domingo, 26 de agosto de 2012

“Tomaré pastillas para matarme”

El abandono del hogar o el sexo fuera del matrimonio son algunos de los ‘delitos morales’ que mantienen recluidas a unas 400 mujeres en las cárceles afganas
 
Yasmín ya sabe lo que hará cuando salga de la cárcel de mujeres Badam Bagh, en Kabul (Afganistán): “Iré a casa de mis padres, cogeré un bote de pastillas y me mataré”. Es una de las cerca de 70 reclusas condenadas en esta cárcel por los denominados “delitos morales”, que incluyen la huida del domicilio —en muchos casos, huyendo del maltrato— y el delito de zina, o sexo fuera del matrimonio.
Su historia suena casi con las mismas palabras que la de la mayoría de condenadas por estos delitos: matrimonio forzado, maltrato, abusos, huida y condena. En algunas ocasiones, también hay un novio de por medio. Es la historia de unas 400 jóvenes y niñas en todo el país, según Human Rights Watch. Solo cambian la cara y el nombre.
Mamem Bahara, de 18 años, atraviesa con parsimonia el patio de la cárcel, en el que gotean unas camisolas de manga larga y unos cuantos niños descalzos que lloran al unísono se esconden tras sus madres.
Es la mayor cárcel de mujeres de Afganistán, pero por las edades de las reclusas parece un instituto. “Y es la mejor equipada”, explica Tariq Sonnan, de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, en sus siglas inglesas), que trabaja con mujeres reclusas desde 2008. “La mayoría de las presas están en la cárcel por ‘delitos morales’, y algunas de ellas son víctimas de abusos”, añade. Badam Bagh significa “jardín de almendras”. Amargas.
A Mamem la sacaron del colegio para casarla con un hombre de 40 años. Dice que quería estudiar Periodismo y que era buena en la escuela. Cuando se comprometieron, no sabía que su marido tenía hijos. Fue un matrimonio forzado, en el que aguantó dos meses.
—¿Por qué estás en prisión, Mamem?
—Por huir.
—¿De tu casa?
—De mi marido.
—¿Cómo era?
Pone cara de asco.
—Viejo, feo... horrible —se ríe.
—¿Te pegaba?
Duda un momento y responde.
—Me pegaba siempre.
Mamem está en contacto con su madre, no con sus hermanos, que creen que sigue casada. “Si se enteran de que estoy en la cárcel me matarán”, asegura. El rechazo social es la segunda parte de la condena.
“Ni sus propias familias aceptan a una mujer que ha pasado por prisión”, afirma Huma Safi, de Women for Afghan Women, una ONG que en colaboración con el Gobierno afgano y UNODC gestiona viviendas para las mujeres que tras salir de la cárcel no tienen adónde ir. Se las conoce como “casas de la esperanza”. En Afganistán tienen dos, en Kabul y en Mazar-i-Sharif.
Lalsat es una de las 14 chicas que viven en la casa de Kabul. Todas, excepto dos, fueron condenadas por “delitos morales”. Se arremanga la camiseta con mal gesto y enseña una cicatriz larga y fea que atraviesa la mano hasta casi el antebrazo. “Ves, por esto me escapé”, masculla. Tenía 15 años cuando sus padres la casaron con un hombre de 50, con dos esposas y 12 hijos. “Me pegaba por todo. Decía que le quitaba dinero. Un día me hizo esto con el cuchillo”, admite. Ese día se escapó.
Los casos se repiten en todo el país hasta el absurdo. En febrero de 2012, Human Rights Watch publicó el informe I had to run away (Tuve que huir), con 58 entrevistas a condenadas por “delitos morales” en 24 cárceles y centros de rehabilitación de menores de Afganistán. Su autora, Heather Barr, explica en un café de Kabul que más de la mitad de las mujeres (52%) que entrevistó reconoció sufrir violencia física en casa, el 39% en el último año. Y que, pese a algunos cambios aparentes —en el Parlamento afgano hay un 29% de mujeres, gracias a una cuota aprobada en 2005—, casi 11 años después de la caída del régimen talibán, Afganistán es uno de los peores países del mundo para las mujeres.
Ha pasado más de una década de la invasión estadounidense del país y desde que 30 representantes de los cuatro grupos mayoritarios del país —pastunes, tayikos, uzbekos y hazaras— firmaran el llamado Acuerdo de Bonn, con el que nacía un nuevo Afganistán, en teoría también para las mujeres.
En teoría han mejorado algunas cosas: la creación de un Ministerio de Asuntos de la Mujer, en 2004; una nueva Constitución, que garantiza la igualdad de derechos, y la adopción, en 2009, de la Ley para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Pero ni un millar de mujeres policías ni el 20% de funcionarias con las que cuenta hoy el país disimulan la general amputación de los derechos de las afganas.
Desde 2008, entre el 70% y el 80% de los matrimonios en Afganistán fueron forzados, según la ONU, en muchos casos con contrayentes menores; pese a la apertura de escuelas de niñas, menos del 15% de las afganas sabe leer y escribir; la esperanza de vida femenina no alcanza los 45 años (la de las españolas es de más de 84); el maltrato sigue estando generalizado, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), y las cárceles están llenas de víctimas de maltrato que huyen de sus verdugos.
El abandono del hogar es una figura recurrente en la historia de estas mujeres. “En el código penal de Afganistán, huir no es un delito como tal”, asegura Heather Barr. Sin embargo, en respuesta a las numerosas condenas por este motivo, en 2010 el Tribunal Supremo afgano alegó la vulnerabilidad de las mujeres que al abandonar el hogar “podrían cometer delitos como el adulterio y la prostitución, en contra de los principios de la sharía (ley islámica)”.
El mulá Abdul Hadi Hemat, de 30 años, se esmera en explicar que la sharía no permite a una mujer el abandono del hogar sin el permiso del marido, “en ninguno de los casos”. “En los casos de huida, el sagrado Corán sugiere tres opciones: los consejos del marido a su mujer para que no se escape; que interceda la familia para solucionarlo o, en último caso, el divorcio”. ¿Y si le pega? “El islam dice que seamos pacientes”, responde.
Mientras, en la cárcel, la reclusa Yasmín sigue determinada a rematar su condena.
—Yasmín, ¿has dicho que te matarás?
—Sí, me mataré. He defraudado a mi familia y para ellos he perdido el honor. No merezco vivir.

Publicado por: El País (Internacional) - Lola García-Afrojín - KABUL - 25/08/12 -



Sudán: Otra Mujer condenada a muerte por lapidación.

Layla Ibrahim Issa Jumul, de 23 años, fue acusada de adulterio y condenada a muerte en un juicio injusto. Es el segundo caso en los últimos meses. Conseguimos que Intisar Sharif Abdallah quedara en libertad. ¡Actúa para que Layla sea también liberada!
El 10 de julio Layla Ibrahim Issa Jumul fue condenada a muerte por lapidación acusada de adulterio tras un juicio injusto: no tuvo acceso a un abogado y su sentencia condenatoria se basó únicamente en su confesión. Layla se encuentra en prisión encadenada con grilletes junto con su hijo pequeño de seis meses esperando a que se ejecute su sentencia.
Esta ejecución violaría la propia Constitución de Sudán, que prohíbe la pena de muerte para mujeres embarazadas o lactantes hasta los dos años de lactancia.
Amnistía Internacional es contraria a la pena de muerte en cualquier circunstancia y a todos los métodos de ejecución.
 
En concreto la lapidación, concebida para causar a la víctima un gran dolor antes de matarla, es una violación de la prohibición de la tortura contenida en el Pacto y en la Convención contra la tortura de la que Sudán es signatario.
Además Amnistía Internacional también se opone a la criminalización de las relaciones sexuales consentidas entre adultos y considera a las personas detenidas por esta razón como presas de conciencia.
Layla Ibrahim Issa Jumul es la segunda persona condenada a lapidación de la que tenemos noticia en Sudán en los últimos meses. Su caso tiene bastante en común con el de Intisar Sharif Abdallah: se trata de mujeres, madres jóvenes, que provienen de entornos marginales, y que no eran conscientes de sus derechos o de la importancia de los cargos contra ellas. Ambas fueron juzgadas sin representación legal, una violación flagrante del derecho a un juicio justo.
 
Publicado por: AWID - (Amnistía Internacional) - 23/08/12 -


Mujeres quemadas con ácido ¿epidemia?

La autora nos da a conocer la manera en que hombres guiados por arranques descontrolados, hacen víctimas a mujeres que tuvieron alguna relación con ellos, arrojándoles esta sustancia que da como resultado el daño permanente.
Con atención leí un reportaje sobre las mujeres que fueron quemadas con ácido por sus maridos, ellos arrojan está sustancia sabiendo que causarán un gran dolor físico y mental, es el castigo que les otorgan por una infidelidad, por no obedecerlos o por que ellas quieren terminar la relación. El fuego o el ácido se quedarán sobre la piel, a la vista, condenándolas a largas cirugías, es una de las marcas de la extrema violencia misógina.
Según datos de la organización Acid Survivors Trust International (ASTI), en el mundo, de las mil 500 personas que son quemadas con ácido al año, el 80% son mujeres, el 90% de los atacantes es hombre, casi siempre conocido o con alguna relación con la agredida.
“La mayoría de las agresiones se produjeron en países del sudeste de Asia, África subsahariana, India occidental y Oriente Medio, pero se contabilizan cada vez más casos en América Latina.”
Lo que podemos notar como coincidencias en los diferentes casos es la crueldad, la intensión de dañar permanente, los daños psicológicos que se agravan en la víctima (que seguramente antes sufrió otros tipos de violencia) y la idea de que ellas merecen ser castigadas.
Como en el caso de Erika Venegas y Natalia Valencia, ambas colombianas. La primera fue atacada por un niño de 12 años, tras una investigación se encontró que el ex novio de Erika le pagó al menor para que "le arrojara agua", lo que en realidad era ácido y le causó quemaduras de por vida. Natalia fue atacada por un sujeto que montaba una bicicleta, pagado por la esposa de un hombre con el que Natalia salía. La mujer atacante aplicó la misma crueldad y la misma misoginia que mueven este tipo de crímenes cuando son cometidos por hombres, lo que nos enfoca a que las practicas y los pensamientos misóginos no son exclusivos de los hombres.
¿Qué castigo reciben estos agresores? En el caso de Erika, se otorgó una pena de 12 años de prisión a ex pareja, en muchos otros nada. La mayoría de las ocasiones los sujetos no son aprehendidos, o ni siquiera buscados ya que no se consideren delincuentes, como en los casos ocurridos en Paquistán, donde las mujeres son castigadas por "estar orgullosas de su belleza". Son sus esposos, sus cuñados, sus hijos, sus padres, sus novios, quienes generalmente deciden, llevados por un arranque de violencia y celos, que las mujeres merecen ser castigas por ser bellas y mostrar esa belleza a la gente, contradiciendo las "enseñanzas de El Corán", ellos alegan ejercer un derecho y estas acciones son avaladas por su comunidad.
 
 
En México no hay datos precisos sobre este tipo de ataques, la gran mayoría de los casos se han convertido en leyendas urbanas que esconden la terrible verdad con matices de fantasía que termina minimizando el verdadero horror que viven estas mujeres violentadas.
En el año 2000, según describen medios locales, fue detenido un hombre por inyectar ácido en los glúteos de mujeres que viajan en el metro de la Ciudad de México, fue identificado por 17 de sus víctimas. No hay muchos datos sobre el agresor, ni de las víctimas. Aquí se usa ácido pero los motivos, el impulso no es por la cercanía con las mujeres agredidas, pero sí se relaciona con la minimización de la vida de las mujeres. Este sujeto no consideraba "necesario" respetar la integridad de las mujeres, sin importar quienes eran, sólo por ser mujeres.
En Guanajuato se documenta el caso del llamado “Loco del ácido”, Gerardo de Alba, quién decidió desfigurarle la cara a Ana Bertha, su ex novia. La información es muy escueta, se informa sobre como el agresor pudo escapar de la justicia y de México gracias a la poca capacidad del ex procurador de Justicia de Guanajuato, Juan Miguel Alcántara Soria. El ex procurador, después de cumplir el plazo establecido para la captura del agresor de Ana Bertha, ofreció una conferencia donde declaró: “Gerardo de Alba ya está preso”, frase que fue debatida por los comunicadores presentes que sabían que Gerardo se esconde en España y respondió: “No, no miento: está preso por su propia conciencia”. Las leyes en México establecen penas carcelarias o administrativas cuando se comete algún delito, por lo que además de cinismo, esa repuesta refleja el desprecio a la vida de las mujeres.
Sobre ella no hay nada, ¿cómo lo superó?, ¿qué ayuda recibió de las instituciones estatales o federales? ¿Alguna ONG la asesoró o dio seguimiento al caso? Sólo silencio.
De lo que sí se tiene una gran lista es de agresiones con fuego en Ciudad Juárez. En 1999 se logró recuperar el cuerpo de varias chicas que luego de ser violadas fueron incendiadas, muchas aún con vida. ¿Qué es lo que lleva a alguien a aplicar esa violencia contra las mujeres? ¿Qué detona la idea? No se podrán saber las razones específicas, ya que cada caso es enmarcado por el cuerpo vivido de las violentadas, pero en la mayoría de ellos hay celos, venganza y la defensa de un honor machista, todo enmarcado por la minimización de las mujeres.
Como si fuera una epidemia que no pudiera detenerse, la prensa registra ahora casos en Colombia, Venezuela y Argentina, por ello, es urgente poner atención a los pensamientos, las actitudes y las practicas que siguen transmitiéndose por el mundo. La idea de usar ácido para castigar a las mujeres debe detenerse y para lograrlo primero se debe atacar la verdadera epidemia, el machismo.
Si nos dejamos llevar por las creencias no observaríamos que es en América Latina, propiamente en Colombia, donde se registra el mayor número de ataques a mujeres con ácido, es decir dejo de ser un fenómeno de países de oriente, sino un conflicto de occidente. "Cuarenta y dos mujeres denunciaron haber sido atacadas con ácido en el 2011. La cifra sería mayor debido a elevados niveles de impunidad y terrorismo sexual. Solo dos de los agresores han sido condenados con cárcel.", reportan en la página de Feminicidio.net
Las leyes siguen aumentando las penas carcelarias para quienes violentan a las mujeres, pero las cifras de violentadas también va en aumento. Mientras se logra esa conciencia colectiva de respeto a nosotras nos toca documentarnos, crear manuales de supervivencia, estar atentas, saber identificar a los agresores, dejar de lado los cuentos de reconciliación, despertar ante la plenitud de nuestras vidas. No permitamos que esta violencia nos invada, todas, como seres humanas, merecemos vivir plenamente.

Publicado por:
Mujeres.net agosto/12 - Ivonne de la Cruz - Periodista feminista, diplomada en Derechos Humanos por la UNAM y en feminismo por el CEIICH, con más de 10 años trabajando en medios de comunicación. Actualmente dirige y conduce el programa "Matices" en ABC Radio, es directora de www.maticesdemujer.com.mx y editora de la sección "Nosotras" en www.elsoldemexico.com.mx