usando esta ley cuando necesitemos impedir que se saquen niñas del país en riesgo (de ser mutiladas)", ha añadido Bellingham. "Es abuso de menores y haremos todo lo que esté en nuestra mano para garantizar que las niñas estén seguras y que los responsables sean capturados", ha advertido.
La MGF es un proceso en el que se extirpa parcial o totalmente los órganos genitales externos femeninos por razones no médicas. Se estima que más de 20.000 niñas menores de 15 años en Reino Unido están en riesgo de ser mutiladas cada año, aunque muy pocos casos han sido registrados por el momento.
Entre las señales que incluyen la posibilidad de que una niña haya sido sometida a esta práctica se encuentran una larga ausencia escolar, problemas de salud incluyendo los menstruales y los de vejiga, quejas por el dolor que le producen sus pantalones y cambios en su comportamiento. Además, las niñas suelen decir que las han llevado a una ceremonia especial o que les ha ocurrido algo ya que no se les permite hablar sobre el asunto.
"Un cambio en la ley no es suficiente por sí mismo para terminar con esta barbaridad. Pido a todo el mundo que sospeche que una niña puede estar en peligro de MGF que contacte inmediatamente con la Policía", ha concluido Bellingham.
Publicado por teinteresa.net – EUROPA PRESS -  Londres - 17/07/15 -