viernes, 27 de abril de 2012

Perú: No más niñas y niños soldados ! ! !

Al parecer el destino de los niños y adolescentes que viven en las zonas más vulnerables del país es cada vez más sombrío, especialmente donde la pobreza y el desamparo del Estado los los convierten en presas fáciles de grupos terroristas como Sendero Luminoso, quienes los reclutan desde muy pequeños y así les resulte más fácil adoctrinarlos bajo aquel pensamiento que terror y muerte durante 20 años que aun sigue latente.

Sin embargo no son los únicos que están atentando contra sus derechos, en el 2009 diversas denuncias evidenciaron que tres menores de edad murieron cuando eran parte del Ejército peruano en la zona del VRAE, señala un informe presentado por Save the Children en conjunto con la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Con lo cual buscan detener el reclutamiento ilegal de adolescentes en las zonas de la selva y sierra de nuestro país.

Así tenemos el caso del menor R.J.M.S, de 17 años de edad, quien murió en un ataque que sufrió su patrulla por parte de Sendero Luminoso en abril del 2009, se supo que el menor había sido reclutado sin la autorización de sus padres.

«La representante de la oficina defensorial de Ucayali, Hilda Saravia, reveló que la madre del joven R.J.M.S, Irene Sima, denunció que su hijo, quien nació el 19 de junio de 1991, fue reclutado ilegalmente cuando estaba en la Plaza Grau, en Pucallpa, más conocida como la Plaza del Reloj Público. Precisó que en ningún momento solicitaron su autorización y que durante varios días no supo nada de él». La propia madre reveló a un diario regional que, tres días después de su desaparición, se acercó al centro de reclutamiento pensando que podía estar allí, pero le negaron su presencia. «Me dijeron que no figuraba en la base de datos. Hasta que una vecina

me comentó que su hijo, al igual que el mío, se encontraba en Ayacucho, sirviendo a la patria», sostuvo.

Precisan que tanto el reclutamiento y aislamiento de niñas y niños, tanto por las Fuerzas Armadas o grupos terroristas trasgreden la Convención sobre los Derechos del Niño y el Protocolo Facultativo relativo a la Participación de los Niños en Conflictos Armados. Es por eso que solicitan al gobierno que elabore leyes y que estos actos sean tipificados como delitos.

Artículo publicado por: ADITAL - Perú - SPACIO LIBRE - 27/04/12 -

Nicaragua: Narcos "compran" niñas por u$ 2.000 en el Río Coco.

Hay mucho temor de las personas en denunciar este problema, pero ya está en agenda de las autoridades y se están desarrollando algunas acciones, entre estas la ampliación de cobertura.
Mirna Cunningham Kain, Presidenta del Foro Permanente para las Cuestiones Indígenas de la Organización de Naciones Unidas, ONU, denunció que en las comunidades de Río Coco, fronterizas con Honduras, los narcotraficantes están comprando niñas y adolescentes por US$2,000, a quienes se llevan, y cuyo paradero luego se desconoce, por lo cual, no se sabe si son utilizadas como esclavas sexuales o si son objeto de tráfico humano.
“Se están documentando casos de niñas desde los diez a los quince años. Ellas están siendo vendidas a narcotraficantes por sumas que llegan a US$2,000. No hay número de casos, pero hay denuncias de las organizaciones de mujeres en la zona, lo que es preocupante. Se llevan a las niñas y esto tiene que ver con la trata de personas, que cada vez más se viene denunciando en Nicaragua, pero de las comunidades aisladas hay poca información”, dijo Cunningham.
La representante para cuestiones indígenas de la ONU mencionó que la narcoactividad ha aumentado, principalmente, en las comunidades de Río Coco Arriba, donde la práctica ancestral de matrimonios arreglados se está empleando ahora con el fin de resolver problemas económicos de la familia.
“Hasta el momento conocemos de la situación por las organizaciones de mujeres de la zona, pero no hay denuncias oficiales por temor a la violencia de los narcotraficantes por la falta de mecanismos de protección”, dijo Cunningham, quien destacó que se conoce que sus propias familias las venden, alegando su pobreza extrema.

Policía investiga
La comisionada Carmen Poveda, jefa de la Comisaría de la Mujer en la Región Autónoma del Atlántico Norte, RAAN, expresó que esta es una zona de ruta del narcotráfico, y, efectivamente, hay mucha información del problema, aunque no hay denuncias formales, sin embargo, la Policía Nacional ya recopiló información, y se está trabajando a través de sus órganos de inteligencia.
Indicó que hay mucho temor de las personas en denunciar este problema, pero ya está en agenda de las autoridades y se están desarrollando algunas acciones, entre estas la ampliación de cobertura.
“Hay muchos casos de violencia sexual en la zona. Esta es una zona fronteriza, y, por el momento, no existe presencia policial constante, siendo las delegaciones más cercanas las de Waspam y San Carlos. Lo que se hace es patrullaje en conjunto con la Naval y con el Ejército a través del río Coco”, destacó, sin embargo, agregó que resulta fácil para la narcoactividad transitar luego del paso de la patrulla acuática, en una frontera terrestre que tiene alrededor de 992 km.
La comisionada mencionó que conocen de padres que han vendido a sus hijas, alegando pobreza, pero esto no es un factor para tal transacción, disponiendo de la vida de una menor de edad indefensa. Así mismo, en otros casos, han conocido que los narcotraficantes han violado a niñas y a adolescentes.

Concejal regional: la respuesta debe ser multisectorial
Por su parte, Cinthya Miguel Down, concejal regional y miembro de la Junta Directiva del Consejo Regional de la RAAN, destacó que están conscientes del problema, y se han reunido para contrarrestar este tipo de flagelo, pues la respuesta tiene que ser multisectorial.
“Hemos discutido sobre esto, tanto desde el Consejo Regional como con las autoridades policiales, el sistema de justicia y las organizaciones de mujeres. Esto es algo que en realidad no solo se está dando en las riberas del río Coco, sino también en otras comunidades de la RAAN”, expresó.
Remarcó que por el momento no hay suficiente presupuesto para una cobertura total policial en las comunidades. Agregó que también este debe ser un trabajo de más cercanía con las comunidades.

Artículo publicado por: ElNuevoDiario.com.ni - Rafael Lara - Nicaragua - 27/04/12 -

La autoestima en la relación Mujer maltratada-hombre maltratador.

La autoestima tiene una gran influencia en la relación mujer maltratada–hombre maltratador y una alta vulnerabilidad para el ejercicio de la violencia psicológica, si tenemos en cuenta que la calificación que se da el sujeto como persona juega un papel importante en sus sentimientos, comportamientos, concepción del mundo e interacción social.

La anterior conclusión se deriva de experiencias de trabajo con grupos de mujeres maltratadas.

Todas las formas conocidas mediante las cuales se manifiesta la violencia -física, psicológica, sexual, entre otras- suponen siempre una jerarquía, una superioridad, un desequilibrio de poder. Por ello, en ese vínculo indisoluble entre violencia y poder, la violencia de género está ligada al poder masculino a escala social, en virtud del patriarcado como sistema de dominación, piedra angular de este análisis.

Recordemos que la violencia psicológica consiste, en la mayoría de los casos, en atentados contra la autoestima de la mujer, ridiculizándola, corrigiéndola en público, ignorando su presencia y sus opiniones, hasta llegar a ofenderla y denigrarla incluso en presencia de terceros. El “bombardeo” de críticas y de humillaciones por parte del agresor produce en la mujer una extrema desvalorización de sus capacidades. La autoestima se convierte entonces, como plantea la especialista Marcela Lagarde, en “memoria y olvido de lo que hemos sido y de quien hemos sido”. La propia consideración y estima personal, como amor propio, está básicamente constituida por las percepciones, pensamientos y creencias ligadas a deseos, emociones y afectos fundamentales, sentidos sobre uno mismo, sobre su propia historia, experiencias vividas y también las fantaseadas, imaginadas y soñadas. (M. Lagarde, 1996)

Desde el aprendizaje sociocultural de la violencia, mediante el proceso de socialización se construyen los estereotipos asociados a la femineidad y la masculinidad, marcando estilos de comportamientos que se convierten en cánones sociales y representaciones simbólicas, y contribuyen a que algunas mujeres suelan abandonarse al destino al que socialmente están simbólicamente consagradas: la sumisión, resignación, aceptación, desvaneciéndose así su autonomía.

Este aprendizaje se logra a partir de un inmenso trabajo previo de inculcación y transformación, lo cual explica Bourdieu a través del concepto de trabajo pedagógico al que define como “… trabajo de inculcación con una duración suficiente para producir una formación duradera o sea un habitus”. Este trabajo, ya sea que se lleve a cabo a través de la familiaridad con un mundo simbólicamente construido, o a través de una labor de inculcación colectiva, conduce a una transformación durable de los cuerpos y de la manera usual de utilizarlos.

Según Bourdieu, es imposible explicar la violencia simbólica sin hacer intervenir al habitus, sin analizar la cuestión de las condiciones sociales de las cuales dicha violencia es fruto. Según él, el habitus lo constituyen las representaciones que tienen los individuos de su realidad, significa una mediación entre relaciones objetivas y comportamientos individuales; o sea, constituye una interiorización de lo exterior.

“Toda acción pedagógica es objetivamente una violencia simbólica en tanto que imposición, por un poder arbitrario, de una arbitrariedad cultural.” (Bourdieu, P.2000)

Si transportamos este análisis a las relaciones de género, podremos visualizar que existe un poder bien organizado a partir de una ideología patriarcal, masculina, que impone una arbitrariedad cultural en función del género.

O sea, impondrá esquemas mentales y corporalesde percepción, apreciación y de acción del género dominante: el masculino. De ahí que plantee Bourdieu: “la violencia simbólica se instituye por medio de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador (por consiguiente, a la dominación), cuando no dispone, para imaginarla o para imaginarse a él mismo (…) de otro instrumento de conocimiento que aquel que comparte con el dominador y que hace que esta relación parezca natural.” (Bourdieu, P.2000)

“Violencia simbólica [es la] violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento” (Bourdieu, P.2005)

En la cotidianidad de las mujeres pueden presentarse una serie de prácticas sutiles de violencia que no son identificadas por ellas, lo que les imposibilita la articulación de respuestas efectivas a este maltrato.

En la mayoría de los casos, ellas se encuentran en una posición de subordinación con respecto al hombre, por lo que son más vulnerables a la violencia. No es posible hablar de la prevención o eliminación de estas prácticas si primero no se desmontan e identifican, incluso por las propias mujeres; de ahí que sea tan importante tener en cuenta el trabajo sistemático en función de fortalecer la autoestima como variable para el desarrollo de la autonomía de las mujeres que sufren o no de este mal cotidiano naturalizado en las relaciones sociales y que causa cuantiosas vidas en todos los países del mundo.

Violencia sutil y descalificación

La violencia sutil, permeada de abuso emocional, está vinculada a acciones u omisiones destinadas a degradar o controlar las acciones, comportamientos, creencias y decisiones de 9la mujer por medio de la intimidación, manipulación, amenazas directas o indirectas,

humillación, aislamiento o cualquier otra conducta que implique un perjuicio en la salud psicológica, la autodeterminación o el desarrollo personal.

Son actos que conducen a desvalorización o sufrimiento en las mujeres. Se expresan de las más disímiles maneras, todas pautadas por el ejercicio del poder, en este caso del poder masculino. Se constituyen en una vía de autoafirmación identitaria y pueden ir desde un silencio desconocedor y lapidario, hasta la culpabilización femenina por la realización de cualquier acto intrascendente que altere la autoridad indiscutida del hombre.

Algunas manifestaciones sirven de muestra: el sexo impuesto y aceptado como “deber conyugal”, la descalificación y la desautorización frente a terceros, el control sobre sus acciones, el desentenderse de lo doméstico, el abuso de la capacidad femenina de cuidado que convierte a las mujeres en responsables y agentes del cuidado de enfermos, ancianos y discapacitados de su familia, y de la de su cónyuge, más otro sinfín de estrategias abusivas.

La gama es muy amplia; y ellos se valen de tácticas que usan el lenguaje verbal y el extraverbal como construcciones simbólicas que remiten al ejercicio de la violencia.

Sin embargo, Bordieu alerta sobre la necesidad de no entender por simbólico algo opuesto, con lo que estaríamos cayendo en un grave error, y peor aún, estaríamos minimizando el verdadero alcance y los efectos de este tipo de violencia. (Bourdieu, P.2000)

Existe una serie de acciones llevadas a cabo por muchos varones que fuerzan, coartan y minan la autonomía personal de la mujer, aunque no de forma evidente sino de modo sutil y casi invisible. Estas son las llamadas microviolencias; las cuales, en la mayoría de los casos, no son percibidas por ellas, pero sus efectos les causan graves traumas emocionales y psicológicos. (Bourdieu, P.2000)

Lo que resulta más alarmante es que las mujeres con traumas de este tipo tienden a autoculparse, obviando las responsabilidades masculinas, lo que inhibe la denuncia y puesta en práctica de estrategias de solución.

La implementación de estas conductas es explicada por otro experto, Luis Bonino, a través de las llamadas microviolencias --a las que ha dado en llamar micromachismos-- (Bonino, 1991, 1998; Corsi, 1995).

Así, los describe como pequeños, casi imperceptibles controles y abusos de poder cuasi normalizados, que los varones ejecutan permanentemente. Son formas de dominación “suave”; modos larvados y negados de dominación que producen efectos dañinos, no son evidentes al comienzo de una relación y se van haciendo visibles a largo plazo. Dada su invisibilidad se ejercen generalmente con toda impunidad. (Bonino, L. 2002)

Estos micromachismos (al decir de Bonino) van produciendo en las mujeres un daño sutil y continuado, debido a que la mayoría de ellas no crea estrategias de resistencia por desconocimiento, todo lo cual hace más nocivas sus consecuencias.

Incluso, aquellos hombres que no podrían ser llamados violentos o abusadores recurren a maniobras microviolentas para la reafirmación de su identidad masculina.

Las microviolencias adoptan diversas formas de manifestación. Son muy efectivas porque, al estar invisibilizadas por la aceptación cultural de la inferioridad femenina, no son cuestionadas.

La gama de expresión es muy amplia y ha sido caracterizada por Bonino de manera muy detallada. Entre ellas encontramos micromachismos utilitarios, encubiertos, coercitivos, y micromachismos de crisis.

Mencionar todas las maniobras asociadas a los micromachismos sería imposible en este espacio; sin embargo, detallar algunos elementos puede facilitar la comprensión de lo antes expuesto.

Micromachismos

Los micromachismos utilitarios en una relación de pareja tienen su expresión en la no participación del hombre en lo doméstico y en el aprovechamiento y abuso de las capacidades femeninas; en tanto, los encubiertos se fundan con la creación de falta de intimidad, seudointimidad, desautorización y manipulación emocional. 10

Por otra parte, los micromachismos coercitivos se instauran con las conductas de intimidación, control del dinero, insistencia abusiva, imposición de intimidad; y los micromachismos de crisis, con el hipercontrol, el seudoapoyo, el victimismo o la lástima.

El poder de imposición de esas formas de dominación, sutiles o simbólicas, es eficaz porque se inscriben en la subjetividad de las estructuras mentales. Esos “modos larvados” actúan impunemente y son concebidos por las mujeres como parte intrínseca de la relación de pareja y usualmente valorados como “muestras de amor”. Sin embargo, el hecho de no ser identificados abiertamente no los hace menos dañinos, puesto que sus secuelas generan traumas psicológicos y somatizaciones que derivan muchas veces en enfermedades orgánicas.

Generan, además, deterioro de la autoestima femenina y prolongación de la condición de subordinación, que es vista como “destino” por un número considerable de mujeres en virtud de los mandatos de género.

La nocividad de esas microviolencias radica, precisamente, en su actuar sostenido e imperceptible, que al no ser reconocido como dañino no encuentra resistencia y sus consecuencias se traducen en esos malestares cotidianos que tanto afectan la condición de las mujeres.

Los estudios sobre violencia apuntan a que culpabilidad y baja autoestima son rasgos característicos de las mujeres maltratadas (G. Ferreira, 1992). Plantean, incluso, que la carencia principal de las mujeres que permiten tales prácticas radica, precisamente, en su autoestima, por su alto grado de desvalorización cargado de condiciones de menoscabo de la propia persona, incorporadas a su personalidad como secuelas de una crianza en la cual no se reconocían sus logros, se encontraba defecto en todo lo que hacían, estuvieron educadas bajo roles de pasividad y subordinación, o tuvieron como madre una figura dominante que anuló al padre, del cual la niña sintió lástima y se identificó con su rol de perdedor, entre otras condicionantes.

Todo ello construye la posición psicológica de las mujeres de negar sus posibilidades de desarrollar una vida autónoma e independiente, y hasta de considerarse responsables de la agresión de la que son objeto.

Por su parte, el hombre violento “tiene una imagen muy negativa de sí mismo, se siente y describe como miserable, desvalido, fracasado e inseguro, no se cree valioso como para despertar amor, aunque sea exitoso como profesional.

En nuestro actuar profesional, con hombres agresores, hemos constatado que “la pobre opinión que tienen de sí mismos coexiste con sus actitudes amenazantes y omnipotentes y se va reafirmando con cada acto de violencia”, aunque estos no lo liberen de su desvalorización. Ese hombre “siente gran miedo frente a la superioridad de la mujer cuando la compara con él y muestra una actitud externa autoritaria que oculta su debilidad interior.

La autoestima, por tanto, ocupa como categoría de análisis un lugar preponderante dentro de la detección, tratamiento y rehabilitación de cualquier persona inmersa en un ciclo de violencia.

A partir de estos análisis creemos necesario enfatizar que esta no es solo una lucha de las mujeres por sus derechos como personas, sino también responsabilidad de los hombres, como bien dijo Einstein, “es más fácil dividir un átomo que destruir un prejuicio”.

Nos corresponde, entonces, continuar trabajando en la visibilización de la violencia conyugal, así como lograr que, en una relación de pareja medie la participación, la equidad, el respeto a la individualidad del otro.

Bibliografía : Bonino, L. “Las microviolencias y sus efectos. Claves para su detección”, en La prevención y detección de la violencia contra las mujeres desde la atención primaria de salud, Editado por la Asociación para la Defensa de la Salud Pública de Madrid. Madrid, 2002, p. 56 -  * Bourdieu, Pierre. “La dominación masculina.” Anagrama. Barcelona, 2000. 11
Artículo publicado por SEMLAC (Cuba) - Abril 2012 -Por MsC. Iyamira Hernández Pita (socióloga, investigadora agregada, profesora auxiliar, especialista del Centro de Salud Mental del municipio de Playa (CENSAM)) (arimayi@infomed.sld.cu censam@infomed.sid.cu)