lunes, 29 de abril de 2013

“No como para verme flaca y estar linda”.


Los trastornos alimenticios, entre ellos la bulimia, la anorexia y la vigorexia, alcanzan al 44% de la población argentina de entre 9 y 55 años, afectando a mujeres y hombres.



Después de Japón, Argentina es el país con mayor incidencia en trastornos alimenticios de acuerdo con un estudio de la Red Interhospitalaria de Trastornos de la Alimentación (Rihta), que depende de la Secretaría de Salud de la Ciudad de Buenos Aires.

En Argentina hay más de 10 fundaciones que se dedican a tratar los desórdenes alimenticios, una de ellas es la Asociación de Lucha Contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba) con su Sede Central en Buenos Aires y subsedes en nueve provincias del país.


Según indicó a UNO la jefa de Prensa de Aluba, Flavia Tomaello, actualmente están atendiendo unos 500 pacientes por año, las principales enfermedades son: bulimia, anorexia, vigorexia y a veces obesidad. “Lo más alarmante es la franja de edades, que varían desde los 9 a los 55 años, aunque hay más chiquitos”.


Hay que destacar que hace 10 años, los desórdenes alimenticios se relacionaban solo con adolescentes mujeres, pero en la actualidad afecta a personas de todas las edades, inclusive a hombres.


Diana, de 24 años, que concurre hace un mes a Aluba Subsede Paraná habló con UNO y afirmó: “No como para verme flaca y estar linda”. Esa frase no tan solo la enuncia la joven, sino que es repetida sistemáticamente por la mayoría de las personas en Argentina. La relación inmediata entre delgadez, belleza y éxito es la causa principal de estos trastornos.


Según el informe de Aluba, cuatro de cada 10 hombres o mujeres en el país sufren un desarreglo alimenticio. En el mundo, tienen anorexia y bulimia 8 millones de mujeres y 2 millones de hombres. La principal preocupación de la comunidad que atiende estos trastornos es la disminución en la edad de inicio.


“Tenemos casos de niños que no quieren comer en el jardín de infantes o niñas de 6 o 7 años con síntomas clarísimos de anorexia. En las conversaciones familiares más triviales se les da una importancia desmedida a temas relacionados con el peso, y los hijos escuchan. Cuando el chico tiene una predisposición a desarrollar una patología, esto no ayuda”, señaló la licenciada en Psicología Lorena Moine integrante de Aluba Subsede Paraná.


Justamente la fuerte presión social, el prototipo raquítico de modelos, llamadas “Chicas de alambre”, los pequeños talles exhibidos en todas las vidrieras y el mensaje publicitario de que la delgadez hace a la felicidad son algunos de los factores que llevan a que la gran mayoría de la población argentina quiera estar más flaca. “Cada uno puede tener el cuerpo que quiera pero lo que no está bien es dejar de comer o purgarse por medio de vómitos”, sostuvo en diálogo con UNO la directora y fundadora de Aluba, la médica Mabel Bello.


“Ya no limpio más vómitos”
Felicitas, de 53 años, relató a UNO la guerra contra la bulimia de su hija Viviana que empezó hace siete años, y ahora está cerca de que le den el alta, el combate implicó atravesar innumerables batallas que le consumieron casi todas sus fuerzas. Sin embargo, Felicitas nunca bajó los brazos y hoy cuenta su historia para que otros padres estén preparados.


“A mí me faltó mucha información”, señaló Felicitas, haciendo hincapié en la terrible desolación que sintió cuando a los 15 años de su hija, una compañera del colegio la llamó para decirle que Viviana se escondía para comer.


“Ella siempre fue delgada, y el pediatra decía que era normal. Pero un día revisé el tacho y encontré los vómitos”, contó Felicitas, que en su desesperación compró todos los libros que encontró sobre trastornos alimenticios.


No sabía qué hacer, qué decir, ni a quién consultar. Su hija empezó a usar ropa más holgada y de color negro, hacía compras compulsivas de comida, tuvieron que sacar todos los espejos de la casa porque ella no quería mirarse y hasta fue a hablar al colegio para que la ayudaran a controlarla con los vómitos.


“Viviana mide 1,57 y llegó a pesar 28 kilos”, recordó Felicitas, quien a su vez también empezó un proceso de transformación personal, acompañada por un psiquiatra, que le recomendó que fuera a Aluba.


Hoy Viviana tiene 22 años y estudia fotografía, está haciendo una pasantía, está de novia y pesa 45 kilos. Su madre está feliz, ya que tantos años de lucha al fin dieron su fruto.


Por último, Felicitas expresó: “Ya no limpio más vómitos”, mientras esbozó una sonrisa cansada pero a la vez llena de paz y satisfacción.


“Mi hija es perfecta, está bien”
Bello explicó que “cada patología es multicausal y tiene criterios diagnósticos específicos, más allá de que están muy ligadas entre sí. De hecho, muchas veces sucede que una paciente empieza con una anorexia y con el pasar del tiempo, al no poder controlar los atracones de comida, llega a la bulimia”.


Entonces, ¿a qué señales deben estar atentos los padres?: “A cualquier tipo de conducta que de alguna manera se torne obsesiva, se repita constantemente y esto afecte la vida normal de la persona, como que deje de querer ver a sus amigas, o deje de salir porque no le gusta su aspecto, tenga conflictos a la hora de vestirse o comprarse ropa o al momento de sentarse a comer”, destacó la licenciada Moine.


Una de las características de las chicas que padecen anorexia es que son justamente las hijas ideales que nunca dieron trabajo, las que siempre tuvieron buenas notas en el colegio, las que tienen miles de amigos y eso lleva a que los padres no estén tan pendientes de su día a día. “Es una chica que si tiene un carácter perfeccionista, autoexigente, y que ama las reglas, es vulnerable a tener anorexia nerviosa. Si se empieza a pesar, a cuidar, a obsesionarse por su cuerpo, hay que preocuparse. Otra modalidad es la de la chica que nunca se queda quieta, que hace seis idiomas y cinco deportes y está siempre cansada, a tal punto de no registrar el hambre. Entonces se va desgastando porque se cansa mucho y come poco”, explicó Bello y agregó: “En el caso de la bulimia tienen altibajos emocionales frecuentes, muy baja autoestima, se esconden para no compartir los alimentos con la familia, falta comida y dinero en casa, hay una agresividad muy acentuada y las chicas empiezan a mentir aunque hayan sido chicas muy buenas, cariñosas y respetuosas”.


Para Juan, de 48 años, su hija Julieta siempre había sido perfecta. La mejor de su clase, siempre contenta, coqueta y muy sociable. Y si bien siempre había sido rellenita, nunca había acusado ningún complejo. “Pero a los 14 años empezó con que quería comer menos, estaba más tiempo molesta y con menos ganas de hablar. Como ella siempre había sido gordita nos pareció bien que empezara a comer menos y más sano”, contó Juan.


De un día para el otro, Julieta empezó a controlar mucho lo que comía, a achicar las porciones y a fijarse en las calorías de todos los alimentos. Además, su carácter se había vuelto violento, distante y difícil de llevar. “Se sentaba a la mesa, pero fraccionaba la comida y un día empezamos a encontrar vómitos en el costado de la cama. Cuando le preguntaba, me decía que le caía mal la comida, pero después los vómitos empezaron a aparecer en otros lugares y ahí decidimos llevarla a Aluba”, relató el padre de Julieta.


Ahora, Julieta tiene 16 años y está en pleno tratamiento y sus padres tratan de aplicar todos los consejos que les dan los especialistas como ser más contemplativos con las demandas de autonomía de su hija y las comidas en familia pasaron a ser sagradas.
En este tipo de patología, en la que existe una fuerte negación de los padres, los especialistas afirman que una vez que tomaron conciencia del problema, lo mejor es hablar con sus hijos y pedir ayuda en una institución que brinde una atención integral: que incluya atención psicológica, psiquiátrica y nutricional.


Allí las chicas empiezan una reeducación de la conducta alimentaria, se ataca el nivel psicológico, su patología y también se empieza un trabajo muy profundo a nivel familiar.


“Lo primero que les decimos a los padres es que ellos no son los culpables. Lo mejor que pueden hacer los padres es dejar la culpa atrás y convertirse en agentes de salud y partícipes de la recuperación de sus hijos”, indicó la directora de Aluba.


Pedro y sus amigos
La psicóloga de Aluba, subsede Paraná, expresó que “es muy importante el rol de los amigos en la detección de los trastornos alimenticios”.


En el caso de Pedro de 27 años, sus amigos Hugo de 28 y Jazmín de 24, fueron los responsables de que empezara un tratamiento y de poner al tanto a la familia de su anorexia. Después de años de intentar diferentes estrategias para ayudarlo, un día pusieron punto final y concertaron una entrevista con Aluba.


Son compañeros de trabajo hace siete años. Con el tiempo, se hicieron íntimos amigos y empezaron a compartir charlas y salidas, menos el problema que Pedro tenía con la comida. “Él siempre tuvo contextura flaca, pero lo que nos despertó la alarma fue cuando fue al médico y le dijo que estaba prácticamente desnutrido. Además era un pibe que vomitaba mucho porque todo le caía mal y era de bajonearse seguido”, explicó Hugo.


El hecho de que Pedro fuera muy cerrado a la hora de hablar de sus temas personales hizo que si bien sus amigos estuvieran preocupados por su salud, no encontraran la mejor manera para abordarlo. “Nos dijo que había ido a un nutricionista y que había aumentado de peso, pero no le creímos. Porque cuando uno empieza con estos problemas, empieza a mentir. Si le decíamos algo se deprimía y aislaba”, recordó Jazmín.


La otra señal de alarma fue que Pedro primero se rompió los ligamentos de la rodilla y a los pocos días del alta, se quebró los dedos de la mano jugando un partido de fútbol. “Ahí nos dimos cuenta de lo débil que estaba y fuimos a hablar con su hermano. Pedro nos prometió que iba a ir a ver a un nutricionista, pero siempre lo pateaba para adelante. Entonces busqué por Internet hasta dar con Aluba que me gustó porque ofrecía un abordaje integral. Directamente le dijimos que teníamos una entrevista y fuimos”, indicó Hugo.
Después de dos años de excusas, Pedro ya va por su segunda visita. Además, se animó a contarles a sus padres de su problema y está dispuesto a salir adelante.


En los hombres
Un nuevo informe relevado por Aluba indica un incremento del 350% en las patologías alimenticias en los hombres registrados en el último decenio, según su relevamiento de algo más de 100.000 casos. Estos datos son los únicos existentes sobre la temática en el país.


En el año 2000 Aluba registró un nivel de patologías del 7% en el total de varones encuestados, en tanto en el último informe el índice llega al 15%. Muchos de ellos se volcaron hacia una nueva manifestación de la enfermedad, en la que también está presente la distorsión de la propia imagen, a la que denominan vigorexia. Son chicos que, en lugar de verse gordos, se ven flacos, de aspecto débil. Y por más que se pasen el día entero en el gimnasio para sacar músculos, y recurran a anabólicos, jamás están conformes con su cuerpo.


“Pueden estar enormes, pero se siguen viendo chiquitos; al contrario de lo que ocurre con la anorexia, en la que se ven gordos aunque estén flaquísimos. Buscan en los músculos una sensación de fortaleza que no logran porque tiene una autoestima muy baja y una gran inseguridad”, explicó la licenciada Moine.


“La bulimia y la anorexia en los hombres son enfermedades más graves y difíciles de tratar”, explicó la médica Bello.


La profesional de la salud que fundó Aluba admitió que el tratamiento genera algunos problemas entre los médicos porque casi toda la experiencia que tienen suele ser con mujeres.


BULIMIA
Preocupación constante acerca de la comida. 
Temas de conversación: peso, calorías, comida, dieta.
Atracones, formas de comer compulsivas, comer a escondidas.
Miedo a engordar.
Evitar el hecho de ir a restaurantes, fiestas y reuniones, donde sea socialmente obligado a comer.
Visitas al baño después de comer.
Vómitos, consumo de medicamentos adelgazantes.
Regímenes rigurosos y rígidos.
Cambios de carácter, incluso depresión, sentimientos de culpa, odio a sí misma, tristeza.
Cambio en la autoestima en relación al peso corporal.
Engrosamiento de las glándulas del cuello.
Garganta irritada.
Fatiga y dolores musculares.


ANOREXIA
Conducta alimentaría restrictiva o severas dietas.
Rituales con la comida como el conteo de calorías, desmenuzar la comida en pequeñas porciones, etc.
Intenso temor a engordar. Mantener el peso corporal por debajo de los valores normales.
Hiperactividad, exceso de gimnasia y/o deportes.
Esconder el cuerpo mediante el uso de ropa muy holgada.
Negarse a usar traje de baño.
En ocasiones ingesta compulsivas
Uso de laxantes y/o diuréticos para eliminar lo ingerido.
Cambio de carácter (irritabilidad, ira).
Sentimiento de desprecio a uno mismo.
Aislamiento social.
Palidez, excesiva sensibilidad al frío.
Pérdida de menstruación.


Las chicas de alambre 
La nueva tendencia a ser una “Chica de alambre”, que imita a los estereotipos que imponen las capitales de la moda como París, Milán y Nueva York, afecta a muchas mujeres.


El arquetipo de ser altas como de un metro ochenta y cumplir con las medidas que establecen como perfectas (90-60-90), hacen que algunas adolescentes y jóvenes quieran llegar a eso y hasta sacrifiquen su vida por un ideal.


Melissa de 23 años, modelo internacional de la agencia Next, habló con UNO y explicó: “Cuando me introduje en el mundo de la moda tenía 15 años, me pidieron que me cuide con el peso y la alimentación, me enloquecí al respecto, tanto que aún sigo con ese problema”, explicó y continuó: “Muchas veces asimilamos la idea de ser flacas con ser lindas y que eso nos permite el éxito, pero no es así”.


“Sigo trabajando de modelo porque tiene cosas buenas, aparte quiero dedicarme a la fotografía. También tiene cosas malas, y sobre todo cuando hablamos de la salud de alguien y peor si termina en una tragedia. Tuve varias caídas y desde ahí trato de mantener un equilibrio. En este momento estoy en tratamiento”, señaló la modelo.


El constante discurso social que idealiza a las “Chicas de alambre” y del que muchas adolescentes y jóvenes desean alcanzar, puede ser la gloria o la ruina de una persona


Publicado por: Diario UNO de Entre Ríos (Argentina) -  Lucila Tosolino/ De la Redacción de UNO – 28/04/13 

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