jueves, 24 de mayo de 2012

Las Mujeres de la Revolución de Mayo. ¿Las conocemos?

Toda revolución verdadera  produce una conmoción política, económica y cultural. La Revolución de Mayo de 1810 dentro de los límites de una revolución democrático-burguesa como era, no dejó de producirlos.

Entre ellos no puede olvidarse el destacado papel asumido por muchas Mujeres en la lucha revolucionaria por asegurar la libertad e independencia de América de la corona española.

No como simples y más o menos pasivas acompañantes de los hombres, sino como luchadoras en las primeras filas de la Revolución y durante el período posterior de las guerras civiles qe envolvieron a nuestro país.

Recordamos hoy a JUANA AZURDUY.
El 8 de marzo de 1781 nació en Chuquisaca, entonces una de las ciudades más importantes de América en el Alto Perú, actual Bolivia, Juana Azurduy, mujer extraordinaria y heroica que a la muerte de su marido, el general Manuel Padilla, tomó el mando de la guerrilla que combatía a los godos en el norte.

Dotada de gran belleza y de firmísimo temperamento, ejercía fuerte atractivo en la sociedad en que actuaba como hija del matrimonio de su padre, el rico hacendado Matías Azurduy y la chola Eulalia Bermúdez.
No sin duras vicisitudes, Juana pudo eludir a pesar de la temprana muerte de su madre y de su padre poco después, el destino doméstico o monacal de las mujeres de entonces, y algo impensado, participó en la guerra a caballo lanza en ristre, y conquistó a fuerza de valor el grado militar de coronela por haber arrancado una bandera a los españoles en un combate, grado que le confirió el director supremo Juan Martín de Pueyrredón cuando gobernaba Buenos Aires.
En su infancia, Juana tuvo en el campo una vida de gran libertad, sobre todo para una niña. Compartió las tareas rurales con los indios peones de su padre, a los que hablaba en quechua aprendido de su madre, y participó con ellos de las ceremonias religiosas. En su vejez, contaba que su padre le enseñó a cabalgar a galope tendido y a montar y desmontar como solo los más avezados jinetes saben hacerlo.

El padre la llevaba con él en sus viajes, incluso los más peligrosos y se mostraba orgulloso de las capacidades de su hija, quizá para consolarse de la pérdida prematura de un hermano varón mayor que Juana y superponiendo inconcientemente sobre ella lo que hubiera deseado para su hijo muerto. Estaba formando el carácter indómito de una caudilla militar.
Cuando quedó huérfana, los tíos de Juana decidieron para ella la vida de monja, quizá también para manejar su herencia con más libertad. Ella no se opuso frontalmente, hasta que dentro del convento se dio cuenta de que eso no era para ella. Para empezar, debía renunciar al sexo, a lo que no estaba dispuesta. Su relación con Manuel Padilla, su marido, con quien tuvo cinco hijos, incluía además de la valoración de la guerra el apasionamiento de alcoba y no sólo las dulces batallas de amor con él sino también con otros hombres.
En el convento Juana echó de menos -dice Pacho O´ Donnell- las cabalgatas con el viento en la cara, el sol sin ventanas, las zabullidas en el agua fría de los manantiales, las trepadas a los árboles. Solo estimaba las lecturas de vidas de santos guerreros, los cruzados, San Luis o San Ignacio. “Me gustan los combates, daría mi vida por hallarme en una de esas batallas donde tanto sobresalen los valientes”, les confesó una vez a las monjas antes de protagonizar la trifulca por la que la expulsaron a los 17 años de edad. No sabemos si las monjas habrán tomado en serio estas apreciaciones guerreras de la hermosa novicia que tenían frente a ellas; pero por cierto no imaginaron que no mucho después esa jovencita lancearía españoles a todo galope al frente de las milicias que comandó su marido, por cierto sobresaliendo con una valentía enorme. (“No hay otro capitán más valiente que tú”, dice con justicia la canción que hoy la recuerda como “flor del Alto Perú”.

Se casó con el general Padilla vecino de su casa y amigo de su padre, y luchó junto a él gran coraje en la guerra de la independencia. Toda su vida estuvo marcada por la tragedia. Primero la muerte de su madre y de su padre, la orfandad. Luego la muerte de su marido, luego la de cuatro de sus cinco hijos. Más tarde el despojamiento de todos sus bienes en Chuquisaca y la muerte en extrema miseria hasta el entierro en una fosa común.
El 25 de mayo de 1809, justo un año antes de la revolución de Mayo, se sublevó el pueblo de Chuquisaca, en una gesta notable que nuestra historia oficial recuerda poco. Los sublevados destituyeron al virrey del Perú y nombraron gobernador a Juan Antonio Alvarez de Arenales. Juana dejó a sus cuatro hijos y acompañó a su esposo en el campo de batalla contra los españoles.
Ambos organizaron una tropa de ayuda a las expediciones que envió Buenos Aires al Alto Perú. La primera, al mando de Antonio González Balcarce y la segunda a cargo de Manuel Belgrano. Las crónicas de la época cuentan que cuando Belgrano la vio pelear le entregó su espada en reconocimiento a su bravura y lealtad a la causa.
Fue ella quien ocupó en plena guerrilla el cerro de la Plata, uno de los nombres de Chuquisaca, también llamada Charcas, y se adueñó de la bandera realista enemiga. Por esta acción el gobierno de Buenos Aires, al mando de Pueyrredón, le concedió en 1816 el grado de teniente coronel del ejército argentino en virtud de su “varonil esfuerzo”.
Cuando San Martín decidió llegar a Lima por el Pacífico, luego de cruzar los Andes hacia Chile, el cambio dejó a Juana y a su tropa sin sustento económico y fundamentalmente abandonados a su propio destino.

Juana vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija. Cuando quedó viuda y con su única hija, se unió en la defensa del Norte bajo el servicio de Martín Miguel de Güemes. Tras la muerte del caudillo, sin más combates, quedó carente de recursos para volver a su país natal.
Su vida transcurrió en Salta reclamando inútilmente a Bolivia sus bienes confiscados. Recién en 1825, el gobierno salteño le otorgó dinero para regresar.

Murió a los 82 años, olvidada y en la mayor pobreza. Se la enterró en una fosa común sin los honores ni las glorias que su accionar y compromiso por la patria merecían.

Fuente consultada: AIM Digital. Mayo 2012 -