miércoles, 5 de diciembre de 2012

Argentina: Córdoba: Piden traslado de travesti a penal de mujeres.

Se encuentra alojada en una cárcel de varones, desde donde dice que sufre problemas por su condición. La petición se fundamenta en la legislación nacional sobre identidad de género. También solicita un nuevo DNI con su nombre elegido.

·         Una travesti que está alojada en un establecimiento penitenciario de hombres de la ciudad de Córdoba solicitó a la Justicia el traslado a una dependencia de mujeres, acorde a su identidad de género.

·         La travesti, quien será identificada como C. a los fines de preservar su identidad, hizo una presentación ante el Juzgado Federal número 1, a cargo de Ricardo Bustos Fierro, en la que solicita su traslado y el acceso a un nuevo DNI con su nombre elegido.

·         El pedido de cambio de cárcel es el primero que se conoce en Córdoba tras la sanción de la ley de identidad de género.

·         La defensora oficial del fuero Federal, Mercedes Crespi, sostuvo que una de las cosas que motivó la presentación es que su representada “está sufriendo diversos tipos de problemas por su condición” de travesti, que mantiene desde los 11 años. "Ella quiere evitar esta violencia ", dijo a La Voz.

·         Según explicó Crespi, el pedido se fundamenta en la ley sancionada en mayo pasado, que garantiza el derecho de las personas transexuales al reconocimiento de su identidad autopercibida, corresponda o no con el sexo de nacimiento.

·         “La ley reconoce la identidad de género no en la forma biológica sino en la propia percepción de la persona. En base a eso, si ella tiene una percepción de mujer, tiene derecho a estar en una cárcel de mujeres”, sostuvo la abogada.

·         El otro pedido de C. es que el área de Servicios Sociales del Servicio Penitenciario le garantice el acceso a la rectificación registral para poder obtener un nuevo DNI, dado que la realización del trámite es más complicada y engorrosa al estar en una situación de encierro.

·         Violencia cotidiana. Crespi indicó que la legislación internacional y las observaciones del Comité de Derechos Humanos y de la ONU reconocen que las travestis sufren un tipo de violencia particular en las cárceles.

·         La defensora oficial sostuvo que la situación de las personas trans presas “es más grave en Córdoba” porque son alojadas en pabellones comunes, donde son más vulnerables a agresiones y discriminaciones.

·         “El Servicio Penitenciario está incumpliendo las recomendaciones que hay a nivel internacional de cuidar al colectivo porque el sólo hecho de alojar travestis en un pabellón común con heterosexuales es exponerlo a una eventual violencia”, dijo Crespi.

·         Antecedentes. En septiembre pasado, desde el Ministerio de Justicia de Córdoba confirmaron a La Voz que las personas transexuales condenadas tras la entrada en vigencia de la ley de identidad de género deben ser alojadas en el tipo de establecimiento que defina su género en el DNI. Así, si una mujer trans hizo la adecuación registral y va presa, tiene que cumplir su condena en un establecimiento de mujeres.

·         Consultados por un eventual pedido de cambio de cárcel, desde Justicia dijeron que cuando apareciera un caso de ese tipo definirían la respuesta

Publicado por: Diario La Voz – Córdoba – Argentina – Patricia Cravero – 29/11/12 -


Las maquilas en Latinoamérica: Una nueva forma de esclavitud.

«Por una camisa marca GAP un consumidor canadiense paga 34 dólares, mientras en El Salvador una obrera gana 27 centavos de dólar por confeccionarla en una planta maquiladora.» Organización Internacional del Trabajo.

Permítasenos comenzar con esta cita escuchada a dos obreras de maquila en El Salvador (Centroamérica): "Con estas condiciones de trabajo parece que volvemos al tiempo de la esclavitud", afirma una de ellas, respondiendo la otra: "¿Volvemos? Pero… ¿cuándo nos habíamos ido?".

Entre los años 60 y 70 del siglo pasado comienza el proceso de traslado de parte de la industria de ensamblaje desde Estados Unidos hacia América Latina. Para los 90, con el gran impulso a la liberalización del comercio internacional y la absoluta globalización de la economía, el fenómeno ya se había expandido por todo el mundo, siendo el capital invertido no sólo estadounidense sino también europeo y japonés. En Latinoamérica, esas industrias son actual y comúnmente conocidas como "maquilas" (maquila es un término que procede del árabe y significa "porción de grano, harina o aceite que corresponde al molinero por la molienda, con lo que se describe un sistema de moler el trigo en molino ajeno, pagando al molinero con parte de la harina obtenida"). Esta noción de maquila que se ha venido imponiendo desde algunos años invariablemente se asocia a precariedad laboral, falta de libertad sindical y de negociación, salarios de hambre, largas y agotadoras jornadas de trabajo y –nota muy importante– primacía de la contratación de mujeres. Esto último, por cuanto la cultura machista dominante permite explotar más aún a las mujeres, a quienes se paga menos por igual trabajo que los varones, y a quienes se manipula y atemoriza con mayor facilidad (un embarazo, por ejemplo, puede ser motivo de despido).



Estas industrias, en realidad, no representan ningún beneficio para los países donde se instalan. Lo son, en todo caso, para los capitales que las impulsan, en tanto se favorecen de las ventajas ofrecidas por los países receptores (mano de obra barata y no sindicalizada, exención de impuestos, falta de controles medioambientales). En los países que las reciben, nada queda. A lo que debe agregarse que es tan grande la pobreza general, tan precarias las condiciones de vida de estos países, que la llegada de estas iniciativas más que verse como un atentado a la soberanía, como una agresión artera a derechos mínimos, se vive como un logro: para los trabajadores, porque es una fuente de trabajo, aunque precaria, pero fuente de trabajo al fin. Y para los gobiernos, porque representan válvulas de escape a las ollas de presión que resultan sociedades cada vez más empobrecidas y donde la conflictividad crece y está siempre a punto de estallar. Dato curioso (u observación patética): algunas décadas atrás en la región se pedía la salida de capitales extranjeros y era ya todo un símbolo la quema de una bandera estadounidense; hoy, la llegada de una maquila se festeja como un elemento "modernizador".

La relocalización (eufemismo en boga por decir "ubicación en lugares más convenientes para los capitales") de la actividad productiva transnacional es un fenómeno mundial y se ha efectuado desde Estados Unidos hacia México, América Central y Asia, pero también desde Taiwán, Japón y Corea del Sur hacia el sudeste asiático y hacia Latinoamérica, con miras a abastecer al mercado estadounidense, en principio, y luego el mercado global, tal como va siendo la tendencia sin marcha atrás del capitalismo actual. En el caso de Europa, las empresas italianas, alemanas y francesas primero trasladaron sus actividades productivas hacia los países de menores salarios como Grecia, Turquía y Portugal, y luego de la caída del muro de Berlín a Europa del Este. Actualmente se han instalado también en América Latina y en el África.

Las empresas maquiladoras inician, terminan o contribuyen de alguna forma en la elaboración de un producto destinado a la exportación, ubicándose en las "zonas francas" o "zonas procesadoras de exportación", enclaves que quedan prácticamente por fuera de cualquier control. En general no producen la totalidad de la mercadería final; son sólo un punto de la cadena aportando, fundamentalmente, la mano de obra creadora en condiciones de super explotación laboral. Siempre dependen integralmente del exterior, tanto en la provisión de insumos básicos, tecnologías y patentes, así como del mercado que habrá de absorber su producto terminado. Son, sin ninguna duda, la expresión más genuina de lo que puede significar "globalización": con materias primas de un país (por ejemplo: petróleo de Irak), tecnologías de otro (Estados Unidos), mano de obra barata de otro más (la maquila en, por ejemplo, Indonesia), se elaboran juguetes destinados al mercado europeo; es decir que las distancias desaparecen y el mundo se homogeniza, se interconecta. Ahora bien: las ganancias producidas por la venta de esos juguetes, por supuesto que no se globalizan, sino que quedan en la casa matriz de la empresa multinacional que vende sus mercancías por todo el mundo, digamos en Estados Unidos.

En el subcontinente latinoamericano, dada la pobreza estructural y la desindustrialización histórica, más aún con el auge neoliberal que ha barrido esta región estas tres últimas décadas, los gobiernos y muchos sectores de la sociedad civil claman a gritos por su instalación con el supuesto de que así llega inversión, se genera ocupación y la economía nacional crece. Lamentablemente, nada de ello sucede.

En realidad las empresas transnacionales buscan rebajar al máximo los costos de producción trasladando algunas actividades de los países industrializados a los países periféricos con bajos salarios, sobre todo en aquellas ramas en las que se requiere un uso intensivo de mano de obra (textil, montaje de productos eléctricos y electrónicos, de juguetes, de muebles). Si esas condiciones de acogida cambian, inmediatamente las empresas levantan vuelo sin que nada las ate al sitio donde circunstancialmente estaban desarrollando operaciones. Qué quede tras su partida, no les importa. En definitiva: su llegada no se inscribe –ni remotamente– en un proyecto de industrialización, de modernización productiva, más allá de un engañoso discurso que las pueda presentar como tal.

Toda esta reestructuración empresarial se produce en medio de no pocos conflictos sociales en los países del Norte, pues cientos de fábricas cierran y dejan desocupados a miles de trabajadores. Por ejemplo, en la década del 90 del pasado siglo más de 900.000 empleos se perdieron en Estados Unidos en la rama textil y 200.000 en el sector electrónico. El proceso continúa aceleradamente, y hoy día las grandes transnacionales buscan maquilar prácticamente todo en el Sur, incluso ya no sólo bienes industriales sino también partes de los negocios de servicios. De ahí que, para sorpresa de nosotros, latinoamericanos, se vea un crecimiento exponencial de los llamados call centers en nuestros países: super explotación de la mano de obra local calificada que domina el idioma inglés, siempre jóvenes. En definitiva: otra maquila más.

Todo esto permite ver que en el capitalismo actual, llamado eufemísticamente "neoliberal" (capitalismo salvaje, sin anestesia, para ser más precisos), las grandes corporaciones actúan con una visión global: no les preocupa ya el mercado interno de los países donde nacieron y crecieron, sino que pueden cerrar operaciones allí despidiendo infinidad de trabajadores –que, obviamente, ya no serán compradores de sus productos en ese mercado local– pues trasladan las maquilas a lugares más baratos pensando en un mercado ampliado de extensión mundial: venden menos, o no venden, en su país de origen, porque sus asalariados ya no tienen poder de compra, pero venden en un mercado global, habiendo producido a precios infinitamente más bajos.

El fenómeno parece no detenerse sino, al contrario, acrecentarse. La firma de tratados comerciales como los actuales TLC’s (Tratado de Libre Comercio) entre Washington y determinados países latinoamericanos, no son sino el escenario donde toda la región apunta a convertirse en una gran maquila. Las consecuencias son más que previsibles, y por supuesto no son las mejores para Latinoamérica: en el trazado del mapa geoestratégico de las potencias, y fundamentalmente de los capitales representados por la Casa Blanca, nuestros países quedan como agro-exportadores netos (productos agrícolas primarios, recursos minerales, agua dulce, biodiversidad) y facilitadores de mano de obra semi-esclava para las maquilas.

En alguna medida, y salvando las distancias de la comparación, China también apuesta a la recepción de capitales extranjeros ofreciendo mano de obra barata y disciplinada; en otros términos: una gigantesca maquila. La diferencia, sin embargo, está en que ahí existe un Estado que regula la vida del país (con características de control fascista a veces), ofreciendo políticas en beneficio de su población y con proyectos de nación a futuro. No entraremos a considerar ese complejo engendro de un "socialismo de mercado", pero sin dudas toda esta re-ingeniería humana desarrollada por el Partido Comunista ha llevado a China a ser la segunda potencia económica mundial en la actualidad, y ahora se habla de comenzar a volcar esos beneficios a favor de las grandes mayorías paupérrimas. Por el contrario, las maquilas latinoamericanas no han dejado ningún beneficio hasta la fecha para las poblaciones; en todo caso, fomentan la ideología de la dependencia y la sumisión. Eso es el capitalismo en su versión globalizada, por lo que sólo resta decir que la lucha popular, aunque hoy día bastante debilitada, por supuesto que continúa.

 

Publicado por: Argenpress.info – Marcelo Colusi -  04/12/11 -


Colombia: "A nadie le interesa lo que tengo entre las piernas"


Yomaira vive en el barrio San Blas con un subsidio del Distrito. / Foto:  Gabriel Aponte
 
La construcción de una identidad individual implica la limitación del acceso a los derechos fundamentales para un sector de la comunidad LGBTI. En el Estado hay un profundo desconocimiento de lo ‘trans’.
 “Excremental”, “aberrante”, “anormal”. Esos son algunos de los calificativos con los que representantes del Estado califican a la comunidad LGBTI. El mismo Estado que le exige a una parte de esta población, las personas transgeneristas, que se declaren enfermas (a través de los DSN 4 y 5, manuales de siquiatría, y otros requisitos), para poder tener acceso a los derechos fundamentales.
Es una época de cambios. Que las instituciones, principalmente la Corte Constitucional, se hayan planteado debates, muchas veces gracias a la presión de las organizaciones sociales, como el matrimonio igualitario, el derecho a la adopción o los derechos patrimoniales, es un avance, según las ONG defensoras de los derechos de esta comunidad. Sin embargo, reconocen que hace falta mucho.
Y uno de esos sectores donde hace falta mucho es el transgenerismo. Según funcionarios de la Secretaría de Integración Social, el 80% de los médicos reconocen no saber cómo tratar a esta población, que representa más del 10% del total de la comunidad LGBTI. Cabe imaginarse cómo será en el resto del sector público.
El Espectador consiguió testimonios de personas que hoy no tienen acceso a la salud, al trabajo o a la vivienda por el simple hecho de haber construido una identidad individual que se distancia de la concepción tradicional en la que los ciudadanos se distinguen entre hombres y mujeres, sin intermedios, sin matices, sin colores, sin derecho a reconocerse diferente.
Es de origen campesino. Desde los siete años supo que su comportamiento no era igual al de los demás niños de la vereda. Vivió sus preferencias sexuales en secreto, sin comunicarle a nadie que se sentía encerrada en un cuerpo de hombre, más que a uno de sus primos, con quien exploró su sexualidad. “Yo lo seduje. Tuvimos relaciones desde que tenía nueve años, hasta que cumplí 20. Ese día me decidí: voy para Bogotá”.
Llegó a la capital, con los pocos ahorros que traía compró las primeras prendas ceñidas, ropa de mujer. Se sentía bellísima, comenta Yomaira. Pero le faltaba algo para asumir su identidad, la que le gustaba; le faltaba ser mujer.
En ningún trabajo la aceptaron. No tenía el bachillerato, traía cédula de hombre, pero se vestía como una mujer. Comenzó a prostituirse y “para triunfar en el negocio” a inyectarse hormonas. “Ningún médico me las recetó, yo las compraba. Me crecieron las tetas, pero no me veía como quería, no me veía como los clientes querían que me viera”. Por eso, a los 30 años, comenzó a usar un tratamiento que las compañeras usaban. Las inyecciones de aceite Johnson’s.
Se metió agujas en la cara, en las nalgas, se agrandó los senos: se veía como quería. Pasaron 6 años en los que, según ella, “era la reina del putiadero, me sentía divina”.
Pero un día, cuando tenía 36, todo cambió. Comenzó a deformarse. La cara que tanto amaba se empezó a desfigurar. Tres años después se le reventaron las nalgas, siguió trabajando, pero los clientes se ahuyentaban. A los 42 años dejó la prostitución. “Así yo quisiera seguir de prostituta no puedo. Ya estoy vieja y tengo el cuerpo vuelto nada. La única opción sería salir a robar a los trans más ‘pollos’. Y eso no lo quiero hacer”.
Cuando su cuerpo se desfiguró, las primeras curaciones las hicieron las prostitutas que trabajaban con ella. No tenía Sisbén, por eso, cuando conseguía algo de dinero, iba a una consulta particular o a centros bioenergéticos a que le aliviaran el dolor. Un día, uno de esos médicos, cuando vio que las hinchazones y vejigas ponían en riesgo su vida, la mandó al hospital San Juan de Dios, donde la han visto en múltiples ocasiones sin hacerle más trabajo que curaciones esporádicas a un problema que cada día crece más.
Hoy, con 55 años encima, Yomaira sigue yendo a hacerse las curaciones, siempre con su cédula de hombre, la que no le gusta usar. En más de 10 años ninguna de sus deformaciones ha sido curada, sólo aliviadas, incluso, siguen creciendo en distintos lugares como sus ingles y el pecho.
“Ya no puedo ponerme ropa de mujer, me tocó cortarme el pelo, empezar a parecer un marica cualquiera, no sólo porque me toca trabajar lavando casas o cocinando, sino porque con estas complicaciones de salud es muy difícil que me dejen vivir en algún lugar decente”, confiesa Yomaira, quien hoy vive en un inquilinato en el barrio San Blas, que paga con ayuda del Distrito. Lejos de su época de gloria, ha tenido que volver a parecer un hombre en contra de su voluntad.
Contrario a lo que ocurre con Yomaira, Brian no está buscando al sistema de salud para que enmiende transformaciones que le ha hecho a su cuerpo, lo está buscando para poderlo transformar, para poder inyectarse.
Desde que tenía cuatro años, cuando empezó a pedirle a su mamá que lo vistiera como un niño y a los ocho cuando se “enamoró” de una niña, fue víctima del matoneo escolar y de la discriminación de su familia, la llamaban ‘machorro’.
Tiene 22 años y sólo ha tenido una relación sentimental. Su identidad no es la de una mujer lesbiana. “Nunca me ha gustado mi cuerpo de mujer. Me gustaría tener barba y voz gruesa”, afirma Brian, quien busca que un médico asesore su tránsito de género.
Lo primero que tiene que hacer, para lo cual ya está en trámites, es ir a un psiquiatra a que diga que efectivamente ella tiene disforia de género, “un trastorno mental” que, según el sistema de salud colombiano, padecen todos los “candidatos” a transgeneristas.
Una vez le certifiquen que tiene ese trastorno, puede empezar a someterse al proceso médico, a las inyecciones de la hormona testoviron, para poder ser lo que quiere ser. Un proceso legal que puede tomar cuatro años.
“Lo quiero hacer legal para estar seguro de que lo que me inyecto no me afecta el cuerpo”, dice Brian, a quien funcionarios de la salud, también su familia, le han sugerido que vaya a una iglesia o a un internado.
Hoy Brian está haciendo los trámites para cambiar el nombre en su cédula, pero sabe que no puede cambiar la F (femenino), pues sólo cuando se castre y se construya un pene, cosa que él no quiere, el Estado la reconocerá como un hombre, cosa que tampoco quiere. Él se asume como un transgenerista.
El rechazo y las condiciones económicas de su familia lo impulsan a buscar trabajo. Ahí aparece otro problema: la libreta militar. No puede buscar trabajo como Brian sin libreta militar, pero tampoco la tendrá si en su cédula aparece la F.
“El Estado no sabe el daño que nos está haciendo cuando no reconoce nuestra condición particular. Todo sería mejor si por lo menos pudiéramos hablar con ellos, que nos conozcan, que sepan qué derechos son los que no tenemos”, concluye Brian.
“El sistema de salud nos quiere normalizar. O somos hombres o mujeres. Pero no necesito estar operada para ser mujer, ya lo soy. Ya hice un tránsito que me dolió y me costó. Como no rechazo mi genitalidad no se me puede hacer una atención integral en salud. Esa es la barrera para el acceso a ese derecho”. Así resume Vivian Sofía, una mujer trans que le ha dedicado los últimos años de su vida a defender los derechos de quienes, como ella, han asumido una identidad fuera de los patrones convencionales.
Para ella el Estado, cuando insiste en las “normalizaciones”, todavía no ha sabido interpretar lo que significa la T en la sigla LGBTI. Todavía no comprende que las cosas no son blancas o negras, hay miles de grises. “Cuando nosotras intervenimos nuestros cuerpos hormonalmente, cambian tanto que nosotras no necesitamos ser operadas porque nuestra genitalidad también cambia. No sólo la forma. En el caso de los chicos, se expone más el clítoris y en el caso de nosotras, se nos retrae el pene y empieza a funcionar de manera clitoriana, tenemos multiorgasmos y otro tipo de nuevas experiencias, por eso nos damos cuenta, conforme avanza el tratamiento, que no tenemos por qué hacer el tránsito completo. También los cambios hormonales inciden en las glándulas mamarias. El día que a mí me salió leche de los pezones me asusté y me emocioné, pensé que se me habían salido las babas, pero era leche, era como cuando a una niña le llega el período”, cuenta con alegría.
Vivian es profesional, tuvo un trabajo bien remunerado, pero los cambios en su cuerpo la impulsaron a la prostitución. Ahora la Secretaría de Integración Social le ha dado una oportunidad laboral, pero eso, incluso, ha tenido unos costos. “Cuando entré a trabajar les advertí que si tenía que entrar a un distrito militar a que me humillaran, prefería seguir ‘putiando’ el resto de mi vida. A nadie le interesa lo que tengo entre las piernas, ni mucho menos a una institución que tiene unos “valores” que nos irrespetan. Imagínese yo, bien mamacita, diciéndole a un militar que no soy M ni F, yo soy T, así no lo diga la cédula. La libreta militar es el primer bloqueo para que trabajemos en algo diferente a la prostitución”, dice con vehemencia. Una actitud que repercutió en que todas las personas trans porten en el carné de la Secretaría el nombre identitario, no el oficial.
Juan Cifuentes, otro empleado de la Secretaría, es un ejemplo de rebeldía. Viendo que el sistema no le reconocía su derecho a transformar su cuerpo, decidió automedicarse hasta que lo atendieran. Finalmente, lo asesoraron. De ahí en adelante vino el cambio de nombre en la cédula y el trabajo como promotor.
Es un hombre trans, claro políticamente. “Si se emplean a varios trans, sus vidas cambian. Pero si se emplean a todos, como a cualquier otro ciudadano, de acuerdo con sus capacidades, es la sociedad la que cambia”, afirma.
Pero, a pesar de que su trabajo ya es una esperanza, deja una idea en el aire: “Pareciera que para tener dignidad en este país tenemos que declararnos enfermos mentales y lo que yo me pregunto es: ¿y si nosotros no somos los enfermos, sino que la enferma es la sociedad?”.
 
Publicado por: elespectador.com – Camilo Segura Álvarez – Bogotá – 01/12/12 -

 

 

 

Publicado por: elespectador.com – Camilo Segura Álvarez – Bogotá – 01/12/12 -

Argentina: Córdoba: Las mujeres pisan fuerte en el Liceo Militar.


Por primera vez, tres mujeres son las encargadas de llevar la Bandera en el establecimiento militar.

Con la banda sonando de fondo y marchando firmes, tres cadetes mujeres recibieron de sus compañeros del último año del Liceo Militar General Paz la Bandera con la que presidirán los actos el año que viene.

Bajo la mirada atenta de los niños de nivel inicial, de primaria, de sus compañeros del secundario y de las autoridades, un varón abanderado y dos mujeres escoltas entregaron por primera vez en 68 años la bandera a tres chicas, en el acto de colación ayer al mediodía.

Fue con la emoción por la despedida de unos y la alegría de quienes llegan al último tramo del secundario de otros.

“Hoy es un día trascendental para el Liceo. Por primera vez en 68 años tenemos tres mujeres abanderadas y escoltas”, dijo el director, coronel Juan Antonio Grande. Antes de recibir las felicitaciones de sus padres, amigos y compañeros, las cadetes de cuarto año manifestaron que sienten un “orgullo pleno”.

“Es una recompensa al esfuerzo nuestro y de mucha gente que está atrás, nuestras familias y compañeros”, dijeron.

“Algunos compañeros, un poco machistas, no están muy contentos y no les gustó que tres chicas estén en la Bandera. Pero la mayoría nos felicitó”, reconocieron entre risas.

La abanderada Rosana Cotro, la primera escolta Yamila Nieto y la segunda escolta María Pía Gaudenzi, supieron recién el jueves que conformarían la guardia de honor de la bandera de la institución, aunque admitieron que “algo intuían”.

“Todos los profesores nos felicitaron”, contaron. Uno de ellos les recordó durante el acto que “tienen que ser ejemplo para el resto de sus compañeros”.

El director contó que el hecho “llena de orgullo al Liceo, que desde el año 1995 recibe niñas”. “Buscamos destacar el esfuerzo y estas chicas lo han logrado”, aseguró.

Actualmente, el Liceo Militar General Paz forma a 1.100 alumnos entre el nivel inicial, primario y secundario. El 40 por ciento son mujeres.

En el acto de colación de ayer se despidieron del nivel secundario 51 cadetes marchando y cantando a viva voz la canción que identifica al instituto, con acento en la estrofa “Bravos cadetes del Liceo”.

Publicado por: Diario La Voz – Córdoba – Argentina – Natalia García – 01/12/12 -

España: ¿Y si un día nadie hiciera la comida . . .?

 
 
 
"Si se hiciera una huelga masiva de cuidados, probablemente el mundo se paralizaría más que con una huelga laboral"

 

Colectivos feministas realizaron  el 14N la segunda  huelga de cuidados: desatender en la medida de lo posible las tareas diarias de atención del hogar y la familia.

Quieren visibilizar el trabajo reproductivo, que sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres, y reivindicar una redistribución tanto del empleo remunerado como del no remunerado.

"Si se hiciera una huelga masiva de cuidados, probablemente el mundo se paralizaría más que con una huelga laboral".

 

Poner la lavadora, cuidar a los niños, hacer la compra, fregar, limpiar la casa, estar pendiente de los abuelos o cuidar a los enfermos de la familia. A pesar de que el trabajo de cuidados que se lleva a cabo dentro de los hogares y que sigue recayendo con fuerza en las mujeres (al día dedican dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar, según datos del INE) no se remunera ni contabiliza en el PIB, es eso, un trabajo. Por eso, varios colectivos preparan una huelga de cuidados para el 14 de noviembre, día del paro general.

"Nos parece que si dentro de una huelga general no se habla de una parte del trabajo, la reivindicación es incompleta. El trabajo de cuidados es esencial para la vida y queremos salir a la calle para reivindicarlo", explica Rocío Lleó, participante de la comisión de Feminismos Sol. Lleó explica que hacer una huelga de cuidados de forma estricta sería un caos, por eso se trata más de una huelga simbólica pero con gestos potentes. "Nadie puede dejar de dar de comer a un familiar enfermo o de cambiar unos pañales, pero sí, por ejemplo, no llevar a sus hijos al colegio ese día o no involucrarse algunas en tareas de cuidado", dice. La convocatoria está moviéndose en varias ciudades españolas y muchas asociaciones están apoyándola.

"Denunciar que se relegue el trabajo de cuidados a las mujeres y se exima a los hombres de ellos como si se tratara del orden “natural” de las cosas. Denunciar que el trabajo en los hogares, invisibilizado por su gratuidad, es la base de todo este sistema. Poner el mantenimiento de la vida en el centro (y sacar de ahí a los mercados). Redistribuir y colectivizar los cuidados, más allá de la familia nuclear, pero no sólo de mano de las mujeres. Reconocer lo que supone la reproducción", reivindican en su manifiesto.

Para la economista Carmen Castro, una huelga de cuidados es una buena manera de "visibilizar y de poner en el espacio público la incoherencia de este sistema, que centra el valor en el trabajo productivo". "Hay muchas actividades que generan valor y que no se traducen en términos monetarios, como el trabajo reproductivo. Se trata de que todas las personas asumamos el cuidado como una necesidad social, no de que pensemos que es una parte de la sociedad -las mujeres, sobre las que sigue recayendo la presión social- la que cuida a la otra. La estigmatización de las mujeres como cuidadoras las penaliza y dificulta la igualdad", señala.

Otra participante de la Comisión de Feminismos, Sua Fenoll, subraya que se trata de denunciar el modelo actual, "que conlleva la necesidad de que detrás del trabajo productivo haya alguien detrás haciendo el trabajo de cuidados sin ningún coste para el sistema". "Nadie podría trabajar ocho horas, más el tiempo que tardas en desplazarte al trabajo, y luego hacerse cargo de limpiar la casa, hacer la compra, atender a la familia...salvo que esa persona se dedique por completo a esas tareas o se cargue en exceso", afirma Fenoll, que apunta a que en muchas ocasiones esas situaciones se solucionan contratando a una persona, que normalmente también es mujer y, en muchas ocasiones, migrante. "Al final, el sistema nos coloca como depositarias de los cuidados, por eso hacemos un llamamiento a las mujeres. Tenemos que preguntarnos qué pasaría si se hiciera una huelga masiva de cuidados. Probablemente, el mundo se paralizaría más que con una huelga laboral", asegura.

Carmen Castro explica que el paro de cuidados es un día "para cambiar el orden de prioridades" y para reivindicar un nuevo modelo de sociedad en la que se redistribuya tanto el trabajo remunerado como el no remunerado.

"Un modelo en el que las mujeres no estemos ’maternizadas’ sino que sea la sociedad la que se ’maternice’ y se responsabilice de los cuidados. Existen propuestas alternativas donde la igualdad y el bien común vertebran la sociedad", asegura.

Comandos de cuidados

Tanto los días previos a la huelga como el mismo 14-N, Feminismos Sol está preparando comandos de cuidados. En grupos y vestidas con delantales y guantes irán a mercados, plazas y barrios para explicar a la gente qué es el trabajo de cuidados. "Queremos que sepan qué pasaría si realmente se hiciera una huelga de cuidados y concienciar sobre la importancia de redistribuirlos y de que es algo que debe ir más allá de los hogares", dice Roció Lleó.

En la pasada huelga general del 29 de marzo ya se impulsó una huelga de cuidados. Como muestra de solidaridad, algunas ciudades colgaron delantales en los balcones; en otros lugares, acudieron a las manifestaciones con delantales, fregonas y paños.
 
Publicado por: AmecoPress /eldiario.es - Ana Requena Aguilar – 28/11/12 -

“Dale con la sartén” 603 millones de mujeres viven en países donde la violencia doméstica todavía NO ES UN DELITO. .


Es tal la violencia que se ejerce en contra de las mujeres y de las niñas que a estas alturas, por todo lo que he vivido, leído y escrito, más lo que me han contado, me convenzo de que se trata de una perversa rutina, un círculo que se debe romper.

Estudios y acciones para detenerla, frenarla y “curarla” son bastos, ante el ‘YA BASTA’ que las mujeres reclamamos, no sólo todos los días, sino cada segundo de esos días, porque cada vez que el segundero se mueve ocurre un acto de violencia.

Los golpes hacen que las pieles sangren, que duela y que dejen una enorme cicatriz, pero, por desgracia, esa es sólo la cicatriz visible y bien puede esconderse detrás del maquillaje, de la cirugía, incluso. No sucede así la cicatriz que queda en el interior de la personalidad, en lo que llamamos el alma, porque esa es más difícil, si no es que imposible, de borrar.

Es cierto que en prácticamente todos los países se implementan acciones y hasta se cuenta con leyes que intentan reivindicar a las “víctimas”, señalando castigos ejemplares para los maltratadores, violadores, contra los feminicidas.

En esta capital financiera del mundo, nada es diferente de lo que ocurre en cualquier pueblo, barrio, favela, colonia, pedregal, o zona residencial, aún en un palacio o casa presidencial. Las historias de actos de violencia contra las mujeres son, en todos las partes del mundo, en todos los casos, un hecho lastimoso.

Peor aún, esa violencia, en la mayoría de las ocasiones, proviene de la persona que una ama y que, en muchos casos también, dice amarnos. Mi historia, seguramente, no difiere en mucho de las tantas que he difundido a través de mi trabajo periodístico o que he apoyado para que se denuncie en tribunales.

Hace unos días, previo a la celebración mundial del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia en contra de la Mujer, el 25 de noviembre pasado, la Organización de las Naciones Unidas urgió a todos los países miembros a terminar con esa pandemia.

‘Debemos de combatir la sensación de miedo y de vergüenza que castiga a las víctimas que ya han sido objeto de un delito y posteriormente se enfrentan al estigma que ello representa. Son los autores del delito los que deben de avergonzarse’, aseveró Ban Ki-moon, secretario general de este organismo.

Los números que se manejan de este mal, que lo convierte en un círculo rutinario contrario al de los amores, son; 7 (siete) de cada 10 (diez) mujeres siguen siendo víctimas de violencia física y/o sexual en sus vidas. Y 603 millones de esas mujeres viven en países donde la violencia doméstica todavía no es un delito.

La titular de ONU Mujer, Michelle Bachelet, indicó que al día de hoy, en 125 países se tienen leyes que tipifican la violencia doméstica como delito, avance significativo a una década. Pero esto, digo yo, no es suficiente, como insuficientes son también los recursos monetarios que se otorgan para romper ese círculo rutinario de la violencia.

El pasado 7 de noviembre, el Fondo Fiduciario de Naciones Unidas sólo destinó ocho millones de dólares para programas de lucha en contra de la violencia de género. Y hay subsidios para sólo 12 iniciativas locales, en 18 países, para las mujeres y las niñas que viven en situación de conflicto, post conflicto y transición.

Por primera vez, Libia es uno de los países que se beneficiará de este subsidio. Igual sucede para Malawi, en Papau New Guinea. Y es de destacar que para estos programas se contó con el apoyo económico de África, Latinoamérica y Países Árabes.

Existe, por tanto una situación de urgencia económica para contrarrestar la escalada de violencia que se ejerce contra niñas y mujeres en el mundo. Prueba de esto son las 2.210 solicitudes que recibió ONU Mujeres este año.

El dinero que se requiere para poner en marcha todos esos proyectos es de $1.1 billón de dólares y sólo se logró obtener menos del uno por ciento del dinero requerido: $8.2 millones de dólares.

Esas cifras revelan todo lo que cuesta y todo lo que falta por hacer para romper con ese círculo de violencia rutinaria que vivimos las mujeres y las niñas en todos los rincones del mundo. Sin embargo, queda claro, que la demanda mundial por detener la violencia contra las mujeres carece de apoyo sustancial de las autoridades, de las leyes, y muy en especial de quienes abusan de su poder.

Por lo pronto –sin que suene a receta de doctor o algo parecido— en una sesión de Zumba de esta ciudad, mientras las mujeres intentan mantenerse en forma al ritmo de la música, se escucha a la reina de la salsa, la del famoso grito de ‘¡azúcar!’,

‘Si tu marido te pega, pega’

‘Si te pega, dale con la sartén’.

Por supuesto, no es un llamado a la violencia lo que necesitamos las mujeres y las niñas, lo que necesitamos, al igual que los hombres y los niños, es ejercitar más nuestras muestras de amor, cariño y afecto. De amarnos los unos y las unas a las otras, de respetarnos, de respetar.

Sin embargo, ante ese despiadado que golpea, que insulta, que cicatriza el alma, de una u otra forma se le tiene que poner un alto. Un ¡se acabó! Un ¡no más!

Ban Ki-moon insiste que ‘son los autores del delito los que deben de avergonzarse’ y yo le añado que, además de avergonzarse, también deben pagar por el daño causado.

En tanto: ‘Si te dan, dale con la sartén’… Y corre a denunciarlo.

Publicado por: AmecoPress – Leticia Puente Bresford – Nueva York – 27/11/12 -